Opinión / Columna
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Raúl Sánchez Küchle
Paz, justicia y perdón
El Heraldo de Chihuahua
7 de febrero de 2012
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En algunas ocasiones, y con mayor frecuencia últimamente, nos hemos enterado, de modo directo o indirecto, de situaciones dolorosas que afectan las relaciones entre personas. Hechos o circunstancias que han llevado a algunos a fricciones, malos entendidos, enfrentamientos, ofensas, perjuicios, rupturas o separaciones por tiempo indefinido, y que han derivado en algunos de quienes los padecen -especialmente quienes se sienten o son verdaderamente los ofendidos- en resentimientos, hostilidades, rencor, deseos de venganza y, en el extremo, hasta odio. Al conocer determinados casos nos preguntamos cómo es posible que hombres o mujeres, familiares -a veces esposos, padres, hijos o hermanos-, amistades, compañeros de trabajo, de profesión, de estudio, o simples conocidos, puedan albergar tales sentimientos.
Lo peor es cómo pueden seguir viviendo en tales situaciones. Y hay que referirse tanto a los ofendidos como a los ofensores, quienes, estos últimos, consideran que tienen la razón y pueden, a veces impunemente, pasar por encima de la dignidad de las personas. Tanto los unos como los otros requieren ayuda -quizá un tratamiento especializado-, apoyo y comprensión de los demás. En la mayoría de estas situaciones la justicia es violada o queda en entredicho y la paz se deteriora o se pierde, y el perdón o la reconciliación, lo que implica la reparación del daño, quedan en el aire. ¿Perdonarlo?, ¿estás bromeando?, dirán algunos. Otros: Perdono, pero no olvido, lo que en el fondo desdibuja el perdón. Cuánta razón tenía el hoy beato Juan Pablo II al señalar con claridad meridiana que no hay paz sin justicia, ni justicia sin perdón. Y eso a nivel personal o social.
En cuántos corazones los sentimientos hostiles o de enemistad perduran por años e incluso de por vida, en cuántos el resentimiento se enrosca de tal modo que la paz difícilmente se encuentra, en cuántos más el perdón se desecha como algo imposible, a cuántos la vida -que es como un soplo- les llena de amargura y les carcome las entrañas. Y por otra parte cuántos se dejan vencer por el mal realizando acciones que fastidian a los demás, acciones innobles, injustas, demoledoras de las personas; cuántos, en el atardecer de la vida, se dan cuenta del daño causado y quizá ya no pueden repararlo. A veces, y resulta común, las desavenencias entre algunos inician por cuestiones nimias, de poca importancia, que con el tiempo se reconoce no valía la pena el pelearse o separarse.
Y sin embargo, a pesar de ello, no se retrocede y no se busca la reconciliación. Otras veces las cosas son graves, por parte de unos u otros. Los casos de disputas por los bienes materiales, por las herencias, por las posesiones, son sintomáticos de que no hemos entendido dónde están la felicidad y la paz. Y se trastoca la justicia, se aplica la ley del más fuerte, se aplasta a los otros. Vivir con resentimientos o sentimientos hostiles a otros no es vivir. Perpetuar en nuestro interior rencores u odios, sin deseos o ganas de perdonar o pedir perdón, es no tener paz. Pero además, si nos decimos cristianos, es ofrecer un antitestimonio, del cual habremos de dar cuenta. ¿Lo ven?
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