Opinión / Columna
 
Transparencia Política 
Edwin Macario 
Para mi egoteca
El Heraldo de Tabasco
7 de septiembre de 2009

  Recibir el reconocimiento, por 40 años de aprendiz de periodista, por parte de colegas en ejercicio y que viven del periodismo -que es la condición sine qua non para ser considerado periodistas-, asistir al congreso y asamblea nacional de la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos, corregir la edición de un medio escrito -puerta por la que entré a esta profesión, en 1967- me ha desfasado de mis costumbres.

Nada paga mejor en este quehacer que el reconocimiento de los pares, de quienes escriben porque son periodistas y no presumen lo que otros les escriben. Es muy fácil en esta profesión mirar pavorreales de pluma y estilo prestados porque tienen forma -muy variadas- de pagar amanuenses y sólo firmar. Seres anodinos, sin dignidad, basura que el viento de las debilidades humanas de otros eleva, pero un día devolverá al suelo.

Forman, recalco, esa piara periodística quienes de la noche a la mañana invaden los espacios de la prensa sólo porque hay otros seres iguales que se atreven a escribirles lo que con la mayor desfachatez publican con sus nombres. A veces porque ser "periodistas" les da un plus o porque, habiendo otras viejos oficios más redituables, renuncian a su verdadera vocación, que no pueden ocultar, empero, ante quienes sí son profesionales.

Respeto, empero, a quienes sin ser periodistas de profesión publican, lo que ellos escriben, en los medios, sin más interés que aportar las luces de sus oficios. No serán periodistas pero ejercen el derecho de expresarse.

La vida nos enfrenta a gente que brilla por si misma y a la que, privada de sus propias virtudes se arropa en otros, ofreciéndole a cambio, tal vez, esas carencias, bocado apetitoso, fruto del árbol prohibido para quienes ceden a la tentación.

Recibir de esa gente valiosa un reconocimiento, es medalla que no mancha el llanto de la otra sin valor, la queja de presuntas agresiones, la solidaridad de los iguales en el cieno.

La vida de un periodista verdadero es árbol expuesto a tempestades. Sus raíces, acostumbradas a soportar tormentas, lo sostienen. Como el viento, el sol, la lluvia -que le acarician y dan vida-, son las preseas que acumula en el ejercicio de su profesión.

Las críticas, las censuras, -más cuando provienen de seres sin calidad- son como el estiércol que abona su fortaleza. Si tiene errores, están a la vista, no pueden ocultarse durante 40 años y sobrevivirán a su muerte. Como permanecerá el legado de su pluma en las hemerotecas, en el libro, en la memoria colectiva.

Así como me enorgullece ser personaje de una novela de Héctor Aguilar Camín, que me toma como prototipo del periodista de provincia y no me avergüenzo de ser considerado, como lo dijo el autor de La conspiración de la fortuna, "cronista mayor de la picaresca lugareña, de la que él mismo era notable personaje".

Mienten quienes se escudan en la objetividad periodística. Los predicadores del periodismo positivista. A veces, tras las letras, tras las palabras, se puede mirar o escuchar el corazón del que escribe, que no es un ser sin alma, insensible.

Por eso, desfasado en mi gratitud, agradezco el diploma por 40 años que recibí del Club Primera Plana así como evoco ser Rutilio Domínguez en la novela de mi amigo Aguilar Camín quien lo dijo así en el programa de Brozo cuando le pregunto quien era ese periodista que inspiro ese personaje: "Se llama Erwin Macario y no tiene nada que ver con el personaje como tal en la novela, pero en mi cabeza... ese estilo, esa actitud, de un hombre muy inteligente, muy conocedor, lleno de malicia como era, como debe ser todavía Erwin Macario, es una persona real que yo traigo y lo transformo completamente en este personaje".
 
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