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Comunidad y Cultura Local
Don Ubilián
SUCEDIÓ EN CHIAPA DE CORZO
El Heraldo de Chiapas
7 de noviembre de 2009
Alberto Vargas Domínguez
Su nombre era William, pero la gente humilde siempre lo llamó don Ubilián. Ganadero, dueño de la mitad del rancho de "Las Limas", allá en la ribera del río grande. Terreno que heredó al morir su padre. Se caracterizó por la extraordinaria fuerza que tenía en los dedos y en las manos. De él se cuenta que, por los años de 1900, cuando alternaba la jefatura política del Departamento de Chiapa entre don Enrique Santibáñez, don Aristeo Toledo y el señor Antúnez, Ubilián era un joven vaquero, que impresionaba por su complexión fuerte, su elevada estatura, sus facciones prominentes y duras y por su voz grave. Vestía de charro con botonadura de plata y una banda de Comitán en la cintura cubierta con una culebra repleta de monedas de plata. Usaba botines; sombrero de charro de pelo colorado con copa circular desvanecido. Siendo jefe político el señor Antúnez, un buen día se le presentó un individuo con la cabeza sangrando, clamando justicia y culpando a don Ubilián. Decía que éste le había "rajado" la cabeza con el cañón de una pistola. El jefe Antúnez citó al acusado y lo careó con el agredido. El acusador sostenía con vehemencia que su herida era producto de un pistoletazo; mientras que el agresor afirmaba no haber usado arma, sino que solamente le había dado un simple "cocotazo". Antúnez, después de haber oído los argumentos de cada uno, decidió multar con cinco pesos al agresor. Ubilián, al oír la sentencia, con pasmosa calma fue desabrochando la culebra, sacó numerosas monedas de plata, contó 10 de a peso, hizo dos pilas de cinco cada una y las colocó sobre la mesa, frente al jefe político. Mientras tanto, el herido seguía de reojo todos los movimientos y gestos de su agresor. Antúnez, al ver los 10 pesos depositados en la mesa, le dijo a don Ubilián: "¿Qué, no oyó usted bien? ¡Dije cinco pesos... no 10!" A lo que don Ubilián respondió: "Cinco es el pago de la multa; los otros cinco, es el adelanto por otro cocotazo que le voy a dar a este desgraciado mentiroso". Y diciendo eso se abalanzó sobre su víctima; pero aquél, habiendo adivinado la intención, ya estaba debajo de la mesa, hecho un ovillo, con la cabeza escondida entre las piernas. Por la misma época estaba viviendo en la Frailesca, en su rancho de Montecristo, el famosísimo doctor Arturo D'artote, médico Austrohúngaro, que por azares del destino llegó a México, vino a Chiapas y se estableció en la zona de Chiapa y Villaflores para ejercer su profesión. Era un tipo fornido, alto, con cicatrices en la cara como producto de los constantes duelos con sable que había sostenido en su época de estudiante; acusaba ligera cojera producto de un balazo recibido en una de las piernas. Pues bien, en cierta ocasión el doctor D'artote retó a don Ubilián a jugar al dedo. Éste aceptó con apuesta de por medio. Fijaron día, lugar y fecha, y nombraron a un par de testigos que darían fe del encuentro. Llegó ese ansiado día: parados frente a frente los contendientes, ambos con los brazos derechos extendidos y los dedos medios en actitud de engancharse: "Apriete usted primero", dijo don Ubilián a su rival. "De ninguna manera", contestó el doctor. "Le doy ese privilegio", terminó diciéndole. Don Ubilián respiró profundo, se concentró y pegó el apretón. De inmediato se oyó el crujido de hueso roto y el grito de dolor del doctor junto con una maldición austrohúngara que nadie logró entender. Los testigos, al ver el desenlace del encuentro, de inmediato se vinieron a Chiapa en busca de un "güesero". Don Isauro Coutiño logró convencer a don Tomás Cuesta (el más famoso de todos los tiempos en Chiapa de Corzo) a que fuera atender al herido. Don Tomás alistó su bastimento, cogió una bola de sebo de chivo, lo envolvió con jolochi y se fue con los acompañantes. En Montecristo encontró al doctor tranquilo, con la mano en reposo, pero con el dedo muy hinchado y tumefacto. El doctor se alegró al saber que era don Tomás Cuesta quien reduciría la fractura. Don Tomás, por su parte, hizo concienzudamente su trabajo. Ya dispuesto a regresar a Chiapa, el doctor no lo dejó; lo invitó a quedarse unos días en el rancho, para conocerse bien, descansar, platicar y aprender. Al cabo de 15 días, don Tomás regresó, trayendo un precioso caballo de regalo que le dio el doctor; pues era bien sabido que don Tomás no cobraba por sus servicios. Él decía que si diosito le había dado la virtud de curar, no había razón para cobrar por sus servicios. Pasaron los años. Don Ubilián se volvió muy escrupuloso en su persona: mudada de ropa que se ponía no volvía a utilizarla. Diario usaba un espejo de aumento para ver como progresaba unas molestas hemorroides que paulatinamente le iban perjudicando. Comenzó a sentir molestias indefinidas en el pecho, que nunca supo si eran del corazón o de los pulmones. Un día sorpresivamente cayó muerto en el mercado de Tuxtla. Los periódicos dijeron que fue por ataque al corazón; aunque, aquí en Chiapa, se regó la noticia de que en el Hospital Regional de Tuxtla le habían dado "un calmante" porque estaba enfermo de los pulmones. Honestamente nunca se supo la causa de su fallecimiento. Así acabó este rudo vaquero, que fue únicamente doblegado por las hemorroides y por las medidas "curativas" del Hospital Regional, según las noticias de los periódicos de la época. cronistaenrebeldia16@hotmail.com |
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