85 Aniversario
Los primeros siglos
A partir de 1564, las actividades de los conquistadores se concentraron en la zona minera

de Santa Bárbara.
La ciudad de Chihuahua
El Heraldo de Chihuahua
14 de marzo de 2012

De la Redacción

De los escritos del cronista de la ciudad, Rubén Beltrán Acosta, se desprende un fascinante estudio de la etapa legendaria de la colonización en el norte virreinal, durante el cual tuvieron origen los acontecimientos que sentaron las bases para la existencia de la ciudad de Chihuahua y de su estado homónimo.

Durante la segunda mitad del siglo XVI, teniendo como plataforma de exploración el floreciente mineral de Zacatecas, cuya existencia se había iniciado en 1546, el descubrimiento de nuevos yacimientos de metales preciosos y la fábula de las ciudades de oro de Cíbola y Quivira, que desde 1536 motivaron al virrey don Antonio de Mendoza, dieron impulso a la expansión del territorio novohispano hacia las secas y dilatadas tierras del norte.

Beltrán Acosta cuenta que este momento fue originando una segunda etapa de colonización con elite de conquistadores legendarios, cuyas hazañas quedaron impresas en el texto de la historia regional distinguiéndose, entre otros, los nombres de Ginés Vázquez del Mercado, Fray Marcos de Niza, Francisco Vázquez Coronado, Francisco de Ibarra, Antonio de Espejo, Gaspar Castaño de Sosa, Francisco Leyva de Bonilla y Juan de Oñate.

A partir de 1564 las actividades de los conquistadores en el solar que actualmente corresponde al estado de Chihuahua se concentraron en la zona minera de Santa Bárbara y en la región agrícola y ganadera de San Bartolomé (hoy Valle de Allende).

En seguida, a la altura de 1631, se extendieron por el territorio de San José del Parral, cuya riqueza plomo argentífera lo había rodeado ya de una gran fama.

Así fueron surgiendo otras comunidades en diversas regiones que en su conjunto llegaron a integrar verdaderas unidades económicas de mutua dependencia, las cuales ofrecieron también plataformas seguras a los religiosos de las compañías de San Francisco y de Jesús en sus afanes de agregar nuevos contingentes y otros territorios a la conquista de la fe.

El cronista de la ciudad de Chihuahua, en su escrito "La ciudad de Chihuahua en el siglo XIX" describe que mientras los nuevos asentamientos del norte de la provincia de Nueva Vizcaya consolidaban su existencia y su desarrollo, el solar dio asientos años después al real

de San Francisco de Cuéllar, primer antecedente formal de la ciudad de Chihuahua.

Éste presentaba un aspecto de páramo escasamente poblado, pues todavía a finales del siglo XVII existían en dicha área sólo tres pequeñas comunidades: la Misión de San Cristóbal de Nombre de Dios, la Hacienda de Nuestra Señora de Dolores y la de Santo Domingo de Tabaloapa.

Muchos años antes, en 1598, habían acampado en estas tierras los primeros hombres blancos que hasta aquí llegaron en organizada caravana en su paso hacia la conquista de Nuevo México que encabezaba el adelantado don Juan de Oñate, dejando su recuerdo en un bello poema épico escrito por un soldado que participó en aquella haza inolvidable y en el río Sacramento que el adelantado bautizó con dicho nombre por haber arribado el 20 de marzo de 1598, precisamente un Jueves Santo.

En este escenario del siglo XVII están localizados los primeros asentamientos mineros y el establecimiento de las haciendas primitivas de beneficio de metales que constituyeron los dos centros de trabajo entre los cuales el gobernador de la provincia de Nueva Vizcaya en un momento dado seleccionó el que serviría de cabecera a los reales de minas de la región.

Lo anterior nos permite comprender que a la altura del año 1709, además de la Misión de San Cristóbal de Nombre de Dios y de las pequeñas haciendas agrícolas de Tabaloapa y Dolores, ya existía en el valle de los mencionados ríos otro importante asentamiento integrado por los dueños y peones de las fundiciones primitivas que estaban dedicadas al beneficio de los metales de las minas cercanas y que a cinco leguas al este, en la montaña frontal a Tabaloapa, cada día era

mayor la riqueza del Real de Santa Eulalia de Mérida, que poco antes le había convertido en cabecera de alcaldía mayor.

Así era el panorama y el esquema social que a fines de la primera década del siglo XVIII, obligó a vecinos y autoridades a realizar una nueva definición del solar donde quedaría establecida la cabecera de los reales de minas, determinación en la que se tuvo que optar entre dos regiones. Por un lado estaba el gran bosque que florecía a la vera de dos ríos de agua dulce, cercano al camino principal y extendiendo en una dilatada explanada y por el otro la montaña de plata misteriosa e inhóspita que alejada del agua y sometida al hechizo de la envidia, había sido adoptada por los indios hostiles como frontera comarcana.