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Opinión
![]() Lisandro Otero
Imperio, ética y poder
Organización Editorial Mexicana
2 de diciembre de 2007
Las enseñanzas de Maquiavelo
Nicolás Maquiavelo ha sido señalado como un paradigma del engaño y la duplicidad aunque no haya sido así realmente. Los historiadores afirman que el modelo que escogió Maquiavelo para su tratado sobre El Príncipe fue César Borgia, el habilidoso hijo del papa Alejandro VI. César fue señalado como una síntesis de todas las crueldades e imposturas, pero en realidad fue un hombre de su tiempo. Era una época en que la ética y la política estaban divorciadas. Se imponía la razón de Estado, la real politik, como ahora se le llama a las argucias necesarias para no perecer. El arte de sobrevivir en la vida cívica era complejo y no escatimaba intrigas y celadas. Maquiavelo fue un decidido partidario de la República de Soderini y cuando los Médicis retornaron al poder, perdió todos sus valimientos y fue a la cárcel. Hizo tantos esfuerzos por ganarse el favor de los nuevos gobernantes que cuando la república fue restaurada resultó sospechoso de simpatías hacia los Médicis, quienes lo habían abatido. Para Maquiavelo un buen gobernante no debe estar atado por normas morales sino que debe procurar lo necesario para mantener su poder e incrementarlo. Un buen político debe hacer uso de las estratagemas necesarias para no perecer en el remolino de las querellas cotidianas. Debe dejar a sus subordinados la adopción de medidas impopulares y reservarse para sí la proclamación de aquello que le gane la buena voluntad del pueblo. La política no es más que un juego de pasiones y un buen gobernante debe canalizar esas emociones hacia su provecho. El Príncipe debe usar la energía de manera brutal cuando es necesario, pero debe saber contenerse, con una prudencia calculadora, cuando lo estime conveniente. El Príncipe debe aparentar lealtad absoluta pero actuará con doblez para quebrantar la autoridad que le sea adversa. El Príncipe debe sumar fuerzas y crear fracciones mientras finge que es leal a la mayoría. El Príncipe debe actuar en conformidad con los intereses de su partido, pero tampoco debe someterse mansamente si la institución tiende a ir contra sus intereses. El Príncipe aceptará la voluntad de su doctrina si le es favorable pero se apartará de ella y creará disensiones y desunión si le es adversa. En el panorama político contemporáneo las teorías de Maquiavelo son practicadas aún por muchos. Lograr que una autoridad central imponga la obediencia de las mayorías y mantenga la estabilidad de las instituciones requiere de una habilidad gubernativa y un señorío en el mando. Para lograrlo no se pueden tener en cuenta principios depurados ni consentimientos apocados. Lo que se llamó la "razón de Estado" y su absolutismo intransigente debe predominar por encima de las normas de conciliación. Kissinger sostiene en su libro "La Diplomacia", que Estados Unidos inauguró la intervención de la ética en las relaciones internacionales. Desde Richelieu, según él, había prevalecido la "razón de Estado": la estabilidad nacional y la firmeza del poderío actuante justificaba cualquier medio empleado para afianzarlo. Norberto Bobbio señaló a Maquiavelo como iniciador de esta escuela de acción política. En Estados Unidos fue Teodoro Roosevelt quien postuló la supervivencia del más apto como la mejor orientación para el poder en la historia. Para Roosevelt la máxima bíblica que lega la tierra a los mansos, solamente sería cierta si los mansos son fuertes también. Woodrow Wilson negó la "razón de Estado" y sostuvo que la influencia de Estados Unidos en el mundo estaba en razón proporcional a sus objetivos morales y democráticos, excelente fachada, muy conveniente para el imperio. Wilson mantuvo una política exterior como un reflejo de las normas de la ética personal. El poder de Estados Unidos, sostenía, iba a atrofiarse si no difundía el concepto de libertad por todo el orbe. En realidad, una excusa retórica para extender la dominación de las transnacionales. Para Maquiavelo, sin embargo, la base del poder estaba en la fuerza, empleada de manera desinhibida. La Segunda Guerra estalló por los apetitos imperiales de dos sistemas: el nacional socialismo alemán y el expansionismo asiático nipón. Uno en Europa, otro, en Asia. Ambos igualmente expeditivos en sus métodos. Los apetitos territoriales iban apoyados, esta vez, con fuertes sistemas ideológicos. Las teorías de Mussolini eran más coherentes que las de Hitler. El Duce esbozó su tesis del Estado corporativo, de los sindicatos verticales que agrupaban desde los gerentes hasta los porteros de un sector productivo. Opuso esta teoría a la división marxista de la sociedad de clases. Recordó a los italianos que habían sido dos veces los amos del mundo: en la Roma antigua y en el Renacimiento: exaltó las glorias pasadas y ello generó energía para extraer a su país de su ineficiencia. Hitler prometió un nuevo orden social que duraría mil años, un Reich inextinguible que comprendería todos los territorios afines. Su modo de socialismo, inspirado en el fascismo italiano, pretendía que tanto el gran capital como la clase obrera debían trabajar unidos por el bienestar común. El encabezaría esa unidad entre un pueblo, un Estado y un líder. Pretendió la identificación entre el partido nazi y la nación. Hitler predicó el triunfo de la voluntad, de la disciplina, del acatamiento al dirigente, de la renuncia a la individualidad. Maquiavelo fue el fundador de la filosofía política que se basa en la inescrupulosidad, el empleo del ímpetu, la rudeza y la violación de principios. Ningún gobierno en situaciones de precariedad ha subsistido si no emplea la violencia revolucionaria o, al menos, utiliza la resistencia irregular contra las fuerzas que se le oponen, lecciones de El Príncipe que no han sido olvidadas. Columnas anteriores
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