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Opinión
![]() Victoriano Tobalina Beltrami
El choque de dos poderes
Diario de Xalapa
14 de noviembre de 2008
La aparición de Jesucristo en su primer advenimiento fue un suceso tan extraordinario que, aun visto únicamente desde el punto histórico, produjo algo inconmensurable, como el poner fin a todos los milenios transcurridos e iniciar una nueva era, precisamente la llamada era cristiana.
Ni las más grandes batallas ni los más poderosos guerreros ni los monarcas más exitosos ni los sabios más admirados ni los sacerdotes y sus dioses más venerados, habían logrado infundir hasta entonces, de modo tan insólito y tan fuerte, como lo hizo el niño del pesebre, "el hijo del carpintero" y de una humilde doncella, porque El trajo poderes muy distintos a todos los conocidos. El mundo de entonces, al igual que el de hoy, ambicionaba el poder, se apegaba a las riquezas, le atraía poderosamente el magnetismo de las armas, pero Cristo traía un nuevo poder, intangible en todo lo material, pero de trascendencia infinita, y que al final de cuentas, afecta todo lo material también. No obstante, qué paradoja es ver que Cristo no trajo en ese momento la paz mundial, aunque sí la espiritual, sino una guerra de nuevo tipo y de características muy distintas a las guerras anteriores. El dijo "Fuego vine a echar a la tierra, y qué quiero, sí ya se ha encendido". También dijo: "¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? Yo les digo: No, sino disensión, porque de aquí en adelante, cinco de una familia estarán divididos... estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija... la suegra contra su nuera... y los enemigos del hombre serán los de lo propia casa" (Lucas 12: 49-53). En este tipo de contienda no están en juego las riquezas materiales, o el dominio sobre ciudades o naciones. Con la llegada de Cristo chocaron dos fuerzas espirituales de diferente signo, ya no era una lucha que buscaba el triunfo sobre 100 años o más, sino la búsqueda de un triunfo perenne y eterno que le urgía a los hombres y que fue logrado allí en la cruz del Calvario, porque con la muerte de Jesús, fueron "despojados los principados, las potestades de las fuerzas del mal, y fueron exhibidos públicamente, triunfando Cristo sobre ellos en la cruz" (Colosenses 2:15). Con Cristo se planteó una disyuntiva de alcances no solamente milenarios, sino eternos. ¿Con Cristo?, o contra él. El mismo dijo: "El que no es conmigo, contra mí es, y el que conmigo no recoge, desparrama" (Mateo 12:30). El Sanedrín no titubeó en dar su respuesta: "Caifás rasgó sus vestiduras diciendo: ¡Ha blasfemado!... ¿Qué os parece?, y respondió ellos dijeron: ¡Es reo de muerte! (Mateo 26: 63-68)". Como Herodes no encontró culpa en Jesús, se lo regresó a Pilatos, quien le dio a los judíos la oportunidad de indultarlo, pero ellos prefirieron el indulto del homicida Barrabás. Como el pueblo judío no podía ejecutar las penas de muerte que decretaba, exigió a sus dominadores romanos que la aplicaran, y así fue como el Sanedrín se valió de la espada de Roma y quedó planteada la mayor batalla que el mundo antiguo y el actual han conocido, porque dos fuerzas espirituales habían chocado en la tierra: la del Cristo y la del anticristo. Aquel grito de: "¡Crucifíquenlo!"... fue una declaración de guerra, una guerra espiritual sangrienta que ha cobrado millones de víctimas inocentes durante estos dos mil años. A Jesucristo no lo crucificaron por lo que hizo, sino por lo que dijo ser: "El que me ve a mí ve al Padre..." porque, "Yo y el padre somos uno", etcétera... Con Jesús no hay términos medios, o es todo lo que dijo ser, o no lo es. Como dijera Josh McDowell: "Aquí existe una evidencia que exige un veredicto". Y la evidencia es su poder transformador que ha cambiado las vidas de tanta gente, porque es el poder del amor, ya que el amor de Cristo es la fuerza más poderosa que arrasa y que cautiva a todo aquel que le abre su corazón. Columnas anteriores
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