Opinión / Columna
|
Alejandro Cortés González-Báez
Cuando los árboles corren
El Heraldo de Chihuahua
10 de febrero de 2012
|
Alejandro Cortés González-Báez
Allá por el año 1979 intentamos hacer una excursión a la montaña en pleno invierno. En aquel entonces estaba yo estudiando un doctorado en la Universidad de Navarra. Este dato resulta importante para entender todo el suceso, pues estoy hablando de una zona donde el clima es intensamente frío.
Cerca de las cinco de la mañana circulábamos por una carretera vecinal y todo iba bien hasta que superamos la parte más alta de un tramo y, al comenzar a bajar, para desafortunada sorpresa nuestra, nos percatamos que todo el paisaje, incluyendo por supuesto la carretera, estaba cubierto por una capa de rocío congelado. Estábamos flotando sobre diminutas gotitas de hielo que teñían de blanco todo. A partir de ese momento perdí el control del automóvil y patinábamos, ya no de frente, sino de lado. Fue en esos breves instantes cuando vimos un árbol que venía corriendo, hacia nosotros a gran velocidad, hasta estrellarse en el centro del costado derecho.
El auto quedó doblado, y nosotros milagrosamente vivos, aunque quien recibió el impacto en su puerta perdió momentáneamente el conocimiento.
En este caso, como en tantos otros el accidente podría haberse evitado, si la velocidad hubiera sido menor teniendo en cuenta que yo no conocía esa carretera y los riesgos que existen en condiciones climáticas de ese tipo.
Este es un ejemplo de lo que moralmente se conoce como "voluntario in causa" es decir, aquellas acciones que, sin buscarlas, somos responsables de ellas por no poner los medios previsibles.
Dentro de la educación que los padres deben dar a sus hijos un asunto de vital importancia es el que nuestras decisiones traen consecuencias.
Entre los temas de mayor importancia a lo largo de nuestras vidas está el seleccionar a nuestros amigos. No podemos saber en qué porcentaje influyen nuestras amistades en nuestras decisiones; pero basta asomarnos a las noticias para darnos cuenta de que la inmensa mayoría de los delincuentes cometen los delitos animados por amigos y en compañía de ellos.
Es evidente que no podemos prever todas las posibilidades que se abren en abanico ante cada una de nuestras decisiones, pero esta idea nos puede servir como pretexto para no tomarnos la molestia de pensar un poco antes de actuar. Solemos ser excelentes en el tema de la improvisación y, por lo mismo, actuamos a la ligera arriesgándonos a cometer errores de forma directa o indirecta.
Lo anterior tiene que ver con una confianza desmedida en nosotros mismos, asunto, a su vez, relacionado con la soberbia. No cabe duda que el ser humano es muy complejo, pero esa misma complejidad nos capacita para hacer cosas maravillosas, sobre todo cuando pensamos con calma antes de actuar... y de hablar.
www.padrealejandro.com
Columnas anteriores
Columnas anteriores