Opinión / Columna
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René Ramírez Molina
Ricardo Flores Magón, su ideario y acción
Diario de Xalapa
3 de noviembre de 2009
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De aquí que, contrariamente a lo que sostiene la doctrina marxista, afirma que el cambio en las relaciones sociales de producción no es lo que determina la modificación de la conducta de los individuos y su manera de pensar, sino el proceso inverso. La Revolución -dice- "no comienza con el cambio forzoso o pacífico de un modo colectivo de vida social, económica y política en otra. Mucho antes de que se intente el cambio, se ha efectuado la revolución en la conciencia colectiva ".
Llama la atención este aserto (que le ha ganado críticas de analistas marxistas no ortodoxos) porque lo plantea en años posteriores a la Revolución Bolchevique en Rusia, en cuyos inicios hubo hombres cercanos a Lenin que sugerían esperar a que el proletariado y el campesinado se educaran políticamente para adquirir verdadera conciencia de los derroteros a los que conduciría el cambio revolucionario. Y que sólo hasta que tuviera madurez esta conciencia sería factible la transformación social. La confrontación violenta no garantizaba en sí misma el paso de una sociedad clasista a otra sin explotados ni explotadores; habría pillaje, saqueos, venganza, caos, movilizaciones masivas sin objetivos claros para conformar la nueva sociedad.
La idea floresmagonista de primero la toma de conciencia y después la lucha revolucionaria contradice su idea original de que el campesinado se apoderara de la tierra en medio del fragor de la lucha armada, sin esperar al término de ésta. Recurría al ejemplo de Juárez cuando expropió los bienes al clero para destruir su poder, lo hizo con entereza y determinación en el momento más candente de la lucha..., de haberlo hecho después, habría provocado una nueva rebelión de los intereses afectados.
Hombre terreno, humano al fin, Flores Magón tuvo equívocos, como señala Aguirre Beltrán: Es un error atribuirle a las comunidades indígenas ese carácter mítico de vivir sin gobierno, de manera libre y autónoma", donde no existe propiedad privada de la tierra.
Dice el antropólogo social veracruzano que la comunidad indígena sí tiene gobierno perfectamente estructurado -los "principales", el "consejo de ancianos", el "cacique", etcétera- baste decir que todos los hombres hábiles, y hasta cierto punto las mujeres, forman parte, en uno u otro tiempo, del gobierno.
La comunidad primitiva idealizada por los anarquistas no era tan "libre y autónoma", es decir, sin conexión permanente con la sociedad más amplia, nacional o colonial, en la cual está incluida; y esto hace ya mucho tiempo que no es cierto, si alguna vez lo fue.
Otra de las críticas hacia Flores Magón se centra en que en una parte de su correspondencia y artículos periodísticos no se proclama abiertamente anarquista, aunque el contenido tenga este sello. Pero en una de las cartas que se encuentran en el archivo del Departamento de Justicia de Estados Unidos, llega a decir: " Solamente los anarquistas sabrán que somos anarquistas y les aconsejaremos que no se llamen así para no asustar a los imbéciles".
Aguirre Beltrán sostiene que esta falta de información al público ahondó las diferencias entre las dos corrientes contenidas en la Revolución: la popular y la burguesa, e impidió cualquier entendimiento entre los distintos dirigentes revolucionarios.
No obstante, las ideas floresmagonistas fueron adoptadas por los constituyentes radicales de 1917, como Francisco J. Múgica, Heriberto Jara y Esteban Baca Calderón, entre otros, que impulsaron la creación del ejido, que como institución revolucionaria se establece tomando rasgos que configuran la tenencia de la tierra en la comunidad indígena, pero ubicando la relación del hombre con la tierra en un contexto racional.
La Revolución Mexicana no llega a la abolición de la propiedad privada, configura una forma de tenencia intermedia, sincrética, que, estando hoy en vías de extinción principalmente en comunidades no indígenas, sirve aún para satisfacer demandas de los campesinos, y para apoyar la autogestión. Tal es el caso de proyectos productivos, obtención de créditos para cooperativas, obras de infraestructura y otras. Pero la bárbara cancelación de la Secretaría de la Reforma Agraria, decidida por el gobierno de Felipe Calderón, sea acaso el principio del fin del ejido y la más clara demostración de abandono, hoy, al campo mexicano. (Continuará)
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