Opinión / Columna
 
Títeres y Cabezas 
Ausencio García 
8 de noviembre de 2010

  Sucede que Paty López Vilches, Berenice Argueta y el profesor Heber García se comprometieron a cocinar en mi casa un pato, para lo cual conseguí un magnífico ejemplar traído de Canadá, congelado convenientemente y listo para ser cocinado. Bajé de internet la receta del pato a la naranja (canard a l'orange decimos en París) y dispuse lo necesario. Al llegar a casa, Paty leyó las instrucciones que claramente decían "poner el pato en un refractario y cocerlo a fuego fuerte). Estaba yo seguro de que el refractario aguantaría el fuego fuerte y lo puse sobre las llamas poderosas de la estufa. Habrían pasado diez minutos cuando el refractario estalló. Nos llevamos el susto del principiante. Comprobamos que no todos los refractarios son resistentes a la llama directa. Paty, que jamás ha hervido agua por lo menos, estaba espantada con el tronido del refractario y, toda temblorosa, se puso a barrer los vidrios y yo a revisar el pato, que había recibido su dosis de esquirlas peligrosas. Pasamos a la sala y estaba neblinosa, con vapores de pato por todos lados. Una vez supervisada la normalidad recobrada, reanudamos la tarea de preparar el pato. Le pusimos la naranja, el licor contreau, la maicena y el caldo de res, todo cuidadosamente aplicado y lo metimos al horno de microondas por diez minutos. Llegó el porfesor Heber y dijo que olía bien. Es que es muy cortés. Yo percibía un fuerte olor a pato no muy agradable, pero callaba porque también soy muy cortés y discreto. El profesor Heber cumplió su parte al llevar un guacamole que le queda bastante bueno. Luego llegó Berenice y simplemente se sentó a comer, no ayudó en nada porque tenía otras cosas que hacer con su hermano. Por lo menos ese fue el pretexto. El caso es que nos sentamos a la mesa a comernos lo preparado. El pato no estaba bien ni estaba mal, todo lo contrario, el caso es que se quedó casi completito. El guacamole estuvo hecho con chile habanero combinado con chile de árbol y aderezado con ácido muriático, con el resultado de haber dejado como dragón echando lumbre a quien se atrevió a probarlo. Ni siquiera sirvió como sustituto del pato desabrido y medio crudo en el interior, porque no fue suficiente el tiempo de cocción. Lo que tuvo un éxito inusual fue el refresco gaseoso de manzanita, al que todos recurrimos para apagar la lumbre provocada por el guacamole. Paty había llevado una nieve de vainilla para postre, pero todo se olvidó y nos pusimos a cantar. Ellos tres se acomodaron en un sillón, con la laptop para leer las letras, parecían los muppets por lo emocionado y el canto a coro. Fue una tarde salvada por la amistad y la buena voluntad, porque como cocineros, estamos en la lona. Ya será en otra ocasión, cuando alguien que sepa cómo usar un refractario y conozca la debida interpretación de una receta, pueda aportar sus valiosos conocimientos al inigualable arte de cocinar.

ORQUÍDEAS

Un señor nos invitó a ver su orquideario. Nos aseguró que las había blancas, azuladas, moradas, rojas encarnadas, en fin, aquello sería un espectáculo para la vista. Y allá vamos Paty, Ulises y yo. Subimos como quince graditas y entramos al paraíso de las orquídeas. Efectivamente, vimos como cuarenta especies, todas verdes y sin flor. El señor nos explicaba emocionado: "esta da una que es morada, esta otra es plumbago, aquella es blanca y se vuelve tornasolada", pero no había ninguna orquídea, excepto las que nos describía con la imaginación nuestro anfitrión, quien luego nos propuso ver un libro con las fotos de las orquídeas, invitación que declinamos porque no era lo que esperábamos. Si nos hubiera advertido que iríamos a imaginar orquídeas, le hubiéramos dicho que no se molestara, porque podríamos imaginarlas acá en Tapachula, a nuestras anchas. En fin, la intención fue buena.



AUSENCIA

La ausencia de Ausencio se debió a que estuve un par de días fuera de Tapachula y luego tuve que empatarme de varios asunto particulares. Sin embargo aquí estoy de nuevo con los teclazos que algunas personas me piden, particularmente cuando desayuno en El Oasis, porque la gente de ahí gusta de esta columneja. No crea, a veces cuesta cumplir con todas las obligaciones administrativas del periódico y encima escribir. Sin embargo, como que dan ganas de reanudar la criticadera nomás para que no se malacostumbren los políticos.



A PROPÓSITO

La Laguna de Pozuelos, acá en Tapachula, es un tiradero de basura del todo inaceptable, mientras el municipio no hace nada por corresponder siquiera en algo a la confianza del gobernador, quien ha destinado recursos como en ningún otro régimen, nomás para que a la hora de la verdad las cuentas no cuadren y sea el momento de no poder recibir la administración municipal. Alguien debe obligar a las autoridades municipales a limpiar esa vergüenza de los tapachultecos. Si pudieron limpiar el Cañón del Sumidero, con más razón podrán hacerlos con esta laguna. Claro, hay que esperar esa acción por parte del gobernador Sabines, de nadie más. Y es urgente.



CARRETERA

Yo no sé si son ganas de quejarse, porque la carretera de Tapachula a Tuxtla, me parece que está bastante bien, puede uno transitar con tranquilidad y en tres horas y media llegamos a la capital coneja, esa ajetreada ciudad que cada vez tiene más vehículos y menos vialidades. Ahora, para llegar de un extremo a otro de la ciudad se debe invertir más de una hora. Es el precio del crecimiento desmedido, iniciado a principios de la década de los noventas y sostenido de manera creciente hasta la fecha. No hay presupuesto que alcance para satisfacer la demanda de servicios en esa capital apuñuscada de gente. Con más razón digo que los tapachultecos nada tienen que andar mirando hacia Tuxtla, porque en cuanto a ciudad, en cuanto a centro urbano habitable, es mucho mejor Tapachula. Pero la gente quiere, a como dé lugar, echarle a Tuxtla la culpa de todos nuestros males. Por cierto, una persona me dijo que opinara en la radio acerca del tema de que "el dinero se lo llevan para Tuxtla". Le dije que yo tenía tres años y medio trabajando en Tapachula y nadie me había quitado ni un centavo. Le pregunté si a él le habían quitado algo. Me dijo que no. ¿Entonces? Pues me replicó que se referían a la producción de mango, de café de rambután, de banano. Le dije que todo eso no se lo llevaban, que lo compraban al precio del mercado. Luego me reviró que los impuestos se los llevaban a Tuxtla. Le dije que a México, pero que recaudar los impuestos del campo era asunto muy difícil, por lo mismo, muy pocos paraban cabalmente sus obligaciones fiscales. La conclusión es que nadie se lleva nada, pero sigue siendo la cantinela, la queja eterna. A mí nadie me quita nada, así de sencillo. Y si me lo quita, así le va.



FRÍO

No sé qué número sea, pero un frente frío se ha dejado sentir en Tuxtla. Ya se me había olvidado el frío, porque en Tapachula no hace más que calor y caen unos aguaceros de dar miedo. El perro del vecino sale con suéter cada vez que la temperatura se pone gélida, es decir, a 28 grados centígrados. Y tose con voz de Julio Iglesias cuando canta "Bamboleo". Yo no sé cómo no le da vergüenza al Julio cantar esas canciones. Y lo peor es que me acuerdo del salado cada vez que el chucho del vecino quiere ladrar. Le sale un ronquidito leve. Y como Julio Iglesias se ríe como perro, más risa me da.

YA ACABÓ YA

Nos vemos mañana con más títeres. Gracias por sus correos. Recuerde que los publicaré si usted no hace la observación en contrario. Sale.
 
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