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Opinión
![]() Victoriano Tobalina Beltrami
Necesitamos paz interior
Diario de Xalapa
14 de diciembre de 2007
Se estima que cada año se publican alrededor de 400 mil libros nuevos en todo el mundo, y son considerados como un torrente de impresiones de todo tipo. Sin embargo, hay un volumen que se destaca por encima de todos los demás, y es la Biblia.
La Biblia es un espejo que nos deja vernos a nosotros mismos tal como somos realmente, y tal como Dios nos ve, y al referirse a las demás obras de la creación, afirma: "Y vio Dios que era bueno, pero Adán pecó, y debido a su pecado, la creación quedó sujeta a maldición y a vanidad, y que será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios". Lea, Génesis 1:25, y Romanos 8: 20-21. En palabras del conocido teólogo inglés John Sott, dice que el hombre puede llegar a comportarse como Dios, a cuya imagen fue hecho, y al mismo tiempo como los animales (yo diría que peor), con respecto a los cuales fue llamado a ser distinto. En un momento puede elevarse a las alturas de la bondad, la espiritualidad y el heroísmo, y al momento siguiente, sumergirse en las profundidades de la bestialidad, el egoísmo, la perversión y la crueldad. Es el inventor de cosas maravillosas, incluyendo preciosos templos, universidades, hospitales, orfanatos, monumentos y museos, pero también es el inventor de armas terribles que pueden destruir el planeta en pocas horas, cámaras de tortura y campos de concentración. ¡Qué paradoja tan extraña! Con razón Dios, hablando por medio del profeta Jeremías, dice acerca de la naturaleza humana: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). La Biblia es el único libro que nos contesta con toda veracidad tres preguntas cruciales que en todas las edades nos hemos formulado: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Y en un lenguaje claro y sencillo afirma en Génesis 1:26: "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...". Y nos recalca claramente que Dios no hizo marionetas, ni robots, que nos otorgó el libre albedrío para que fuésemos libres de escoger entre el bien y el mal. Amigo, en este trepidante mundo moderno lleno de incertidumbres, angustias y dudas engendradas por las huecas filosofías y las falsas religiones, es necesario regresar a la Biblia, a nuestros orígenes, y en su totalidad; porque allí es donde todo hombre se da cuenta de su condición pecaminosa heredada por nuestro padre Adán, y allí es donde todo hombre encuentra a su gran salvador, el Señor Jesucristo. El hombre necesita paz interior, paz con Dios, y esa paz sólo llega cuando le entregamos nuestra vida a Jesucristo, cuando depositamos nuestra fe en él, "Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Romanos 5:1). Porque Cristo vino a ofrecer una paz muy diferente, él dijo: "Mi paz les dejo, mi paz les doy, y yo no la doy como el mundo la da" (Juan 14:27). Al resumir la superioridad de la vida cristiana sobre cualquier otra forma de vida, no podemos olvidar la ventaja que el creyente tendrá para toda la eternidad. Job dijo: "Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?" (Job 14:14). Y él mismo contestó su propia pregunta al decir: "Yo sé que mi redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo" (Job 19:25). Los creyentes verdaderos no cambiamos nuestra fe, ni nuestra posición, por el de la persona más rica e influyente de la Tierra, porque sabemos perfectamente que somos hijos de un gran Rey, y que somos herederos junto con Cristo, de todas las cosas futuras, y miembros de la familia real celestial. Sabemos de dónde venimos, por qué estamos aquí ahora, a dónde vamos y disfrutamos de una paz que sobrepasa todo entendimiento. Por eso vale la pena tener un encuentro personal con Cristo, porque él es la vida, la esperanza, el camino. Columnas anteriores
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