Opinión
Victoriano Tobalina Beltrami
Conociendo nuestra libertad

Diario de Xalapa
22 de agosto de 2008

En toda la historia sólo ha habido una sola persona que se presentó en esta tierra diciendo que él era la verdad. "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6). Así que, la verdad es una persona, es Jesucristo, el Hijo de Dios. Ni siquiera es una filosofía o una serie de creencias o una serie de ideas o una tesis o una serie de conceptos; la verdad es una persona y es absoluta.

Y esta bendita persona habló palabras tan sublimes, porque son palabras celestiales. El declaró: "Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, El me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Juan 12:49). Y se presentó como la verdad absoluta y como el salvador del mundo. Aquél que vino a rescatar al hombre del pecado, de las tinieblas, de la condenación.

La palabra salvación significa: liberación de un peligro inminente. Porque íbamos caminando precisamente hacia la destrucción, hacia un abismo, a un viaje sin retorno, sin esperanza, para quedar destituidos de la gloria de Dios para siempre (Romanos 3:23). Pero Cristo se presentó como el gran libertador, el que vino a traer esperanza de salvación eterna, que cuando nos convertimos, nos hace pasar "de muerte a vida" (Juan 5:24), "Y justamente con él nos resucita, y así mismo nos hace sentar en los lugares celestiales..." (Efesios 2:1-10). Además, dice la Biblia que también nos justifica (nos aplica su propia justicia), nos limpia de toda maldad con su sangre, y nos santifica (nos aplica su propia santidad). Esto es lo que se conoce como la experiencia de la salvación.

Pero allí no termina la gran obra de la redención, más bien, allí empieza porque desde el momento glorioso de nuestra salvación, de nuestro nuevo nacimiento espiritual, el Espíritu Santo viene a morar dentro de nosotros, y comienza a operar un proceso de libertad aún mayor. "Porque si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres" (Juan 8:36).

Entonces el gran propósito de Dios es hacer una tremenda obra de restauración y de liberación en nuestras vidas, para seguir proporcionándonos más y más libertad cada día, para que vayamos siendo conformados a la imagen y a la semejanza del varón perfecto que es Jesucristo, su Hijo amado, de tal forma que comencemos a hacer también las mismas obras que él hizo en esta tierra, y aún mayores.

Por esa razón considero que es tan apremiante ampararnos de la palabra de Dios, porque cada palabra allí plasmada trae libertad a nuestras vidas. Cada enseñanza, cada revelación del Espíritu de Dios, cada doctrina aprendida, cada tesoro que es descubierto, cada ministración, cada impartición, cada imposición de manos va trayendo a nuestras vidas un nuevo y más alto nivel de vida y somos llevados a nuevas dimensiones, a las "grandes ligas" del cristianismo, y a un nuevo nivel de encuentro y de acercamiento con Dios.

Salvación es libertad, y si algo necesita urgentemente el mundo es eso: libertad, porque este triste mundo se esclaviza más y más con tantas cosas como el materialismo, el hedonismo (el placer por el placer mismo), el hambre de poder, la vanagloria, el egoísmo, el orgullo, la depravación, la desintegración de la familia, la falta de perdón y tantas cosas que nos meten en calabozos terribles.

Dice la palabra: "El mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, que estábamos muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuimos sanados" (1. Pedro 2:24), "Sabiendo que fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir, la cual recibimos de nuestros padres, no con cosas corruptibles como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor a nosotros" (1. Pedro 1:18-20).

Necesitamos la libertad total, y esa solamente la da el Señor Jesucristo.
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