Opinión / Columna
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César Jauregui Moreno
La insoportable levedad del ser
El Heraldo de Chihuahua
2 de febrero de 2010
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Hasta ahora comprendí a cabalidad la frase de Milán Kundera que le da título a su novela más prestigiada. Resulta, a veces, increíble observar cómo el ser se desvanece, se desarticula, se opaca, se pierde, se confunde, desaparece, se vuelve nada. La reflexión viene al caso a propósito de la resolución del PRI en Chihuahua sobre su candidatura a gobernador. Héctor Murguía Lardizábal, el aspirante que convocó a cientos de empresarios en torno a su proyecto político estatal, el que sacó a la plutocracia chihuahuense de su anodina posición política, el que se posicionaba como el puntero en todas las encuestas, el que logró la recuperación del PRI en Juárez -plaza perdida por el priismo por más de doce años-, el invencible, el político jacarandoso, irreverente, polémico, el hombre-fuerte acostumbrado a mandar, el hombre-leyenda sobre el que se dijo que sería imposible arrebatarle la candidatura so pena del resquebrajamiento del oficialismo en Chihuahua, reventó, frente a la imposición centralista de la candidatura de César Duarte, como globo inflado con helio al ser pinchado con el roce de un alfiler. Sólo que sin siquiera hacer el ruido natural de los globos reventados. Enmudeció el palenque cuando un girazo en el redondel puso las cosas en claro. El hijo predilecto de la tlaxcalteca Beatriz Paredes, creadora de reses bravas y hombres mansos, en contra de todos los pronósticos informados, se convirtió en el heredero político del baecismo. Y en el albacea de todos sus bienes. El ballezano ya comenzó a decir que sí a todos los acomodos del grupo gobernante: mano libre para elegir rector, a favor del actual coordinador del PRI en el Congreso. Sí a las candidaturas de Víctor Valencia en Juárez y de Marco Quezada en Chihuahua capital. Sí a la próxima coordinación parlamentaria de Óscar Villalobos. Sí a la coordinación de su campaña por algún personero del actual gobernador. Las cosas serían diferentes con la candidatura de Teto. Por eso él no es el candidato. El grupo gobernante prefiere arriesgar pero ganar. Apuesta arriesgada cuando observamos, al principio de las precampañas, cómo el impuesto candidato se desdibuja. Cuando vemos cómo su campaña no arranca, cómo su discurso se ufana de una unidad inexistente, cómo su discurso reverencia al gobernador en turno sin el asomo mínimo de la crítica que dé esperanzas de renovación. Duarte es el candidato de la continuidad. De la conservación de fueros y privilegios de una clase política reacia al cambio y a la modernidad. Y es el candidato de la CNC, organización cuyo principal objeto ha sido el controlar políticamente a los hombres del campo. En volver a los campesinos carne de cañón del mitin electoral y del acarreo de votos a las urnas. Debe ser, por cierto, el único campesino mexicano que usa camisas Lacoste y sabe usar, a medias, un teléfono Blackberry. Qué levedad se siente en su candidatura. Se siente que cualquier ventarrón democrático la puede borrar de la faz de la contienda. Debe ser insoportable para los que están detrás de esa imposición ver cómo los sueños transexenales se disipan, se vuelven nebulosos y se pierden en el horizonte. No lograrán unir a un priismo que acudirá desangelado, cabizbajo, disciplinado, a una convención de delegados para elegir entre dos opciones: César Duarte o César Duarte. El Teto acudirá a la convención como parte de la escenografía. Pero no podrá, por más esfuerzos que haga, ocultar el rictus de dolor del que se sabe engañado, robado, ultrajado y humillado por quienes él considera sus inferiores en el quehacer de la política. En todo caso, el PRI siempre tuvo como aspirantes a gobernador a dos hombres cuya esencia resultaba tremendamente leve, frágil y quebradiza. Uno lo acredita en la derrota. El otro en la victoria. Insoportable la levedad del ser. Insoportable.
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