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Comunidad y Cultura Local
Neblina Morada
Diario de Xalapa
24 de noviembre de 2009
En la obra de Kafka hay constantes referencias a lo pequeño, al mundo de los insectos, los topos, los perros. El se arrincona, se empequeñece, casi apela a la desaparición. Esta idea de la importancia nimia de sí y su tarea, al cabo del tiempo, lo engrandecen. Nietzsche por su parte apela a lo que crece, busca lo fuerte, desdeña lo débil. Pugna denodadamente por un hombre desprovisto de culpas, de miedos, de disminuciones. El hombre es algo que debe ser superado, afirma.
Kafka ve, en cambio, la precaridad de la vida humana acotada por el miedo, la enfermedad, la culpa sobre todo. ¿De que? De haber nacido principalmente. El mundo es cruel y el hombre merece sufrir, y en esta tesis ambos parecen estar de acuerdo. La diferencia es la actitud ante esto, uno piensa trascenderse a sí mismo, el otro en recluirse y lamer sus heridas. Sin embargo, este hombre de Praga, diminuto, logró una obra enorme, monumental y única. Y Nietzsche tras la falsa apreciación de la suya, fue leído por los nazis como alguien que acuñó una obra que justificara un genocidio y una delirante empresa mesiánica hasta empequeñecerse. El carácter de figura de Nietzsche pugna por forjar, en el límite de la demolición de lo moderno, adelantándose a su época, y llegando a la degradación humana de hoy para tocar fondo y resurgir hasta el ser completo, de esa idea del hombre fuerte y total, no el pequeño y lastimero de la tradición judeocristiana, según sus palabras. Kafka, en tanto, se conecta con Dostoievski y su hombre del subsuelo, con Beckett y sus personajes abominables, con Celine y sus parias cobardes. El ser se arrastra en su propia sombra, se funde con lo precario y desplaza la figura hasta desvanecerla en el vicio, el miedo, la debilidad. Para Nietzsche el hombre es un puente hacia el Superhombre; es decir, somos seres inacabados, en tránsito, como aducía Trakl, el poeta austriaco, no terminados de nacer. Para Kafka ya vivimos en la imposibilidad de ser, porque lo humano es un error. La existencia es un arrastrarse hacia un rincón y allí permanecer ateridos. Para Nietzsche el mal, el sufrimiento y el dolor si existen es porque los merecemos; para Kafka no hay salvación: somos culpables de haber nacido. Para Nietzsche la moral es un estorbo, algo de lo que se puede prescindir; para Kafka todo es moralmente inaceptable. No el orgullo fallido de Nietzsche, la moral es algo más allá de lo humano: insano deleite por la afrenta. Si los animales de Nietzsche son interlocutores de Zaratustra, y hay un respeto por lo que representan, para Kafka son la representación de la humillación, de la bajeza, de la autoinmolación, de la insuficiencia; Kafka es un insecto que se sumerge en sus dudas, un ser que se retira a la oscuridad. Es el disminuido. Nietzsche en su superhombre presto a Musil ese ser capaz de cualquier cosa, pero sin deseos de nada, en su monumental novela El Hombre sin Atributos. Uno pretende brillar y dar esplendor a la raza humana, el otro, desaparecer, mimetizarse y ser ignorado. Ambos representan al hombre contemporáneo. Uno es voluntad individual, el otro es abrumado en su soledad por lo social: la familia, el estado, la sociedad. Uno se sobrepone, supera ese ínfimo estadio actual con su transmutación de todos los valores, el otro es víctima de la condición humana, de sí mismo, de su inseguridad, de la imposibilidad toda. Ambos escriben en parábolas, alegorías, o usan aforismos. El alemán combatiendo las tesis persistentes, el checo ungiéndose en un observador de la pesadilla interior. Todo es posible en lo humano, el horror principalmente en Nietzsche, lo humano es un sentir el cuerpo: no hay alma, sólo lo que nos representa. Para Nietzsche en el hombre hay potencias no descubiertas; para Kafka, el hombre incuba la semilla de la abyeccion, sólo hay lugar para lo imposible. Para Nietzsche el cristianismo representa todo lo débil, para Kafka el judaísmo es el problema antes de nacer, una macula metafísica. Uno acepta su debilidad, la asume; el otro, se fortalece en lo adverso, alimenta su cuerpo, da arengas de poder, de dominio: huye de la carencia. Uno impele a la acción, el otro a la renuncia. Para ambos la moral está ausente, el de Basilea admite que hay que probar todo lo malo, lo perverso, el dolor, para superarlo. El otro se victimiza ante ello, y peor aún, se siente responsable. Los dos son solitarios, y escribieron en alemán, dos adelantados a su época, dos visionarios (yo como cristiano no dejo de leerlos y asombrarme, para entender mucho de lo que pasa). Su obra se abre al presente con la misma fuerza y sentido, y explica el signo de interrogación en que nos hemos convertido. bardamu64@hotmail.com *Colaborador |
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