Opinión / Columna
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Joaquín Alcántara Hernández
¿Muertos?...
Diario de Xalapa
2 de noviembre de 2010
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Cierto es que la única manera de poder creer que la vida es eterna, es cuando se analiza con estricto apego a la lógica, que nuestro espíritu jamás muere, es decir, sólo cambia de cuerpo. Desecha el organismo viejo, enfermo o accidentado, por uno nuevo. De tal suerte que la muerte, en sí, no existe; simplemente es un paso del proceso evolutivo que, como seres humanos, venimos a realizar a este mundo. En otras palabras, estamos hablando de la ley de reencarnación, que establece que la grandeza de Dios sería limitante -no infinita-, si a esta vida viniéramos por única vez. Qué egoísta sería Dios.
Esta ley recurre al sentido común cuando sentencia que, sólo así, regresando a este mundo, la humanidad va evolucionando, aprendiendo de sus vidas pasadas, guardando en su subconsciente las experiencias fuertes que le enseñaran el arte de saber vivir. Este arte, entre otras cosas, radica en el desapego a lo material, desapego a la apariencia, a las excentricidades, al mundo frívolo de las fachadas. Dicho de otra forma, libres de prejuicios, libres de complejos, libres de tonterías que imponen los falsos valores de la mercadotecnia. Un espíritu evolucionado actúa acorde a valores eternos como ser útil a los demás para poder ser útil a sí mismo. Reza un refrán: "Quien no vive para servir, no sirve para vivir".
Esto último hace también la diferencia entre quienes gobiernan al mundo. Así vemos a gobernantes de espíritus retrógrados que hacen con sus gobiernos países miserables. Otros, en cambio, logran con sus políticas prosperidad y felicidad en sus pueblos. En fin, esta ley dice que la vida es eterna y la diferencia entre los seres humanos radica en su grado de humanidad; pues no se podría comparar jamás a un asesino, con un hombre de bien y de paz por el solo hecho de tener ambos la misma forma humana. Será su grado de evolución espiritual la que hará siempre la diferencia. Y esa evolución es imposible lograrla en una sola vida. La ley de reencarnación, pues, establece que la muerte no existe y que estaremos regresando a este mundo las vidas que sean necesarias hasta lograr esa superación excelsa que nos transporte a otros planos. Jesús, a ese respecto, dijo: "Mi reino no es de este mundo".
Pero también, para quienes no son muy amantes de la reflexión ni del análisis sobre este corto viaje que llamamos vida, la muerte sí existe. Desde este punto de vista material- terrenal, la muerte física se da cuando ya no hay señal alguna de signos vitales. Vienen enseguida los funerales, las lágrimas al ser amado y todo ese proceso de dolor desgarrador por la pérdida física de un ser querido. Aquí no se entiende ni se acepta que ese espíritu, del difunto, ya se posesiona de un espermatozoide que será el conducto terrenal para que nuevamente le sea prestado otro cuerpo.
También en el ámbito cotidiano mucho se dice sobre la muerte que: "Muertos, no son los que gozan la paz de la tumba fría. Muertos son los que tienen muerta el alma y respiran todavía", o sea, los amargados, los tristes y apocados. Los que reniegan de todo, los enojados con la vida. Los desesperados, inconformes y soberbios que hacen de su existencia un mar empantanado de problemas y dolor. Los conflictivos-negativos, cuya presencia es indeseable hasta en su propia casa y sólo sus familiares cargan la pena de tener que soportarlos. Los muertos en vida son también los adinerados que, a pesar de su fortuna, no conocen la paz, la gratitud, ni la concordia. ¡Pobres!
Así las cosas, gentil lector que nos honra con su tiempo, hoy deseamos compartir con usted en este Día de Muertos, de tamales, de flores y de calor familiar, este aleccionador 'Poema a la Muerte'. Dice:
Qué pesada sentimos esta vida, si no sabemos aceptar sus realidades, vivimos llenos de calamidades, nos duele el corazón como una herida, que no encuentra medicina a sus pesares.
Nadie en su juventud es recatado, cometemos desmanes por millares, llenamos nuestras almas de pecados, y jamás corregimos nuestros males, sin pensar que un día nunca esperado, rico pastel seremos de animales.
Falsa es la presunción y el egoísmo, jamás la muerte ha respetado, porque ¡ay! de aquel que caiga en el abismo, sin preocuparle la humildad sagrada, porque caro pagará su despotismo, al llegarle la muerte inesperada.
Y qué hermosa es la muerte, ¡ley pareja!, sorprende al millonario, al miserable, a todo ser humano; al que se queja, al que hiere y al culpable, y es tan linda que nunca se acompleja, y es tan puntual que nunca llega tarde.
Por eso nunca temas a la muerte, y cuando estés al pie de un moribundo, implórale perdón, pórtate fuerte, que un día a ti llegará el sueño profundo, profundo sueño del que jamás hay quien despierte, ¡ni con todo el metal oro del mundo!
Usa la calma, jamás vayas de prisa, que la vida nos da muchas lecciones, que tu rostro refleje una sonrisa a la gente que viva de pasiones, lleva en cuenta que la muerte nunca avisa, ¡ni borra de su mente direcciones!
Y con este mensaje irrefutable que nos hace ver la responsabilidad de ubicar nuestros pasos, acciones y actitudes en el sendero del amor universal, de servicio y humildad para lograr ser realmente felices, una vez más gritamos desde este país hermoso lleno de ricas y alegres tradiciones: ¡Viva México, señores! Ajúa.
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