Opinión
Clemente Landa Domínguez
Lo innato y lo aprendido

Diario de Xalapa
13 de febrero de 2008

Cada año, una nueva generación de investigadores se pregunta lo que es innato y lo que aprende el mexicano durante su vida. Se preguntan el porqué aprendemos a hablar sin mayor dificultad, por qué tenemos una extraordinaria capacidad para distinguir a nuestros familiares, para componer frases pícaras y hasta para aprender un lenguaje gestual único en el mundo, pero no podemos aprender algunas cosas tan sencillas de la vida mexicana.

En México, el pensamiento laico es algo aprendido, es algo que nos enseñan desde la primaria como la única y mejor forma de manejar los asuntos de un país. Pero la parte innata de nuestra conducta pide todos los días un gobierno como Dios manda. Uno donde el líder no se crea superior a sus compatriotas, donde tenga un corazón atento para gobernar a su pueblo, para distinguir entre lo bueno y lo malo, para tener mano dura al dar justicia y hacer valer la ley, para cumplir su deber sin olvidar su fe.

En nuestro país, la libertad es algo aprendido. Aprendimos que somos libres para votar, para ser ciudadanos responsables y para poder manifestarnos, que somos libres incluso de ser crédulos de las vanas promesas de los políticos, para ser críticos de nosotros mismos y hasta para decidir ante quién doblegarnos. La parte innata es la libertad de expresión de nuestro pueblo, la que sin duda corre el riesgo de convertirse en una abstracción al dejarse manipular tan descaradamente por el interés económico y político dominante. Siempre ha sido así, sólo que ahora podemos considerar de extrema gravedad el hecho de que nadie haya retomado el espíritu desafiante y hasta irreverente que caracterizó a los ciudadanos de antaño.

En nuestra nación, hemos aprendido que somos tan políticamente avanzados que todavía valoramos a los candidatos según su liderazgo moral, autocrítica, austeridad y hasta equilibrio emocional. Que admiramos a quien anima a fijarse en la generación de empleo, la equidad, la previsibilidad de las reglas, aquel que demuestra la dimensión ética como la medida de su vida. El conocimiento innato nos ha demostrado que no debemos seguir esperando al salvador de México, al que logrará la máxima creación histórica nacional, al que de un plumazo nos regresará gestos, modales, emociones, pensamientos y creencias del mexicano desarrollado.

Así como no hace falta ser religioso para saber que la fe es el sustento del espíritu, no hay que ser investigador para saber que lo innato es la base del subconsciente colectivo. Porque todos los días, millones y millones de mexicanos se educan en la parte subconsciente de la política, la economía y la convivencia social, lejos de la didáctica de las escuelas, lejos del hábito de la lectura, lejos de desarrollar las mínimas habilidades que necesitarán para insertarse en una sociedad cada vez más compleja. Porque sólo de esa forma podremos hacer uso de lo que aprendemos, matizado con lo que ya sabemos.

Porque la única forma de crear un cambio de mentalidad, sin dejarlo todo a la buena fe, es fomentar en nuestros hijos las costumbres de una sociedad competitiva, nutriendo la inteligencia con educación, pero dándole forma con principios morales; sacando de la oscuridad la problemática social en la que se vive para cambiar el heroísmo teledirigido por una lucha de desarrollo personal; conociendo la estupidez, la necedad y la ignorancia de nuestras autoridades pasadas y así tratar de evitarlas.
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