Opinión / Columna
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Luis Guillermo Franco Robles
Vándalos ll parte
Diario de Xalapa
27 de noviembre de 2009
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Los movimientos de protesta tienen grandes ideólogos que no ven en la fuerza bastarda una opción segura. La cúspide de ello representa Mahatma Gandhi. La luchadora social hondureña Adhara Duval expresa en su blog las siguientes premisas para considerar en una acción para expresar rechazo ante una medida que presuntamente lastima a la mayoría del conglomerado social: "Realizar actos de desobediencia civil y de denuncia sin arriesgar la propia seguridad. Nuestra vida nunca debe ponerse en peligro. Es demasiado valiosa como para sacrificarla, aunque no lo consideren así los miembros de la elite dominante".
En la turba, al momento de los cristalazos, un desconsiderado pudo tener la terrible puntada de aventar un cerillo al motor. No ocurrió pero qué tanto valía la pena arriesgar la existencia con tal de lucir el trogloditismo de la porción de masa irracional. Incluso hay un ramo especializado de manuales de operación de desobediencia civil pacífica. Uno de ellos asevera que es necesario "actuar siempre dentro del marco de la ley. La protesta pacífica nunca debe ser motivo para cometer ilícitos y nunca debe dar pie para ser consignados. Las formas de protesta, resistencia y desobediencia civil deben alterar lo menos posible nuestra vida cotidiana, al tiempo de deben ser muy efectivas, masivas y constantes, como el boicot, los performances, las marchas y las manifestaciones, entre otras."
Aquí se ratifica que los teóricos del tema son rigurosos en el respeto a la paz social. Lo que ocurrió el pasado lunes fue lamentable por la manera desconsiderada en que se delinquió, apedreando vehículos de particulares, impidiendo el libre tránsito y actos de pillaje como el ocurrido en Minatitlán a un autoservicio. Eso no es una protesta válida, sino que es una muestra lamentable de la descomposición social que vivimos por motivos de una situación económica. Hay que preguntarse qué es lo que ocurre con la juventud que no tiene empacho en poner en riesgo su propia integridad, que se atreven a angustiar a sus padres y que, todavía peor, actúan de manera cruel contra el derecho y propiedades de terceros. Es difícil aceptar que se trata de la antesala de algo peor. Nadie quiere ver sangre ni vehículos incendiados sobre el asfalto. Los fatalistas dicen que las condiciones en el país están para provocar brotes de violencia surgidos de la tensión del tejido social. No queremos pensar que el 2010 sea el año del estallido general de la república. luisguifranco@gmail.com
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