Opinión / Columna
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Todo lo Bueno
Edmundo Domínguez Aragonés
Rata gigante, nueva especie en Nueva Guinea
Organización Editorial Mexicana
19 de noviembre de 2009
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Las mujeres y los elefantes les tienen miedo a las ratas, sí. La herencia genética. Y voy a explicar el por qué.
Resulta que en aquellos lejanísimos tiempos, cuando la mujer inventó la agricultura, también creó a los roedores. De modo que, las y los ratones se alimentaban de las semillas y de los granos cosechados, el trigo, principalmente.
La agricultura los perseguía y hacia huir, o de plano les daba muerte. Sin embargo, en épocas de hambruna, la multiplicación de las colonias de roedores atentaban contra el alimento de aquellos seres que habían abandonado la caverna, construido chozas y poblados y almacenes para sus granos y elaboraban el pan de cada día.
Las y los ratones a la vista, explicable y justificadamente les infundían miedo. Así se originó el sobresalto temeroso de la mujer con solo mirar un roedor rondando. Sí, porque le mordían los talones para que cayera al suelo y devorarla. A la vista de un roedor, la mujer sube a una silla o al mueble que sea.
Lo mismo le aconteció al mamut, y luego al elefante que también consumía vegetales y granos y las y los roedores le mordían la pata para hacerlos caer, y ya se sabe lo que hacían, habiendo derrumbado al mastodonte.
Cada especie a lo suyo y esta es la historia. En cada ciudad del mundo, el combate a los roedores es inevitable y permanente. La leyenda del Flautista de Hamelyn, en esta realidad tiene su inspiración.
Como el ratón es casi humano y el humano casi un ratón, por poseer el mismo número de genes, los científicos crearon una especie especial para los experimentos en laboratorio. No los dañan, no los sacrifican y sí los utilizan y con toda responsabilidad para que su docilidad permita estudiar y crear lo que sea conveniente en beneficio de la especie humana.
Así estos ratoncitos, de uno de los cuales tengo una foto en mi escritorio, al que he nombrado Wilson y le doy los buenos días y las buenas noches, como homenaje a todos los suyos que benefician al humano, en estos Soles, una expedición de la BBC ha descubierto una nueva especie de rata gigante en la selva de Papúa Nueva Guinea.
La rata mide 82 centímetros de largo, pesa aproximadamente un kilo y medio, y está entre las más grandes del mundo.
El roedor vive únicamente dentro del cráter del volcán del monte Bosavi. La piel de este roedor, de color marrón y gris, es gruesa, lo que le permite sobrevivir a la humedad y el frío del cráter del volcán y es similar a las ratas de la ciudad, aunque no se apersona en los centros urbanos, explican los expertos de la Unidad de Historia Natural de la BBC de Londres, Inglaterra.
Así pues, las chicas papúas ni siquiera sabían de su existencia y nada que temer de ellas.
Y, en el entorno de esta historia de ratoncitas y ratoncitos, y féminas y elefantes, como cosa de cuento, una niña chilena, la pequeña Eva Luna, de cinco años de edad, jugaba la tarde del viernes 7 de agosto de 2009, cerca de su casa en el sector de Laguna Verde, en Valparaíso, a 120 kilómetros al oeste de Santiago, la capital, cuando jugando se alejó del patio de su casa y se internó en un bosque de pinos y eucaliptos. A Eva la seguía su leal e interesado perrito de nombre Pelé.
Eva no supo cómo encontrar el camino de regreso a casa y se hizo de noche, por lo que abrazada a Pelé pasó la fría noche.
Su madre, Eliana Orellana, y la Policía y todos los vecinos del lugar buscaron a Eva durante toda la noche, "cuando el frío arreciaba en la costa central chilena", hasta que la mañana del sábado la encontraron durmiendo abrazada a Pelé al pie de un árbol, "apenas con una leve deshidratación e hipotermia". Eva y Pelé, sí. Y Wilson, of course.
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