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Comunidad y Cultura Local
Rafael Guízar y Valencia y su misión en Veracruz
El santo obispo de Veracruz, flanqueado por los niños Raúl y Carmen Amparo Martínez Soto. Jardín de la familia Soto, en Teocelo. Año 1937.
Diario de Xalapa
14 de octubre de 2006
Manuel Jiménez Pale / Diario de Xalapa
La providencia le destinó a Teocelo la gracia incomparable de ser la primera comunidad veracruzana que recibió a san Rafael, obispo misionero, en visita pastoral. Todos los teocelanos acudieron a la estación ferroviaria a brindar un multitudinario y muy cariñoso recibimiento al señor obispo de Veracruz, la mañana de aquel emocionante y memorable 14 de enero de 1920. Mas en los rostros de aquellos hombres, mujeres, ancianos y niños que dieron al misionero la bienvenida brotaba copiosamente el llanto. Había una necesidad imperiosa por ver el semblante luminoso del nuevo prelado... Los pobladores de esta comarca estaban sufriendo y necesitaban ser consolados. La providencia le destinó al señor Guízar y Valencia la gracia sublime de encontrar en Veracruz, nuestro Estado, una cruz verdadera que le asociase estrecha y perfectamente a la cruz del buen pastor, Jesucristo. Michoacano de origen, don Rafael recibió la consagración episcopal en la isla de Cuba el 30 de noviembre de 1919, pues allí se encontraba misionando luego de un largo itinerario centroamericano, originado por la persecución antirreligiosa puesta en marcha por el ejército carrancista. Y a la vuelta de un mes, el 1 de enero de 1920, el quinto obispo de Veracruz zarpó de La Habana en el navío "Esperanza" para hacerse cargo de su rebaño. Su retorno al país, ya con el carácter de pastor diocesano, colmó de alegría a nuestro solar jarocho. Se le dio una jubilosa bienvenida en el puerto y, desde luego, en su iglesia catedral de Xalapa. Pero una vez celebrados estos protocolos, el señor Guízar se puso a trabajar inmediatamente. No había tiempo que perder. El pueblo que se le había encomendado sufría. Desde el momento mismo de su arribo, un cáliz amargo ya le estaba aguardando... TRAGEDIA MAYUSCULA Pues el domingo 3 de enero de 1920, pasadas las nueve de la noche, un sobrecogedor temblor de tierra, oscilatorio y trepidatorio, de 10 grados en la escala de Cancani óequivalente a siete grados en la de Richteró y de 12 segundos de duración, echó por tierra una extensa porción de la ciudad de Teocelo: gran cantidad de mansiones y viviendas quedaron reducidas a escombros; el templo parroquial perdió sus cúpulas, su ábside y una de sus torres; el palacio municipal quedó arruinado... Ochenta pobladores quedaron gravemente lesionados, y más de 30 personas perdieron la vida bajo montones de piedra y caliche. Más al sur, Cosautlán mostraba un escenario catastrófico: la iglesia se desplomó íntegramente, e íntegramente se vino abajo el poblado. Allí no quedó piedra sobre piedra. Los muertos y heridos fueron incontables. ¡Mas no era éste el peor de los escenarios! Hubo un acabóse dentro de tan grande desventura: se desgajaron los cerros, se desviaron los ríos, se formó una represa impresionante, y finalmente la fuerza de las aguas descargó una avalancha de lodo espeso e incontenible sobre las humildes comunidades de Patlanalá y Barranca Grande. Bajo el alud inmenso, más de 400 infelices moradores perecieron sepultados... Y más allá, donde comienza el estado de Puebla, las comunidades desvalidas de Quimixtlán, Saltillo Lafragua y Chilchotla no solamente sumaron decenas de muertos: también se quedaron sin caminos. Sus sobrevivientes ya no tenían nada que comer. Estaban completamente incomunicados. El pueblo humilde, el fiel pueblo cristiano lloraba, estaba herido de muerte, sufría hambruna y frío. Y no había quién lo socorriese con eficacia, ¡nadie absolutamente! Mas el señor obispo Rafael Guízar acudió solícito a repartir pan y consuelo a sus ovejas en aquella hora de dolor tremendo. DONACIONES COPIOSAS En el puerto de Veracruz, don Rafael se ganó el corazón y la buena voluntad de los empresarios asociados en la Lonja mercantil, y obtuvo de ellos donaciones copiosas y entusiastas para socorrer a los damnificados por el temblor. Así, con su corazón compadecido y sus manos provistas con suficientes recursos monetarios, monseñor Guízar repartió abundante consuelo evangélico e hizo caridad sin límites entre los más desvalidos de su grey veracruzana. Y llegó presuroso hasta Teocelo, en donde un varón de Dios aguardaba su llegada: el padre José María López Luna, "Padre Pepito", apóstol civilizador de esta comarca. Imperecedero instante de nuestra historia, aquel inefable encuentro de dos hombres santos, quienes a partir de entonces y en lo sucesivo habrían de patentar con heroísmo ejemplar el amor por su pueblo, y rendir un testimonio inquebrantable de su fe en Cristo. "¡Oh, Virgen santa, Madre de Dios, sois la esperanza del pecador!", fue el sentido cántico que resonó por vez primera entre las calzadas de las derruidas calles teocelanas, dejando entre los pobladores un recuerdo imborrable de aquellas jornadas de tribulación y celestial consuelo. Su eco resonó a partir de entonces como eficaz oración entre las cuarteadas naves de la iglesia; como un himno de firme esperanza entre los surcos umbrosos de los cafetos... "¡Oh, Virgen santa, Madre de Dios!", era el himno que robustecía la fe del valiente apóstol, quien no dudaba en sujetarse de una endeble cuerda para cruzar el caudal impetuoso de los ríos. Su meta: consolar a sus pobres, a sus hijos agonizantes, hambrientos, afligidos. El Siervo de Dios salió de Teocelo rumbo a Cosautlán, primero; haciendo luego escalas en Ixhuacán y en Ayahualulco, para continuar su camino rumbo a las castigadas aldeas enclavadas en las altas y frías montañas que delimitan a Veracruz con Puebla. Partió acompañado por una numerosa comitiva de teocelanos y por el Padre Pepito, testigo privilegiado de esta misión heroica, quien en su periódico semanario La voz parroquial atesoró en frases de sentida inspiración los agobios, las duras fatigas del señor Guízar en aquellas jornadas memorables. Nos relata: "Una vez instalado en la casa donde se levanta la capilla provisional [...] dirigió la palabra a la multitud ahí congregada. Su frase de apóstol, fluida, unciosa, vibró con ritmos de ofrendas y holocaustos e iluminó las almas con fulguraciones de aurora, derramando en ella luces y consuelos de inestimable valía, en momentos tan angustiosos como los que ha motivado la reciente catástrofe. "[...] La labor que el Ilmo. Prelado se impuso en todos los lugares que visitó, supera a toda ponderación. Predicó, visitó personalmente a los enfermos y lesionados, administró el sacramento de la confirmación y confesó a cuantos a él se acercaron pidiéndole esta gracia. Para cumplir con su apostólica labor, permanecía hasta la una y dos de la mañana, en la vía pública, confesando. [...] Añádase a la abrumadora tarea, la circunstancia de una mala y escasa alimentación y las inclemencias del tiempo. "El camino sembrado de peligros, lo recorrimos a pie. Al llegar a la cresta de la montaña que limita por ese lado el Estado de Veracruz con el de Puebla, la tierra se agita en un continuo y prolongado temblor [...] Para facilitar el camino pusieron en los repechos de la montaña una empalizada, a guisa de peldaños. La tierra floja, al paso de las caballerías se hundió y las varas que pocas horas antes habían colocado para escalonar la vereda, constituyeron un peligro y un obstáculo casi insuperable. En otros lugares del mismo camino, los deslaves dejaron hondos los acantilados y era forzoso pasar por ahí, y hacer prodigios de equilibrio, so pena de encontrar en el abismo, que a cada paso se abría a nuestros pies, una muerte segura". "He aquí [...] la relación exacta de la jira que el Ilmo. Obispo Diocesano hizo en las primicias de su apostolado, por los pueblos perjudicados de Veracruz y Puebla. Quienes como nosotros, de cerca vimos el peligro, y ponderamos la ímproba labor del Ilmo. Prelado, podemos avalorar sus virtudes morales y cívicas; su celo de apóstol de buena cepa no ha menguado en medio de los mayores sufrimientos y privaciones. ¡Dios lo guarde por largos años, para bien de la grey confiada a su cayado!". AFECTO ENCENDIDO Monseñor Guízar se ganó el afecto encendido del pueblo de Teocelo, un pueblo profundamente creyente y devoto. En 1922 tuvo lugar su segunda visita pastoral, y al igual que en la ocasión primera, los pobladores acudieron a recibirlo en la salida hacia Santa Rosa, en donde, al arribo de la locomotora, todos echaron a andar en pos del tren, acompañando al señor obispo y entonando "¡Oh, Virgen santa!", hasta llegar a la Estación; luego continuaban todos en procesión el ascenso por la calle de Cetlalpa, hoy Independencia Poniente, hasta llegar a la derruida parroquia... Dulce recuerdo de esta segunda visita lo es la serie de fotografías tituladas Llegada del señor obispo. Una de ellas, donde aparece el ferrocarril recién detenido, es realmente magistral: la estación es la protagonista de la imagen; en torno suyo, hombres, mujeres y niños de todas las clases sociales forman una animada romería en torno del pequeño tren de vapor para saludar al bienamado pastor diocesano. La piadosa familia Soto, benefactora de este pueblo, brindó siempre un generoso alojamiento al señor Guízar cuando nos visitaba a los de Teocelo. Aún perdura en una recámara de esa historiada casona la antigua cama de latón en donde reposaba el venerado obispo misionero. Muy pocos años después, los densos nubarrones del conflicto religioso ensombrecieron al territorio nacional. Resurgió la época de las catacumbas, los sacerdotes tuvieron que esconderse o huir... En 1929 concluyó el conflicto, pero en Veracruz fue tan sólo una tregua, pues en 1931 se promulgó en nuestro Estado la tiránica "Ley Tejeda", flagrante violación a los derechos humanos y a la libertad de cultos que obligó de nueva cuenta a los sacerdotes veracruzanos a huir para salvar sus vidas. El Padre Pepito, errando a salto de mata y disfrazado, no abandonó a sus feligreses un solo día. Mas el señor Guízar no tuvo más remedio que exiliarse en la ciudad de México con su seminario. Este vergonzoso capítulo de nuestra historia llegó a su colmo y límite con el atroz martirio del joven sacerdote naolinquense Darío Acosta Zurita, ya elevado a los altares. La paz y la concordia volvieron definitivamente hacia 1936... Monseñor Guízar deseaba que la niñez y la juventud de Teocelo pudiesen educarse con una sólida formación cristiana, y para lograrlo concibió la creación de un colegio a cargo de religiosas. Sin embargo, este anhelo bienhechor no pudo materializarse durante su vida por las muchas tribulaciones sufridas por la Iglesia en Veracruz. Sólo hasta el año 1946 el Padre Pepito logró, contando con el patrocinio de la filantrópica Bernardita Soto Mercado, la apertura del Colegio Vasco de Quiroga, faro de arte, cultura y forjamiento académico de numerosas generaciones a cargo de las Hermanas de los Pobres y Siervas del Sagrado Corazón óprocedentes de Zamoraó y que en la actualidad perdura con el nombre Instituto Educativo Matel, A.C. La última visita pastoral de monseñor Rafael Guízar y Valencia al solar teocelano tuvo lugar un venturoso día de 1936 o 37. En aquel postrer encuentro del santo obispo de Veracruz con su amado pueblo teocelano incontables niños pudieron recibir, al fin, el sacramento de la confirmación, conferido por aquella mano caritativa que lucía, como única gala pontifical, un humilde anillo pastoral de plástico... IDA A XALAPA El quinto obispo de Veracruz murió pobrísimo y casi abandonado en la ciudad de México el 6 de junio de 1938. Dos días después recibió sepultura en el panteón antiguo de Xalapa. Y 12 años más tarde, en 1950, con la intención de trasladar sus huesos a la iglesia catedral, tuvo lugar el portentoso hallazgo de su cuerpo incorrupto, admirablemente respetado por la muerte misma. A partir de ese momento se abrió su causa de beatificación, y la noche del 23 de octubre de ese mismo año nació en Teocelo y en toda la región sureña de la capital del Estado la tradición piadosa de la "Ida a Xalapa", devoción popular que consiste en recorrer a pie, año tras año, la extensa carretera hasta llegar a la catedral en la madrugada del 24, día de san Rafael arcángel, para venerar a tan insigne varón de Dios y agradecerle con el corazón conmovido sus trabajos y fatigas, sus pasos cansados al recorrer nuestros caminos comarcanos en aquellas horas tan difíciles de nuestra historia. Mas el 28 de enero de 1995 tuvo lugar una "Ida a Xalapa" realmente insólita. Pasadas las 10 de la noche, la multitud devota bajó la calle del Cinco de Mayo acompañando, con los sones de una banda musical, a un hermoso arco floral colocado en la plataforma de un tráiler. Repicaron las campanas en ambas torres. ¡Una "bajada del arco" a media noche! ¡El arco, en un tráiler! ¿Pues a dónde lo llevaban? ¡A Xalapa, el arco se iba hasta Xalapa! Una bajada del arco como nunca hubiera podido concebirse jamás: ¡llevar el arco hasta la Catedral de Xalapa! El arco floral era para honrar al señor Guízar. Apenas tres horas más tarde, al filo de las dos de la madrugada, sonó fuertemente el silbato en el beneficio cafetalero "La maquinaria". En esos momentos el papa Juan Pablo II declaraba beato a monseñor Guízar desde la Basílica de San Pedro, en Roma... Han pasado ya más de 10 años, y la promesa de traerle un arco floral al señor obispo a su catedral de Xalapa perdura. La gratitud de los hijos teo- celanos por su amado padre y pastor es permanente. Mañana, el papa Benedicto XVI exaltará canónicamente a monseñor Rafael Guízar y Valencia incluyendo su nombre en el santoral cristiano. Por ello Xalapa y la región entera están de fiesta, el espíritu del pueblo creyente está colmado de emoción, de un júbilo gozoso, indescriptible. Un Siervo de Dios, un hombre santo, recorrió nuestros caminos. ¡San Rafael obispo, ruega por nosotros! |
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