Opinión / Columna
 
Mario Núñez Mariel 
Balance de un año negro
Organización Editorial Mexicana
26 de diciembre de 2011

  Siempre que culmina un año los periodistas y los analistas tendemos a pensar que un balance de lo acontecido se impone. En este año de 2011 todo indica que el equilibrio entre los lados oscuros y luminosos de la realidad fueron favorables a la oscuridad, sobre todo en lo que a México se refiere. Una "guerra" que muchos insisten en no darle ese nombre siguió enlutando al país como expresión del mal absoluto, y no existen indicios sólidos de que la ola de violencia cederá por la falta de criterios unificados para saber cómo combatir al crimen organizado. Entre otras cosas, porque sectores importantes de la intelectualidad, de los medios y de los partidos de oposición han dedicado más sus esfuerzos a denostar al presidente Calderón, antes que a tratar de encontrar una salida a una crisis de convivencia social en el país en la que nos va la vida a todos. En ocasiones reiteradas parece que la guerra ha resultado la oportunidad ideal para tratar de hundir la Presidencia de Calderón.

La expresión muy socorrida de que se trata de "la guerra de Calderón" es un indicador de que se hizo un esfuerzo por negar el carácter general del conflicto al transformarlo en el resultado de una actitud privativa del Presidente. Lo cual en mi opinión es un error de percepción del fenómeno que estamos viviendo y de concepción de la violencia social como realidad. En general se abusa de achacarle al Presidente la responsabilidad de las varias decenas de miles de muertos registrados en el conflicto como si él fuera el asesino -lo cual obviamente es aberrante-; y poco se dice sobre el desarrollo imponente de fuerzas centrífugas paramilitares que hicieron de la violencia sin acotamiento o contención posible una forma de vivir sin verdaderamente nada que perder que la vuelve casi inexpugnable. Digamos que los sicarios están enfermos porque el país está enfermo: sólo en un ambiente de franca descomposición social pueden desarrollarse tales niveles de violencia. Lo cual no exime de culpa a los asesinos, pero permite establecer los parámetros para entender cómo fue que la violencia se desencadenó en términos graves, masivos y sistemáticos.

Cuando durante decenios se mantienen los más perversos niveles de desigualdad posibles; cuando no existen garantías de una vida digna en términos aunque fuesen mínimos para decenas de millones de seres; cuando los sectores más retardatarios de la oligarquía no tienen el menor empacho de mostrar su arrogancia y su prepotencia; cuando la educación pública es un mero acto de simulación que deja márgenes abiertos enormes para que los niños y jóvenes descubran que después de todo el esfuerzo no retribuye en un mundo sin esperanza; cuando la corrupción y la impunidad antes que acotarse se prefiere sistematizarlas; cuando todos los aparatos de persecución de la criminalidad y de justicia son cooptados o infiltrados; cuando los legisladores son verdaderos merolicos con hábitos de mequetrefes; cuando los sectores medios y pequeños agropecuarios e industriales han sido quebrados; cuando los bancos se convierten en "lavadoras de dinero"; en fin, cuando nada funciona adecuadamente los mecanismos sociales y políticos de contención de la violencia vuelan a pedazos.

Hablar del mal absoluto es algo más que referirse a una dinámica colectiva de destrucción a partir de que sectores significativos de la sociedad ya rompieron con los mecanismos civilizados de convivencia y la legendaria "ley de la selva" se impuso. La violencia desencadenada sin contención estatal posible es el gesto primario del malestar en la cultura a partir del predominio de las pulsiones de muerte que predominan y rompen con las estructuras morales y psíquicas que se rompen y dan pauta a la aparición de la barbarie.
 
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