Opinión / Columna
 
Arnulfo Pérez Rivera 
El irreal mundo de los mitos
Diario de Xalapa
12 de enero de 2011

  Los mitos, como relatos que mezclan, en la misma representación imaginaria, un registro de dioses, de semidioses, de héroes, de hazañas o de instintos animales, se remontan a una especie de tiempo primitivo o arcaico, anterior al señorío de la propia historia. Los mitos son, y siempre han sido, relaciones populares engendradas por la fantasía con algo de fundamento aproximativo a la verdad, dado que si en los mitos todo fuera mentira, habrían dejado de tener seguidores incentivados por el atractivo de los aconteceres.

Gracias a la mitología, en su connotación de tratado de cuentos o leyendas, podemos conocer los primeros despertares del pensamiento del hombre, sin descontar la creación del mismo hombre. A través de los mitos, ha sido posible explicarlos, tanto la evolución mental de los pueblos, como sus ideas y los problemas que permanentemente los acuciaban; esto es, la concepción del mundo en el cual vivieron. Y esto me permito sostenerlos así, porque cuando la humanidad comenzó a evolucionar, echó mano de los mitos para satisfacer la curiosidad de lo que anhelaba o quería. Los mitos, no obstante ser producto de la fantasía individual o colectiva, sirvieron de iniciación fecunda a la ciencia, o sea la necesidad de explicar cuanto rodeaba al hombre, incluyendo su propio destino. Y es que el ser humano cuando sabe con exactitud, crea la ciencia, pero cuando ignora lo que le circunda, crea al mito. La inquietud acerca de lo que lo aprisionaba, las incógnitas respecto a su nacimiento y a su muerte, el ritmo del tiempo, la armonía de algunos sonidos y lo desagradable de otros, el dolor y la alegría, y tantos y tantos enigmas a los que se enfrentaba, lo hicieron concebir mitos de todo tipo, unos filosóficos, como el creado por Hesiedo, en torno a la creación del mundo; otros religiosos, como la supuesta integración del Universo, consistente en una estructura de tres pisos: arriba el cielo (morada de la divinidad y de los espíritus puros); en medio la Tierra (residencia de los hombres); abajo los infiernos, a donde descienden los muertos (en el Cristianismo, el lugar en donde se castiga a los condenados); otros heroicos, alusivos a los hombres que dejaron estela de luz, como es el caso de Minos, Heracles, el troyano Héctor, o el griego Aquiles, a quien Homero convirtió en el principal personaje de la Iliada.

Pero curiosamente, y esto lo enseña la Mitología, como ciencia de la interpretación de los mitos, se da una sorprendente coincidencia entre ellos, a pesar de la distancia y del tiempo que separa a los llamados pueblos arcaicos, habida cuenta que en éstos se hallan las mismas ideas cosmogónicas representadas por divinidades análogas. De esta guisa, el Osiris egipcio, el Júpiter romano, el Ormuz persa, el Brama indú, el Odín escandinavo, y el Wotan teutónico, resumen un mismo concepto religioso-filosófico, generado por una idéntica significación.

Por otra parte, los mitos han servido de inspiración a no pocos consagrados pintores, escritores, orfebres, poetas, religiosos, y, si se quiere, a hombres de excepcional talento, como sucedió con Freíd, quien apoyó algunas de sus teorías pansexualistas en mitos antiguos, como, por ejemplo, el Complejo de Edipo, tan famoso en el psicoanálisis.

Mas pensando en los saberes mitológicos, lamentablemente no cultivados por las generaciones de nuestro tiempo, se hace obligado subrayar que la lectura de los mitos, lo mismo distrae al escaso de conocimiento, que reflexionar al sabio, al estudioso o al investigador. Y es que los mitos, no obstante trasponer la esfera de la racionalidad, algunos de ellos inspiran preceptos excelentes y reglas trascendentales de conducta, como es el hecho de la idea cristiana del remordimiento, cuya emotiva explicación se encuentra en el buitre que roe las entrañas de Prometeo, o bien la trágica muerte de Icaro, que es una soberbia lección para los hijos desobedientes.

Los mitos, relacionados con la religión ancestral, o con el alma poética de cada uno de los pueblos, resultan ser de extraordinario valor cuando los disfrutamos dentro de los entornos líricos, o, dicho con lenguaje diferente, adornados o embellecidos con la fantasía. Los mitos al alcance de los niños, de los jóvenes, o de las personas que quieran solazarse deleitando la imaginación, norman el entendimiento y forman el carácter. En este sentido, ¿quién no recuerda (si es que lo leyó de niños) el mito del Centauro (mitad hombre, mitad caballo), que aunque nunca existió en la realidad, nos indujo a explicarnos la presencia de jinetes que se la pasaban permanentemente sobre el caballo, o recibiendo de éste, la fuerza y la protección de su vida. Por ello, expansionarse y deleitarse con todos los dioses y héroes de las mitologías china, hindú, egipcia, griega, ibérica, etcétera, es algo que nos trasporta a universos irreales pero comprensibles de las distintas posiciones filosóficas de cada uno de esos pueblos. Y más todavía; los mitos sirven para adornar y hacer lucir a ciertos personajes con valor simbólico, muy importante cuando se carece en la sociedad de verdaderos valores, como comúnmente acontece con algunos boxeadores, luchadores, o candidatos a puestos públicos antes que arriben al poder, a base de propaganda perfectamente orquestada para convertirse en emblemas, o si se quiere, en mitos con alas de cera y pies de barro.

Con todo, y pese al sinfín de bondades que aportan los mitos, mismos que en su tiempo fueron acuñados por sacerdotes, magos, "adivinos", y hasta por algunos sabios, debemos estar conscientes de la auténtica esencia de los mitos, a fin de justificarlos por la lógica del intelecto, como el consabido mito o leyenda de que las culebras suelen mamar el seno de las mujeres lactantes, entreteniendo a las criaturas con sólo introducirles la punta de la cola en la boquita. O bien el mito de la readaptación de los delincuentes en las prisiones nacionales, mismas que se han convertido en verdaderas "escuelas del crimen y universidades del delito", según expresiones vertidas por los connotados juristas Raúl Carrancá Rivas, y Eduardo López Betancourt. Y resulta ser un mito tal readaptación, porque las cárceles han dejado sentir su absoluta ineficiencia para combatir o enmendar la criminalidad, dado que en esos espacios, como sabemos, conviven, en igualdad de circunstancias, delincuentes peligrosos como narcos, asesinos, violadores, secuestradores, infractores primarios o menores, defraudadores del fisco, ladrones ocasionales, etcétera.

Por esta razón, en tanto no se corrija la serie de males que aquejan a los penales mexicanos, amén de establecer políticas educativas demasiado serias y confiables, los eufemísticamente llamados Cerezos, sólo serán uno entre los tantos mitos hermoseados, maquillados y cacareados por las voces del sector oficial.

Mitos como éste, figuran y han figurado en el paso de todos los años de la historia del hombre; razón que obliga a proponer la desmitificación de muchos acontecimientos de nuestra vida y de nuestra historia, comenzando por desmitificarnos a nosotros mismos, sobre todo si pensamos que en algunos sujetos se desarrolla el mito de lo que creen ser, sin que lo sean. ¿O acaso me equivoco, estimado lector, o asidua y paciente lectora?
 
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