Opinión / Columna
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Agustín Basilio de la Vega
Un mexicano de excelencia
Diario de Xalapa
4 de noviembre de 2009
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En este fin de semana fui a visitar un amigo que se dedica a la carpintería. Su casa se encuentra en la hermosa región que separa a Xalapa y Coatepec, por donde más abunda el clima templado, propio del bosque mesófilo. Al llegar a su casa, observé la armonía que privaba en el jardín y en sus espacios abiertos.
Pensé, por otro lado, que en lugar de citarme en su taller me había invitado a su hogar, pues normalmente un taller de carpintería no sólo se ve sino hasta se huele desde la calle. Con detenimiento me percaté que algunas plantas y arriates estaban abonados con aserrín, pero definitivamente no parecía por ningún lado que existiera en esa propiedad un taller.
Cuando Mario Fuentes salió a recibirme, después de un afectuoso saludo y de encerrar a su perro de guardia, me dijo que el taller estaba en la parte de atrás. En efecto, ahí estaba una casa con una fachada limpia y agradable, pero por ningún lado vi alguna viruta mal puesta en todo el trayecto.
Al entrar observé un estudio de primer mundo: todo estaba en su lugar. Las grandes máquinas para hacer cortes, taladrar y hasta labrar estaban ubicadas de manera estratégica y lucían absolutamente limpias como si estuvieran en un exhibidor para su venta.
Particularmente me llamó la atención las conexiones y los ductos que absorben todo, absolutamente todo el polvo, el aserrín y las virutas para llevarlos a depósitos herméticos que impiden la fuga de partículas y astillas. En la parte superior estaba colocado un gran aparato para absorber cualquier partícula que al pulular en el aire pueda afectar incluso a la salud humana.
La disposición de las herramientas están en armarios, lockers y estantes en absoluto orden y perfectamente limpias, listas todas para encontrarse rápidamente y usarse con facilidad. El caso más extraordinario para mí fue ver cómo todos los formones no sólo estaban limpios y ordenados, sino en estado impecable.
Recuerdo que en mi infancia mi papá contrató en varias ocasiones a distintos carpinteros y mucho me llamaba la atención ese instrumento filoso con el que se corta y se rebaja la madera: el formón. Los recuerdo largos y pequeños, generalmente muy afilados pero oxidados y con mangos deteriorados. Sin embargo, los de mi amigo no tenían un solo punto de óxido en el fierro ni rayón alguno en sus manos.
Hasta el último clavo estaba en su lugar; pero lo que más me llamó la atención fue la exactitud y belleza de los trabajos que estaba realizando. Definitivamente se trata en muchos casos de obras de arte con un acabado impecable que resalta la textura y el color de la madera, que sobra decir es uno de los materiales más nobles que exalta la cultura del hombre sedentario.
Mi amigo trabaja con pasión y sus obras demuestran que los mexicanos podemos ser mucho mejores que muchos extranjeros y que verdaderamente podemos ser campeones del orden, la disciplina y del buen gusto.
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