Opinión / Columna
 
Álvaro Fernández A. 
La iglesia celestial
Diario de Xalapa
2 de noviembre de 2009

  El primero de noviembre, la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de todos los santos. Los 365 días del año no son suficientes para celebrar a todos y a cada uno de los santos. Aunque en nuestro mundo abunda el pecado, nos da alegría constatar que lo bueno superabunda. La carta a los Romanos tiene razón cuando afirma: que donde abundó el pecado superabundó la gracia. El bien es silencioso, la virtud crece como crece la flor de la violeta, tan delicada, perfumada y exquisita pero modesta, reservada y discreta, escondida debajo de sus hojas. Así viven y vivieron los santos en el mundo.

Los santos son la mayor y mejor obra de Dios. Dios, respetando la libertad de las personas, configura en sus siervos y siervas la imagen de su Hijo, y ellos y ellas, respondiendo con completa libertad, alcanzaron, hasta donde es posible a la criatura, participar de la santidad de Dios, porque solamente Dios es santo. El trisagio le llama tres veces santo; sus criaturas participan gradualmente de esta santidad. En el santoral tenemos a los profetas, a los apóstoles, a los confesores, a los mártires, a las vírgenes; tenemos santos de todas las edades, sexos y condiciones sociales; plebeyos y nobles, célibes y casados.

La IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano dice, "Mirando la época histórica más reciente, nos seguimos encontrando con las huellas vivas de una cultura de siglos, en cuyo núcleo está presente el Evangelio. Esta presencia es atestiguada particularmente por la vida de los santos americanos, quienes, al vivir en plenitud el Evangelio, han sido los testigos más auténticos, creíbles y cualificados de Jesucristo. La Iglesia ha proclamado las virtudes heroicas de muchos de ellos desde Juan Diego, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres hasta san Ezequiel Moreno".

Notemos que estos cristianos, coterráneos nuestros, seguidores de Jesús, la Iglesia les llama testigos: auténticos, en su vida no hubo disfraces, ni hipocresías, ellos soportan la prueba del Evangelio... testigos creíbles. La gente acepta su pensamiento y su palabra, porque en ellos hay coherencia... son testigos cualificados, sus virtudes los acreditan, tienen autoridad y se han ganado el respeto. Todos los cristianos estamos llamados a seguir el buen comportamiento de estos testigos, que con su conducta le dieron máxima gloria a Dios.

San Juan, en el Apocalipsis, describe esta familia gloriosa y celestial, y dice: "vi una multitud enorme, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del trono y del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en la mano. Gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero. Todos los ángeles se habían puesto en pie alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro vivientes. Se inclinaron con el rostro en tierra delante del trono y adoraron a Dios, diciendo Amén. Alabanza y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor y fuerza y poder a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Ap 7,9-12.

San Juan, en esta página de Apocalipsis, nos describe una hermosa asamblea de culto celestial de todos los santos y santas del Señor. Una multitud que nadie podía contar, una asamblea de masas, que expresa la universidad de la salvación. La catolicidad de los salvados no son una sección pequeña y muy personalizada; no, nadie los podía contar. Nuestra Iglesia se entristece por su condición humana o por los ataques de sus detractores, que quisieran desaparecerla de la faz del mundo. Mirando en Apocalipsis su condición futura de victoria, creo que recupera su entusiasmo, su alegría, su fe, su esperanza y confianza, para seguir en pie de lucha.


 
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