Comunidad y Cultura Local
Te' Tonguy Etzé: El Baile de las Espuelas
Danzantes y músicos del tonguy etzé, en la foto del recuerdo.
Los Zoques de Tuxtla
El Heraldo de Chiapas
4 de junio de 2008

Sergio de la Cruz Vázquez



El baile de las espuelas, conocido como baile de la Octava de Corpus, por realizarse ocho días después de la fiesta de Corpus, es una de las danzas tradicionales más conocidas y con más participantes, ya que es la única que se baila en parejas.

Hasta hace pocas décadas el tonguy etzé era bailado por varios grupos, es decir que en los barrios existían personas que organizaban su baile (danza) y salían a recorrer las iglesias, casas de sus parientes y amigos. Pero cuando algunos grupos coincidían en una iglesia o la casa de un amigo común, tenían que bailar juntos en ese lugar, al igual como se hacía en los otros bailes.

Estos grupos fueron desapareciendo poco a poco, a veces por falta de recursos y otras veces por escasez de músicos zoques de jarana (actualmente sólo quedan dos). Años después, los encargados rentaban el vestuario, por pocos centavos y que después fueron pesos, a quienes querían bailar y no podían comprar su vestimenta, pero había que apartarla con bastante anticipación porque podían quedarse sin ella.

Así las mujeres rentaban faldas rojas, huipiles, mascadas y hasta sombreros charros. Y los hombres sombreros, mantas guatemaltecas, espuelas y las calzoneras de cuero.

Estos calzones de cuero (nacamandoc) eran costurados totalmente a mano, pero ahora han desaparecido casi completamente, y los pocos (máximo una decena) que han sobrevivido se encuentran en bastante mal estado. Así que el rescate de éstos se ha tenido que hacer con otros tipos de cuero o con telas, ya que son difíciles de fabricar como antes, sobre todo por la falta de la materia prima; el cuero de venado, aunque no se logra la calidad necesaria. Además de que los talabarteros ya no conocen las viejas técnicas de elaboración. Y la vieja costumbre "de que los muertos llevaran su ropa", es decir que la enterraban con ellos, también contribuyó a su desaparición.

Pero ahora dejemos a un lado esta temática y pasemos a conocer lo que ocurrió el pasado jueves 29 y el viernes 30 de mayo, fechas en que se bailó el tonguy etzé. Debe usted saber que desde hace varios años se "pide lugar" en la ermita del Cerrito para "levantar" los bailes zoques, aunque éstos no forman parte de su sistema de cargos. La cita era a las 8 de la mañana, sin tomar en cuenta el horario de verano, así que nos fuimos reuniendo hombres, mujeres y niños que íbamos a participar. En este día fueron 11 mujeres y 15 hombres, más dos músicos. Al llegar cada uno recibe la jícara de pozol blanco que ofrecen don Julio y su esposa Elena.

Después llega el momento de cambiarse la ropa y así estar listos para iniciar el baile, mismo que se realiza primeramente en la propia ermita. El tronar de los cuetes y el repique de campanas anuncian el inicio del recorrido, que en este día se realiza por el lado sur, ya que la comida es ofrecida por los priostes del Santísimo (Roque Sánchez y Esperanza Velásquez) en la 15 Sur y 2ª Oriente.

Como cada año, la primera casa en visitar es la de doña Panchita Rosales, antigua primera o maestra de baile (fallecida hace casi 15 años), y ella nos mira alegremente desde su fotografía en blanco y negro, luciendo su bello sombrero de charro, como agradeciendo que no la olvidemos en nuestros bailes, ya que año con año su familia nos recibe en su casa.

El recorrido continúa y otras casas visitadas son las de doña Flor Rodríguez, quien está próxima a recibir un cargo de la Mayordomía, quien nos ofrece pozol de cacao y aporta su "limosnita"; ella siempre ha participado dentro de la Priostería del Señor del Cerrito; la casa de Gonzalo Gurría, prioste de ramillete y primer baile; y con la familia Vázquez Galdámez, y no faltó quien nos reclamara por no haber pasado con el baile de Santa Cruz el 3 de mayo o el de Corpus del 22 de mismo mes, como don Ciro, ya que hubo que acompañar a cada prioste de esos cargos y, por lo tanto, bailamos en pocas casas; pero pronto lo olvidan al llegar el alegre baile de las espuelas.

Todavía pasamos por la casa de Cecilio Hernández, la de doña Angélica Cameras y otras siete más, aunque en dos no nos recibieron por estar cerradas, antes de encaminarnos a la del prioste don Roque Sánchez, donde nos ofrecen la comida.

Allí esperamos la llegada del albacea don Paulino Jonapá, don Carlos Juárez (1º y 2º albaceas) y otros, para realizar el baile ante el altar del Santísimo y los Niñitos del Belén. Terminada la danza es servida la comida, un caldo de panza, que algunos comieron en doble ración para recuperarse del largo recorrido.

Pero el recorrido aún no termina, pues hay que regresar hasta la ermita del Cerrito, así que agradecemos la comida repitiendo dos sones de la danza y nos encaminamos a casa de don Ricardo González, seguimos con la familia Green Chatú y don Luis Alias quienes reciben, siempre alegres, todos los bailes. Todavía seguimos bailando en casa de doña Milita, chocolatera de la Mayordomía, y con doña Elena Vélez, quien tiene una imagen de San Roque y celebra su fiesta cada 24 de agosto. De aquí (6ª Poniente y 12 Sur), regresamos a la ermita del Cerrito para rematar el baile, cuando eran cerca de las 7 de la noche, pero al día siguiente nos corresponde recorrer el lado norte, así que hay que descansar.

El viernes 30 iniciamos un poco más tarde, pero casi el mismo número de participantes, se baila en la ermita del Cerrito y posteriormente iniciamos el nuevo recorrido por la 7ª y 8ª Poniente, rumbo al norte. Pasamos por seis casas antes de llegar a la ermita de San Andrés, localizada en la 8ª Poniente, entre 8ª y 9ª Norte, donde nunca habíamos pasado a bailar, pero la maestra Lola Aramoni nos había contado de este lugar y ella misma habló con los dueños para permitirnos la entrada. Claro que nos recibieron con mucho agrado y hasta fuimos invitados para el 29 de noviembre, fecha en que hacen la fiesta de su santo patrón familiar, y según dicen es una fiesta muy alegre.

De allí seguimos con doña Mercedes, viuda de Anzá, anterior priosta de San Marcos, quien está enferma debido a una fuerte caída y esperamos que se recupere pronto. Pero después doña Chabelita (comidera de la Mayordomía) se alegra enormemente al recibir el baile y donde don Víctor Aquino, anterior albacea, en la 11 Norte y 8ª Poniente, no nos reciben ya que está cerrada. A partir de aquí tomamos el camino de regreso y todavía quedan muchas casas qué visitar, antes de llegar a comer.

Así visitamos, entre otras más, las casas de don Manuel de la Cruz, ahora ramilletero; de doña Amparo Gómez, antigua panadera fallecida hace un año; de don Pedro Megchún, repartidor del traguito y también fallecido. Doña Julia Jiménez nos ofrece grandes muestras de alegría porque nos acordamos de su casa y porque aún conservamos las costumbres zoques, priosta de Semana Santa en el Cerrito y muchos cargos más también de la Mayordomía.

Después pasamos a casa de don Antonio Juárez, de 92 años, y la de doña María Megchún donde nos enteramos que está bastante enferma debido a su edad, 95 años, pero somos invitados a la fiesta de la hermosa virgen de Carmen, de propiedad familiar, para el 16 de julio. Aun pasamos con doña Esperanza, viuda de Chandoquí, antes de pasar a casa de tío Ramón Chacón, donde se hará la comida.

Al llegar se realiza el baile y luego es servida la comida, el rico nihuijuti (o niwijuti) que nos supo de maravilla, y este tiempo nos sirvió para descansar un rato. Terminada la comida se baila nuevamente para agradecer la atención de la dueña de la casa, y volvemos a retomar el camino. Casi enfrente vamos con la familia Martínez Nopinjamá, donde vive Amado, uno de nuestros bailadores; en casa de don Pedro Napabé no había nadie y don Florentino Reyes, albacea del Cerrito, se alegra de recibirnos, y desde aquí regresamos a la ermita del Cerrito para terminar el recorrido; ahí están realizando los preparativos para terminar el "Mes de María", los rezos y las ensartas de flor de mayo.

La cuenta de las "limosnitas" recibidas apenas alcanza para pagar los músicos y la comida. Así termina otro ciclo del Tonguy etzé, con 90 cuadras recorridas y 52 casas visitadas, cansados pero con el gusto de haber cumplido con un compromiso para con nuestros abuelos y sucesores, y mientras que el cuerpo aguante continuaremos con esto. Tizcotá (gracias) a todos los que nos reciben en sus domicilios y apoyan la conservación de nuestra cultura.