Opinión / Columna
 
Arnulfo Pérez Rivera 
La importancia de la comunicación humana
Diario de Xalapa
18 de abril de 2011

  Desde los amaneceres de la historia, se ha intentado definir lo que es el hombre. Muchos filósofos se han dado a la tarea de encontrar sus características más resaltantes o sobresalientes. El inmortal Sócrates, como sabemos, pasaba el tiempo preguntando a las personas acerca de sí mismas, y murió mártir en su intento de conocer al hombre. Diógenes, que consideraba a la virtud como el don más alto, caminaba a plena luz del día, linterna en mano, por las calles más populosas de Atenas, buscando, sin resultado, a alguien que se acomodara a su preconcebida idea del hombre. Y Aristóteles, observando las semejanzas y las diferencias entre el hombre y el animal, le parecieron buenas las definiciones de zoon politikón (animal de ciudad), y la de zoon lejon ejon (animal provisto de palabra).

En efecto, el hombre concreto y auténtico es por naturaleza y por esencia un ser social provisto de palabra. Apenas si existe un problema verdadero que no haya de compartirse con sus semejantes; y cuando se aisla y pretende sentirse a gusto con su orgulloso narcisismo, cae y se deshumaniza. El hombre individual en sí, no posee la esencia del hombre; la substancia del ente humano sólo tiene sentido cuando entra en comunicación con sus congéneres; dicho en otros términos, el hecho de la existencia humana sólo se concibe cuando el individuo entra en relación con otros individuos; esto es, el hombre en comunicación con el hombre.

"Somos el hombre concreto que nace, sufre y muere", decía Unamuno; mas como yo aislado no podemos ser; siempre "yo soy y mis circunstancias", sostuvo Ortega y Gasset. "El sentido de la persona humana en cuanto a personalidad, afirma Víctor E. Frankl, en su obra Psicoanálisis y Existencialismo, apunta más allá de sus propios límites"; apunta hacia la comunidad, así como cada piedrecilla de un mosaico tiene valor en relación a la totalidad de éste.

Por esta razón, la comunicación humana ha sido, a través de los siglos, una fuerza de inconmensurable energía; ella, como ninguna de las palancas que pudieran existir, incita y une a los hombres a la acción. De ahí que ninguno de los incontables logros históricos de organización hubieran salido adelante, sin una bien elaborada red de comunicación; y prueba de ello es, por citar sólo dos casos, la hazaña de construir las gigantescas murallas de Babilonia, o el éxito logístico de Aníbal al cruzar Los Alpes, hace más de 2 mil 200 años.

La comunicación es un instrumento social tan importante, que sin esta herramienta, se puede afirmar, jamás podríamos influir en las ideas, en los sentimientos o en las acciones de otras personas. El destino del hombre es afrontar y resolver problemas; y esto, como es natural, es obra de la comunicación. Tal hecho explica el porqué a quienes saben comunicarse se les da preferencia en todas partes, adquiriendo, de paso, especial relieve en los círculos en que se desenvuelven. Quienes saben comunicarse son garantes de una aureola de superioridad, forjando, con éxito, sus propias oportunidades. Quienes han cultivado la habilidad para comunicarse, logran más que aquellos que sabiendo más, no pueden expresarse adecuadamente; y más todavía; los que saben comunicarse, porque han aprendido a relacionarse, pueden lograr el liderazgo de los grupos en los que intervienen, despertando una buena impresión a través de sus expresiones.

Empero, si la comunicación lingüística es el vehículo de nuestro pensamiento, de nuestro sentimiento y de nuestra voluntad, es del todo importante desarrollar esa capacidad. ¿Cómo? Inicialmente entender que si las palabras son elemento básico de la comunicación verbal y fundamento de todo encanto, la correcta pronunciación de ellas, y su combinación con los timbres procedentes, constituyen la buena dicción. Una voz bien impostada, de timbre agradable y de clara dicción, tienen ya los elementos necesarios para transmitir depuradamente el mensaje. Y sólo para apostillar la importancia de la expresión, baste notar que en muchas ocasiones un texto carece de mensaje real si no se es dicho en tal o cual forma. La expresión que se imprime a lo que decimos es determinante, trátese de un locutor, de un maestro, de un orador, de un declamador o de un actor. De ahí que debamos cuidar la entonación de la voz, el volumen que debe imprimirse a la entonación, el ritmo o pausas que deben hacerse en las expresiones, y el timbre que, en algunas circunstancias, debe ser característico del mensaje.

La voz, casi no haría falta decirlo, es el conducto por el cual viajan las palabras y las ideas, hasta llegar al oído de quien oye. Por tanto, es necesario que la voz sea bien emitida para que todos escuchen con facilidad, amén de que tenga el volumen regulado a la cantidad de oyentes, pues es de mal gusto y hasta incorrecto hablar a gritos cuando nos escuchan dos personas a un metro de distancia, o hablar en voz baja para 50 ó 100 personas en espacios ampliamente abiertos.

La palabra, como don exclusivo del ser humano, tiene la tarea de la comunicación para vivir mejor. La palabra, es obvio decirlo, informa, indica, conduce, ilumina, descubre, educa, acaricia, persuade; pero también como lo dejaba entrever Esopo en la fábula El banquete de las lenguas humanas, engaña, desorienta, hiere, extravía, oscurece, niega, oculta, pervierte y enajena. Por esta causa, al comunicarnos, debemos estar en constante búsqueda de nuestras mejores palabras, de nuestra mejor expresión, de la forma más clara, oportuna, pertinente, cauta, agradable y conveniente, pensando siempre que el hablar bien es una de las cualidades más preciadas del ser humano.

La comunicación logra vincular al individuo consigo mismo, con su entorno, y con los demás hombres. Por ello, en la medida en que el hombre se involucra comunicacionalmente sin ser un espectador pasivo, o un robot condicionado, podrá alcanzar satisfacción con lo que hace, definiéndose como persona.
 
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