Opinión / Columna
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Arnulfo Pérez Rivera
Origen y significa de los trofeos
Diario de Xalapa
11 de noviembre de 2009
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Los trofeos; esos objetos que oropelesca y auríferamente brillan en la privacidad de algunas vitrinas hogareñas, o bien en la estantería de no pocas instituciones públicas, no siempre tuvieron la imagen o el significado que nuestro mundo civilizado les ha conferido.
Los trofeos (del latín Trophaeum, y este del griego Trópaion, monumento, insignia o señal de una victoria) de los que tanto nos enorgullecemos por haberlos conquistado a base de decisión y arrojo, de disciplina y esfuerzo y, si se quiere, hasta con sacrificio personal o de grupo, allá en el trasfondo de los siglos, en cuya maraña se pierden las referencias de la vida consciente del hombre, tuvieron como arranque de lo que posteriormente simbolizarían, la lucha sangrienta, despiadada y casi mefistofélica, con la que el ser humano (si es que puede dársele el calificativo de humano) dejaba sentir la supremacía de su fuerza bruta o la impetuosidad de su incontrolada furia.
Es de este modo, cuando aún los lampos de la cultura no iluminaban los pasos del hombre verdadero, se concebían como prueba de irrecusable victoria, los cráneos de los enemigos, tal como ocurre entre los malayos o entre los indios jíbaros con las chauchas o cabezas reducidas. Ahora que si las piezas craneanas mutiladas eran muchas, se "contentaban" con adornarse con los dientes o las orejas de los sacrificados, que exhibían como señales de satisfacción por sus muy singulares triunfos.
Sin embargo, las disposiciones perfectibles anidadas en el espíritu del ser más alto de la creación universal, pronto imprimieron un giro más alentador al desplante de sus propios bríos, transformando el desborde de sus irracionales instintos, hasta convertirse en el competidor o triunfador que hoy conocemos y cuyo esfuerzo es premiado y reconocido socialmente, a través de trofeos acordes con el área deportiva en la que se haya destacado.
Pero, ¿a quién o a quiénes cabe el mérito de haber estimulado, inicialmente, el impulso de los competidores que en buena lid alcanzan los máximos privilegios en tal o cual evento deportivo? ¿A qué pueblo corresponde el innegable honor de haber enseñado a la humanidad, las maneras o las formas de competir caballerosamente, sin comprometerse o comprometer la dignidad personal o la integridad de la comunidad representada?
Casi no haría falta decir que es Grecia, ese pueblo pequeño por su extensión pero grande y admirable por su pasado histórico, al que le debemos la creación de los diversos juegos deportivos, no sólo para desarrollar las potencialidades físicas del hombre, sino para cultivar el inmenso valor de la unión y la amistad de quienes hemos nacido bajo el manto azul del mismo país o bajo la comba infinita que cubre la limpia intención de las diferentes naciones. Es de esta suerte como Heracles concreta las primeras competencias olímpicas, correspondiéndole la distinción de coronar al primer vencedor de los juegos de carreras, con una rama de olivo silvestre (kotinos) que había traído del país de los hiperbóreos y que él amorosamente plantara en la sagrada Altis. Es oportuno agregar que más tarde, Aethlios, hijo de Zeus, primer rey de Elide, celebró juegos entre sus hijos y de su nombre Aethlios, fueron llamados juegos atléticos.
Mas, ¿por qué se designa con el nombre de olímpicos a los juegos que, inspirándose en el deporte griego, se celebran cada cuatro años?
Sin llegar al hondón de las muchas cosas que deberíamos conocer de Grecia, creo necesario mencionar que ese extraordinario país siempre se consagró al culto de los dioses y de los héroes, en los distintos lugares que lo componían, regiones en las que se destacaron no sólo su fantasía, sino su vena poética. El pueblo griego, como ninguno de sus avecindados, compartía el amor y los elementos de una vida armoniosa; es decir, del progreso de la civilización que era enseñado a nombre de los dioses héroes. Cada ciudad o comarca se convertía, así, en símbolo de una idea civilizadora de enseñanza primordial. En toda Grecia existían centros sagrados de adoración que durante siglos constituyeron un lugar de luz para el alma y para el espíritu. Singularmente creían que los dioses tenían como residencia permanente el Monte Olimpo, y los otros grandes centros de adoración eran los lugares que los dioses, en su descenso al Olimpo, habían elegido para enseñar a los hombres con su ejemplo, fundamentalmente los principios básicos y la reglas de la vida social. Cabe destacar que uno de los muchos centros de adoración de la antigüedad (el más grande por su carácter sagrado, misión e importancia civilizadora) fue Olimpia, en la que principalmente era adorado Zeus, el padre de los dioses y de los hombres y en el cual nacieron los juegos a que hago mérito. Esta es la razón de que los encuentros que en nuestro siglo aún se continúan celebrando cada cuatro años, se denominen Olímpicos, pues de haberse iniciado en algún otro centro, quizás se les designara con el nombre de Píticos, Nemeos, Istmicos, Panhelénicos, etcétera.
Con todo, y pese a los antecedentes de las mencionadas justas, se hace obligado puntualizar que la consagración histórica de los Juegos Olímpicos tuvo lugar el año 776 a.C., cuando el vencedor en la competición de carrera pedestre de un estadio, Koroibos de la Elide, fue designado como primer triunfador. Desde entonces, para fortuna y beneplácito de la humanidad, se consagró la premiación de los triunfadores olímpicos, mismos que participaban, más que por el prurito de vencer, con la intención de cultivar la amistad, la comprensión, el afecto y la unión entre todos los hombres que habían nacido bajo el esplendoroso destellar del cielo griego.
Desde aquella fecha memorable, se celebraron los Juegos Olímpicos cada cuatro años, en tiempo de luna llena, entre finales de julio y comienzos de septiembre. Estos eventos, a diferencia de los que se realizan en nuestros días, representaron para los griegos una verdadera religión cívica, pues además de las solemnes premiaciones a base de coronas de olivo, se erigieron estatuas de los vencedores en Olimpia o en las pequeñas patrias de donde provenían. El templo de Zeus Olímpico estaba decorado con representaciones esculpidas de la carrera de carros entre el rey de Pise y Pelops, en la que resultó vencedor éste último, dándose el caso que cuando regresaban a sus respectivas ciudades los vencedores de los juegos sagrados, la máxima autoridad del lugar ordenaba que se demolieran partes de las murallas que protegían a la ciudad, pues declaraban públicamente, "que la ciudad que tenía tales hombres, no necesitaba murallas para su defensa".
Esta era la significación y el valor que el pueblo griego otorgaba al triunfo obtenido por sus más valerosos competidores; pero, en nuestros días, ¿qué trascendencia tienen esos premios ganados a base de esfuerzo, de preparación, de disciplina y hasta de privaciones de muchas cosas que generalmente nos distraen? ¿Cómo se estimula a los ganadores de trofeos, cuya conquista implica el trazarse una meta, la aspiración de ser mejor, cultivo de fortaleza en el carácter y entrega para corresponder a la confianza y a la fe depositada?
El alcanzamiento de un trofeo no es cosa fácil; y esto lo sabemos de sobra, quienes alguna vez, al ritmo de nuestros tiempos juveniles, empeñamos nuestras mejores reservas para lograrlos, no sólo para demostrar que éramos mejores que los demás competidores, sino porque iban de por medio los colores de nuestro banderín y con él, el prestigio deportivo de la escuela que llevábamos muy adentro del corazón y del alma. Y asiento esto último, habida cuenta que no son pocas las autoridades de ciertas instituciones escolares, que ignorando lo que significan los trofeos, que olvidándose de que en tales piezas se encuentra cincelado el esfuerzo y la limpia pasión de los triunfadores, los tienen dispersos y empolvados, como si se tratara de simples objetos decorativos, cuando debieran estar en vitrinas ex profesamente confeccionadas para exhibir la templanza, el vigor y el cultivo físico y deportivo de las generaciones que dejaron sentir su paso aleccionador por las instituciones donde abrevaron la simiente de la vida profesional.
Pienso, y no creo caer en error, que las instituciones, por lo menos las que llevan el honroso calificativo de centenarias, debieran tener un salón de la fama deportiva, en donde figuren los nombres de los triunfadores más señalados; esto es, de quienes dieron brillo a su casa de estudio, así como a la rama del deporte en que se compitió y ante quienes se resultó vencedor. Y me permito subrayar lo anterior, tomando en cuenta la impresión que pudieran recibir quienes alguna vez defendieron los lauros de su escuela hasta conquistar un trofeo, para que después de algún tiempo, esa pieza que antes destelló y despertó admiración y hasta envidia, posteriormente fuera desvalorado por el olvido y por la indiferencia.
Los trofeos, obvio es decirlo, son producto del trabajo y de haber cumplido con responsabilidad los programas de educación física. Y aun cuando al contar con excelentes deportistas no es distintivo de ser altamente desarrollado, como es el caso de Kenia, Etiopía y otros países más, no puede negarse que el deporte ayuda al desarrollo integral del hombre.
Lamentablemente, y esto lo sabemos todos -todos los que sabemos-, en nuestro medio, la educación física es educación de escaparate o si se quiere de exhibicionismo, a base de tablas calistécnicas, competencias de relumbrón o desfiles dizque deportivos, pero sin que haya un seguimiento que conduzca al desarrollo de los futuros atletas. En las escuelas de los distintos niveles se da prioridad a lo "intelectual" -así entre comillas-, en demérito de lo físico. En la escuela primaria se cumple, cuando mucho, en un 10 por ciento de lo que marcan los programas del área de educación física. Esta es la causa de que no tengamos olímpicos como acontece en otros países, en donde sí se atiende, sistemáticamente, el cultivo de quienes habrán de representarlos en las justas de carácter mundial. Esta es la razón de que en tanto en los países desarrollados, los máximos exponentes del deporte son fraguados en las universidades, en nuestro pueblo, las poquísimas figuras que brillan son extraídas de los barrios, siendo esto así porque son "garbanzos de a libra", mas no por haber recibido educación física especial desde los amaneceres de la niñez.
Si alguna vez pensáramos en los trofeos como la parte culminante de una esmerada educación deportiva, la situación para México cambiaría, pero en tanto no se satisfaga este renglón en los distintos niveles escolares, seguiremos a la zaga en materia deportiva y, consecuentemente, jamás tendremos deportistas calificados.
Yo así pienso. ¿y usted mi estimado lector o amable lectora?
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