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Nuestra Vida
Entre otras cosas
Diario de Xalapa
3 de noviembre de 2009
Alejandro Hernández/Diario de Xalapa
Xalapa, Veracruz.- La primera vez que me miró me atravesó la cabeza, las balas entraron por mis ojos y salieron, con una trayectoria rarísima, por mi corazón. Vivo en coma desde entonces. Sus ojos, balas de azul acero, atentaron en contra mía de la manera más alevosa y vil. Sin embargo, si de vilezas hablamos peores fueron sus palabras. Las que me dijo hace poco, no las que salieron de su boca cuando nos conocimos. Nos presentó Román, su hermano, con esa amabilidad estúpida que tienen los adolescentes. -Hola, te presento a un amigo -dijo y se dio la media vuelta-. Ella me miró -fue cuando me atravesó la cabeza y caí en coma, porque no pude pensar, ni articular palabra coherente alguna- y me dijo, casi en un murmullo: "Hola". Creí caerle bien, porque a pesar de que de mis labios brotaron sonidos ininteligibles ella se quedó conmigo durante dos horas. (A la distancia de esos acontecimientos creo que fue porque ella no conocía a nadie en la reunión que nos puso frente a frente y a la que yo no quería ir porque, precisamente, tampoco conocía a nadie). Cuando se fue diciéndome "Adiós", exactamente igual que cuando me dijo "Hola" -con un murmullo-, me puse a analizar lo que había pasado, usando para eso los conocimientos adquiridos en un libro genial: "Las señales del amor". Se tocó el pelo, sonrió amable, su cuerpo estaba proyectado ligeramente hacia mí, sus pies apuntaban hacia los míos y dejó que fuera yo el que hablara todo el tiempo -si a balbucear estupideces se le puede llamar hablar-, lo cual, todo junto, significaba que le gustaba. (A la distancia de esos acontecimientos creo que si se tocó tantas veces el pelo fue porque estábamos abajo del ventilador, si me sonrió fue porque no podía hacerlo con nadie más, ya que nadie la conocía, si me dejó hablar fue porque ella no tenía ganas de hacerlo, si estaba proyectada hacía mí fue porque el departamento en donde fue la fiesta estaba muy chico y, si sus pies hubieran estado apuntando hacia otro lado, hubieran sido pisados por los que pasaban al baño). Desde ese día, en que además su hermano -que según me dijo ella, la odiaba- me dio su teléfono, no dejé de pensar en sus labios, en su mirada de acero azul, en sus dedos peinando sus cabellos y en las dos horas fugaces que pasamos, casi, platicando. La llamé varias veces -no me contestó en los primeros diez intentos- pero al cabo pudimos platicar varias veces -interrumpidas porque, extrañamente, siempre se cortaba la comunicación- y, según lo supuse, me dejó entrever que alguna vez saldríamos. (A la distancia de... etcétera, creo que fue porque su educación no le permitió darme un descolón). Viví varias semanas maravillosas pensando en que por fin un solterón como yo había encontrado el amor de su vida, pero, al mismo tiempo, sufriendo la incertidumbre más atroz de aquel que cree, pero no tiene una fe ciega en lo que cree. A veces mis divagaciones me llevaban a pensar que sí -por todas las señales que creí ciertas- a veces que no, por tanta educada evasiva cuando le llamaba y la invitaba a salir. Hoy, sin embargo, la incertidumbre salió de mi vida. Ya puedo vivir en paz el resto de ella. En coma -porque nunca recuperaré mi elocuencia- pero en paz. La encontré en un café en el Callejón del Diamante, la abordé, me atreví al reclamo y le dije que no era justo que me hubiera dado alas y después, con su actitud, me las hubiera cortado. - ¿Es que tú no sientes algo por mí? -le pregunté a bocajarro. -La mera verdad... no. -Me contestó con una mueca- y tan fresca, tan etérea y tan campante, se fue caminando por entre los puestos de los que venden collares con cristales de cuarzo, que, aseguran, sirven para atraer el amor. Comentarios o sugerencias: motardxal@gmail.com |
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