Opinión
Giovanni Pérez Lira
Niño

El Sol de Tlaxcala
29 de abril de 2008

En los últimos años, en Tlaxcala se han logrado enormes avances en materia de salud. Enfermedades como la viruela, la difteria, la poliomielitis, verdaderas calamidades en otras épocas, hoy están erradicadas. Otros padecimientos, como el sarampión, la tos ferina y la tuberculosis, han dejado de tener un peso significativo entre las causas de muerte. Esto explica que haya descendido de manera radical la tasa de mortalidad y que la esperanza de vida hoy sea en promedio de 70 años. Pero quizás el dato más relevante de este enorme avance sanitario sea la caída de la tasa de mortalidad infantil.

Nada es más triste que un pequeño que se encuentra enfermo carezca de la atención médica especializada que le permita vencer la adversidad. Ojalá ningún niño tuviera que concurrir a un sanatorio para salvar su vida; sin embargo, quienes por azares del destino se encuentren en esa probabilidad, tengan la esperanza de contar con el apoyo de un nosocomio de especialidades como el Hospital Infantil del Niño, el cual puede ser la diferencia entre el abrir y cerrar de ojos. Pasarán los años y esta obra del gobierno estatal seguirá siendo reconocida por toda la comunidad tlaxcalteca. ¿Quién podría atreverse a cuestionar algo al respecto?

Conmemorar el Día del Niño implica que los mayores de edad nos esforcemos por evitar que la infancia padezca sufrimiento y dolor. No se trata sólo de festejarlos, sino de protegerlos hasta una edad en que puedan defenderse por sí mismos. Por desgracia, hay quienes explotan a los pequeños para ganar unos cuantos pesos mal habidos, o aquellos que debido a sus desviaciones les roban toda la pureza a los infantes. Esta situación es avalada por una realidad que refleja un dramático deterioro de las condiciones sociales en perjuicio de los menores; circunstancias que se necesitan corregir desde sus raíces, sin tardanza y con la mayor voluntad política.

Tal vez todo el desorden que sufre la sociedad contemporánea tenga como víctimas a los niños, pues los adultos frecuentemente les damos una señal equivocada con nuestro comportamiento. Palabras altisonantes en la mesa, críticas a los semejantes y falta de respeto a los integrantes de la familia dañan las buenas costumbres. En esas condiciones no podemos darnos aires de grandeza, ni llamarnos modernos ni civilizados, y menos democráticos si no garantizamos a la niñez la asistencia adecuada durante sus primeros años de vida. Los hechos demuestran que estamos muy lejos de cumplir este compromiso. Padres de familia y profesores tenemos la enorme responsabilidad de reflexionar seriamente sobre el futuro que deseamos heredar a las nuevas generaciones. ¿Una sociedad con principios y valores o sin ellos?

Mientras en la calle se vean niños abandonados a su suerte, se debe inculcar con mayor fuerza en el hogar la importancia del núcleo familiar. Antes de regaños prediquemos con el ejemplo; antes de reclamos orientemos su brújula; antes de golpes recordemos que son nuestra carne; antes de castigarlos por sus calificaciones, hagamos la tarea juntos. Ojalá nadie perdiera la ilusión de la infancia, pero los años muchas veces frustran al hombre en su camino por la vida y lo hacen desquitar su coraje con lo más tierno que puede existir en el planeta. El ideal es que ningún niño fuera maltratado. Empecemos a contribuir con ese propósito desde nuestra casa. Un abrazo a toda la niñez tlaxcalteca y a mis hijas Mariel y Andrea.



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