Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Santo Tomás Moro y Enrique VIII

El Sol de México
3 de junio de 2007

El rey decapitó a su canciller

Tomás Moro se oponía al divorcio, militaba en la oposición y era intransigente con sus principios. Era ferviente católico y perseguía a los herejes luteranos.

Enrique VIII, en tris de convertirse en autócrata, necesitaba un consejero de calibre para enfrentar los grandes problemas del reino heredado. En ese momento podía haber elegido a Moro, el pensador más capaz; pero Moro navegaba a la contra y el rey designó secretario de Estado a Tomás Cromwell, quien era el único, después de Moro, que consideraba en serio la cuestión religiosa.

Cromwell conocía hasta la médula la Iglesia inglesa, sus abusos y riquezas, y detestaba a los monasterios, a los que se proponía despojar de su poder y bienes.

Enrique "despreciaba a este plebeyo duro y de aspecto desagradable"; se burlaba de él y le jalaba las orejas como a un chico malcriado, pero inconforme con su Consejo de notables, al que consideraba poco eficiente, designó a Cromwell su consejero privado, en calidad de secretario de Estado, el hombre que había llegado hasta él sin pertenecer a la Iglesia.

Cromwell le propuso al rey una política audaz y convenenciera: reducir econonómicamente a la Santa Sede, a la que se pagaba anualmente una suma de mil marcos de plata y a la que, además, Inglaterra enviaba a Roma grandes cantidades de oro, mientras que las organizaciones religiosas poseían una parte considerable de la riqueza privada. También confiscar los bienes de la Iglesia y separarla de Roma.

"Esto convertirá a su majestad en el monarca más rico y poderoso de la Cristiandad, y le permitirá divorciarse y casarse con Ana Bolena".

Moro se esforzaba por encontrar una salida por otros medios y para persuadir a Cromwell de no "ir tan lejos", le recomendó: "Maestre Cromwell, si quiere seguir mi humilde consejo, cuando aconsejéis a Su Gracia, decidle lo que debe hacer, pero no lo que podrá hacer, porque si el león se da cuenta de su fuerza, nadie lo podrá controlar en el futuro".

Cromwell desoyó el "humilde consejo", dio el suyo al rey y así comenzó la nueva era de Enrique VIII.

EL PARLAMENTO LE APRUEBA LOS "SIETE ARTICULOS"

Enrique necesitaba la dispensa del papa Clemente VII para divorciarse de su esposa, Catalina de Aragón, hija de los reyes católicos, que era viuda de su hermano Arturo, para casarse con Bolena y además dinero "para mis gastos".

Al resistirse el Papa a satisfacer el capricho matrimonial, Enrique desamortizó los bienes eclesiásticos, obtuvo la licencia para casarse y el dinero que necesitaba, estableciendo una Iglesia apenas reformada, de la que quedó como jefe espiritual y temporal, nombrándose a sí mismo: Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra y el Consejo real acordó, a partir de ese momento, llamar al Papa obispo de Roma.

Entonces, el Parlamento acordó cerrar las casas de los religiosos, reducción de los monasterios y, con la excusa de destruir reliquias, el rey despojó a las iglesias de sus tesoros.

Ante tales abusos, el Papa lo excomulgó y Enrique, "sin preocuparme mucho de ello", hizo aprobar por el Parlamento sus nombrados "Siete Artículos en Defensa de los Siete Sacramentos", que los fieles debían aceptar sin discusión: "bajo pena de hoguera y confiscación de sus bienes si disienten".

"Pena de muerte a aquel de mis súbditos que deje de creer en el dogma de la transubstanciación, esto es, que el pan y el vino se transubstanciaron en carne y sangre de Cristo.

"Tienen que renunciar a comulgar en las dos especies; los eclesiásticos no podrán contraer matrimonio, y todo el mundo tiene que admitir que las misas y la confesión auricular son convenientes".

En realidad, Enrique era papista: "Sin un Papa que se entremeta en mi conducta y cobre beneficios en mis estados", y apoyaba la Reforma de Martín Lutero.

MORO SE OPONE Y SE LE ENCARCELA

En 1504, Moro atacó en el Parlamento la deshonesta actuación del rey Enrique VII, actitud que le costó ser encarcelado en la Torre de Londres. Después de pagar una multa de 100 libras, quedar en libertad y decepcionado de la política, consideró muy seriamente la posibilidad de convertirse en monje cartujo, pero su amigo John Colet, prestigiado humanista, lo disuadió de hacerlo.

Retirado de la política y sin haber ingresado a la Orden de los Cartujos, fundada por San Bruno de Chartreux en 1084 en los Alpes franceses, cerca de Grenoble, contrajo matrimonio con Jane, la hija mayor de Colet, con quien tuvo cuatro hijos. Jane murió seis años más tarde.

El viudo casó ahora con Alice Middleton, una viuda siete años mayor que él y madre de una niña.

En esa época, y por su desacuerdo con la situación política reinante en su patria, se fue de viaje a Lovaina y París para allí estudiar lo que le interesaba.

En 1509 muere Enrique VII, sucediéndolo en el trono su hijo Enrique, y Moro regresa de su viaje y se reincorpora a la vida pública, siendo nombrado alguacil de Londres por el nuevo monarca.

UNA TRAS OTRA ESPOSAS EJECUTADAS

Enrique era un atleta sexual y su hermano Arturo, príncipe de Gales, un ser frágil e impotente, quien finalmente murió de tuberculosis sin haber engendrado el vástago que lo sucedería en el trono de Inglaterra.

Catalina, su viuda, la infanta española, era una chamaca de 15 años cuando sus progenitores, los reyes católicos, para amarrar la alianza con Enrique VII la enviaron a Inglaterra para contraer matrimonio con Arturo que heredaría el trono.

Al morir Arturo, Enrique pasó a ser príncipe de Gales y heredero de la Corona. Ella tenía 18 años y Enrique, 11. Tras sortear el debate matrimonial, dinástico y europeo que prohibía casarse con la viuda de su hermano, Catalina y Enrique fueron marido y mujer poco antes de que él cumpliera los 12 años.

El matrimonio duró 18 años, durante los cuales Enrique hizo la guerra contra Francia y Escocia, a quienes derrotó, y en esas contrajo la viruela, se hizo amante de Bessie Blount y tiene un hijo con ella al que nombra Enrique Fitzroy. Deja a Bessie y hace su amante a María Howard, hija del duque de Norfolk.

Catalina, al no darle un hijo varón, ya que el primero que tuvo nació muerto y otro que "sólo vivió seis semanas", no le servía a Enrique, quien, habiendo dejado a Howard, ya andaba haciendo cositas con Ana Bolena y promovió divorciarse.

Esta separación conllevó asimismo la separación de la Iglesia católica y que Enrique fuera consagrado como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, título que todavía usa la monarquía británica.

Catalina, destruida por el cáncer, falleció en 1535, cinco meses antes de que Enrique mandara decapitar a Moro, su canciller, y John Fisher, obispo de Rochester, que había apoyado a Catalina.

BOLENA

La chica era dama de honor de la reina Catalina y Enrique la hizo su amante y pronto quiso hacerla su esposa, y así decidió divorciarse de Catalina. Bolena no era guapa y sí sabía qué hacer con su cuerpo.

MORO CANCILLER

En 1517 se publica "Utopía", su obra capital, en donde describe un estado ideal, de tipo socialista, bastante parecido al que propone Platón en su República, y va consiguiendo ascensos en su carrera política. En atención a tales méritos, Enrique lo nombra canciller del Reino en 1529, no obstante que Moro era laico.

LA RENUNCIA

Moro había aceptado el cargo con la condición expresa de "servir primero a Dios y después de Dios a su príncipe", y así se mantuvo.

Sin embargo, Bolena ambicionaba ser la reina y como Enrique estaba profundamente enamorado de ella y de sus artes sensuales, decidió hacerla su esposa, divorciándose de Catalina y, con ello, abismarse en el cisma religioso.

Catalina reconociendo: "Ya no creo en los escrúpulos del rey, pues la pasión es lo único que lo anima", recibió a la comisión formada por dos obispos, los doctores Lee y Sampson, el conde de Sussex y el tesorero Fitzwilliam, grupo que "se arrojó a los pies de la reina suplicándole avenirse a algún arreglo".

Ella hizo lo mismo, hincándose ante ellos, y suplicó: "Hagan comprender a Enrique que escandaliza a la Cristiandad".

El Papa, ante tales pretensiones del monarca, le envió una carta pontificia conminando al rey "separarse de su concubina y volver a tomar a su esposa".

Ana estaba desesperada y harta de que su amante la dejara envejecer "con una vana esperanza". Así, sus amigos, atendiendo a sus quejas y reproches, intentaron envenenar al obispo Fisher que apoyaba a Catalina y, al no conseguirlo, como aviso fatal de que no desistirían en eliminarlo, mandaron quemar vivo al cocinero de Fisher.

El piadoso Moro, que hasta entonces había logrado equilibrar las cosas, no pudo más y, en razón de que la Cámara de los Comunes solicitó que "toda la legislación religiosa procediese en lo sucesivo de la autoridad real y que, con carácter retroactivo, pudiese ser revisada por ésta", y que se hizo ley el 11 de mayo de 1532, devolvió el Gran Sello.

"Conozco mejor que nadie la corrupción de la Santa Sede y del clero, pero sigo siendo fiel al ideal de la Edad Media, que sitúa al hombre bajo control de la Iglesia y no estoy de acuerdo en absoluto con la evolución renacentista, con lo que surgirá, en el lugar de los antiguos valores, el Estado nacional, una especie de monstruo omnipotente armado de su razón de Estado, a guisa de moral y, pronto, a partir de Lutero, en una religión de Estado. No puedo aceptar la visión de la Iglesia de Inglaterra sacrificada a los ojos negros de una pequeña ambiciosa.

"Aunque acepto que el Parlamento la haga reina, pues de él emanan las leyes".

"Por lo tanto, hago entrega del Gran Sello y me retiro a cantar el Salve Regina en la capilla de mi casa en Chelsea".

Cromwell sucedió a Moro, nombrándosele canciller del Tesoro, debido a que por su nacimiento no podía ser canciller del Gran Sello, pero consiguió que este cargo fuera otorgado a su incondicional Thomas Audeley de Walden, muy favorable a la Reforma luterana.

Moro y Catalina había sido eliminados por la impaciente Bolena.

LA MUERTE POR DECAPITACION

Catalina fue puesta bajo el cuidado de Sir Edmund Bedingfield en el castillo de Kembolton, y de ser princesa de Gales y reina pasó a ser simple lady, y así murió, confinada en la propiedad de su custodio.

Durante un tiempo el rey no molestó a Moro, dejándolo cantar y orar hasta que decidió que el excanciller "debe hablar" y el 13 de abril de 1534, Moro fue llamado a comparecer en el palacio Lambeth ante el obispo de Canterbury, ante el cual sostuvo la "invalidez del matrimonio" y Moro fue enviado a la Torre de Londres, donde ya se encontraba preso el obispo Fisher.

El 4 de marzo de 1534, Moro, a través de una tronera de la torre, vio avanzar hacia la muerte a los tres priores de la Orden de los Cartujos y John Hale, vicario de Iglesworth: "Los colgaron, después los bajaron de la horca todavía vivos, les abrieron el vientre y les arrancaron los intestinos para luego descuartizarlos".

Moro pasó un año en la torre sometido a privaciones, malos tratos y continuos intentos de seducción para que cambiase de actitud.

Cromnwell confeccionó el acta de acusación y el anciano excanciller compareció ante el Parlamento, que no aceptó escuchar ningún testigo de descargo. Moro, al escuchar la sentencia que lo condenaba a sufrir el suplicio de los cartujos, les dijo a sus jueces: "Aunque vuestras señorías hayan sido mis jueces en esta tierra, es probable que nos reunamos gozosamente más tarde en el cielo para nuestra salud eterna".

Enrique lo exoneró de la tortura, manteniendo la orden de decapitarlo y, como le tenía respeto y miedo a la vez, le envió un mensaje, recomendándole que "en el momento de vuestra ejecución, no pronunciéis demasiadas palabras".

Moro le respondió: "¡Dios quiera que el rey no emplee una clemencia semejante con alguno de mis amigos!".

Al mediodía del 6 de julio de 1535, Moro fue llevado al cadalso y ante éste pidió al jefe de armas: "Os ruego que me escoltéis hasta allí arriba. Estoy muy débil. En cuanto a la bajada, trataré de hacerlo yo solo".

Antes de arrodillarse para colocar la cabeza bajo el hacha del verdugo, pidió a los asistentes que rogasen por él para que "Dios conceda al rey buenos consejeros. Afirmo que muero como servidor leal del rey, pero sobre todo como leal servidor de Dios".

Sin más, el verdugo dejó caer el hacha decapitándolo de un solo golpe.

Moro fue canonizado por el papa Pablo III, meses después de su ejecución.
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