Opinión / Columna
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Raúl Hernández Viveros
Los recordatorios luctuosos
Diario de Xalapa
10 de noviembre de 2009
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En julio del presente año se conmemoró un año del fallecimiento de Roberto Williams García, y dentro de varios días termina mi duelo por la muerte de Lorenzo Arduengo Pineda, que tuvo efecto el 26 de noviembre del año pasado. Me adelanto porque verdaderamente acaban mis meses de luto por ambos colegas y amigos. No obstante, deseo aclarar que, en verdad, sentí mucho más la pérdida de Lorenzo Arduengo Pineda, a quien conocí desde los momentos en que ingresamos al año propedéutico que entonces se llevaba antes de entrar a cualquier carrera, en la Universidad Veracruzana.
Durante aquel periodo general tuvimos la oportunidad de obtener el asesoramiento del doctor Rafael Velasco Fernández. Al poco tiempo, ingresamos a la facultad de Pedagogía y Letras, y se consolidó un grupo generacional, que comenzó a sesionar sobre asuntos relacionados con la cultura y la literatura. También Mario Muñoz participó activamente en aquellas tertulias que se agotaban hasta las primeras horas de la mañana. Construimos un espacio dedicado al culto de las artes bellas. Después con Luis Mario Schnaider abrimos otros espacios culturales, en donde Lorenzo Arduengo Pineda destacaba por su inmenso amor al cine y a las letras.
Se realizaron recitales de poesía indígena y surrealista, y por otro lado se fundaron editoriales y suplementos culturales. Las Ediciones del Puente dieron a conocer a los nuevos poetas xalapeños, y se organizaron recitales bajo el escenario del centro histórico de Xalapa. El grupo se hizo más compacto en relación a las expresiones artísticas, que brotaban de las aulas universitarias. Efectivamente fue como la prolongación de las actividades editoriales universitarias.
Al poco tiempo, nos tocó la terrible experiencia de la represión estudiantil de 1968. Por supuesto, Lorenzo Arduengo Pineda mantuvo su pasión por las expresiones cinematográficas. Se organizaron semanas culturales dedicadas a Cuba, Checoslovaquia y Polonia. Participamos en las manifestaciones estudiantiles hasta que las fuerzas policiacas sofocaron la rebeldía, y algunos líderes fueron torturados en las cárceles xalapeñas.
Este ambiente de persecución permitió que Lorenzo Arduengo Pineda y Mario Muñoz se autoexiliaran en Polonia. Uno fue a estudiar cinematografía y el otro a conocer las principales figuras de las letras polacas. Al año siguiente, los alcancé en tierras de Witold Gombrowicz. Tal vez significaron los mejores años de nuestras vidas.
Cuando regresamos, nos dimos cuenta de que este periodo existencial marcó en forma definitiva el destino de nuestras vidas.
Hay que aclarar que nuestro querido amigo Sergio Pitol fue el principal causante de llevar a cabo la experiencia de vivir en Europa. Hasta la fecha, no puedo dudar que gracias a ellos continúa mi amor por la literatura y el cine. Por lo cual, no puedo olvidar un instante la amistad con Lorenzo Arduengo Pineda, casi al mismo nivel que con Roberto Williams García, a quienes frecuenté con entusiasmo en sus últimos días en la tierra. Pocas veces he tenido la oportunidad de comprender el concepto de la amistad. Aristóteles definió que existían sólo uno o dos amigos, y el número corresponde a nuestras inolvidables circunstancias, de haber tenido la oportunidad de conocerlos.
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