Opinión / Columna
 
María Antonieta Collins 
El verdadero drama de Juanita Castro
Organización Editorial Mexicana
6 de noviembre de 2009

  Durante más de una década soñé con el momento en que Juanita Castro, la exiliada hermana de Fidel y de Raúl Castro, aceptara mi petición para finalmente escribir sus memorias. Egoístamente quería que me contara, en primera instancia, un poco de todo aquello que seguramente había guardado sólo para ella, y yo quería saberlo para que, por lo menos, pudiera guardarle un secreto.

Lo que nunca imaginé es que lo que ella me develaría iba a ser de tal magnitud que éste -su colaboración con la CIA- iba a dar vueltas al mundo entero, en idiomas tan lejanos y complicados como el chino-mandarín que han comentado la noticia.

Mi reacción inmediata fue pedirle que no hiciera el libro. En el fondo yo sabía que provocaría un cúmulo de reacciones contenidas en cinco décadas de exilio y que las dimensiones serían inconmensurables... Y no me equivoqué.

Por lo pronto en Miami, donde Juanita ha vivido los últimos cuarenta y cinco años de su vida, ha causado una revuelta total, pero no necesariamente a su favor, sino todo lo contrario. Por una parte está el exilio que la entiende y la apoya, pero por la otra, un enorme grupo que no se ha cansado de ofenderla, atacándola por el solo hecho de apellidarse Castro, y que no aceptan cualquier cosa que ella hubiera hecho a favor de sus compatriotas, cuestionando las odiseas que tienen nombres y apellidos, y que además están avaladas por documentos desclasificados del gobierno norteamericano.

Me preocupaban otras situaciones alrededor de Juanita, cuya fuerza cada día me sorprende más; pensé equivocadamente en las emociones que traicionan especialmente a sus setenta y seis años de edad, afectando su mermada salud, especialmente luego de que Cuba reaccionara calificando su libro de baja catadura moral. Mientras yo cuestionaba a quienes la atacaban, ella, paciente, reflexionaba en lo que ha sido su vida desde el 29 de junio de 1964 cuando se declarara en contra del régimen cubano.

"Han sido hasta mesurados. La Sección de Intereses de Cuba en Washington no fue ofensiva como pudo ser en otros tiempos, pero estoy acostumbrada a vivir respuestas oficiales como la que el régimen dio a través de la revista oficial La Jiribilla. Para la gente en Cuba soy una traidora cuyo nombre no se menciona ni siquiera en la parte de mi familia que está allá, y para el sector más recalcitrante en Miami -el que, por lo menos, más ruido hace- soy una comunista infiltrada, y en el más injusto de los casos, soy un sujeto odiado por apellidarme Castro y por ser hermana de Fidel y de Raúl. ¿Qué voy a hacer? Si esa ha sido mi vida desde que elegí vivir de acuerdo a mi conciencia".

No me abstraigo de preguntarle si no se ha arrepentido y si de poder hacerlo modificaría el curso de las decisiones tomadas en su juventud... Un ¡jamás! rotundo es su respuesta.

"¿Por qué debo de arrepentirme cuando he actuado conforme a lo que he pensado? Eso sí seria un error. No me arrepiento de mi vida, como tampoco me arrepiento de vivir en este exilio que ha sido más agrio que dulce. Por el contrario, he aprendido a vivir pagando la factura que muchos me cobran por ser quien soy".

Pocos en Cuba, incluidos los hermanos de Juanita que viven en la isla, pueden entender que, finalmente, en esa ruptura familiar, donde los Castro fueron los primeros fragmentados, no ha mediado el odio, sino la más fuerte y decidida defensa de los principios, y que eso Juanita lo ha vivido a costa de su propio dolor, el que sólo ella conoce porque lo ha sufrido en una soledad amarga e injustamente incomprendida dentro y fuera de su patria.
 
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