Opinión / Columna
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Joel Hurtado Ramón
Sentido común
Diario de Xalapa
30 de octubre de 2009
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Hace algunos años vi una película que llevaba por título "El Jardinero", en ella el tema principal era un jardinero que por azares del destino se veía involucrado en las tomas de decisiones que tenían que ver con el gobierno de un país; decisiones que siempre fueron acertadas sólo aplicando su experiencia como jardinero y su éxito fundamental radicó en solo una cosa muy sencilla: aplicaba el sentido común, algo que pareciera que los gobernantes actuales han ido perdiendo. De ahí parte todo el enredo y la complicación en los cuales está sumergido el mundo, sí, sumergido, porque estamos con el agua al cuello, pero tal pareciera que nuestros omnímodos "dirigentes" no se dieran cuenta, sobre todo los de nuestro país.
En Brasil existe una excepción y se llama Lula. Este verdadero dirigente, líder o como quiera usted llamarle, no sólo está luchando contra la pobreza tradicional de su país, sino que está tratando de convertirlo en una sólida potencia mundial. Lula es respetado y admirado, aun por el actual presidente de los Estados Unidos y se ha convertido en el interlocutor más válido para América Latina de esa potencia mundial, desplazando a México a partir de las locuras del anterior presidente, a pesar de ser un personaje de izquierda sin caer en el grotesco e indignante papel que desempeñó Vicente Fox al servicio, siempre, de los intereses del imperio y de George Bush, otro, también, de los más ineptos gobernantes de la mal llamada Norteamérica.
En México hace mucho tiempo que perdimos el rumbo, el sentido común en pocas palabras, y parece que tardaremos mucho tiempo en encontrarlo, para desgracia nuestra y de nuestros descendientes a quienes, y esto es lo más grave, no les estamos heredando ningún futuro bonancible. El llevado y traído presupuesto actual, afortunadamente todavía no aprobado, es un claro ejemplo.
Este bodrio financiero calificado por algunos, pomposamente, reforma fiscal, no es más que un aumento de impuestos que se tendrán que sacar del bolsillo de una ya de por sí paupérrima población que hace mucho tiempo no ve la suya, a pesar de que connotados especialistas han dicho que en tiempos como los actuales el aumento de impuestos es un verdadero contrasentido.
Vi hace unos días una entrevista que le hicieron en un canal internacional al director de un medio especializado en economía y quien afirmó, categóricamente, que lo que ha faltado es imaginación, sentido común diría yo, para sacar un presupuesto que en vez de hundir al país más lo saque a flote.
El 16 de septiembre de este año, estando presente el actual Secretario de Hacienda en la Cámara de Diputados, un legislador aprovechó la tribuna para exponerle, entre otras cosas, lo siguiente:
"Hace un año, señor secretario de Hacienda, en esta Tribuna usted le dibujó a los mexicanos un escenario optimista. Diagnosticó, incluso, que los males por venir eran menores y pasajeros, casi como necios estornudos imperceptibles, y lamentablemente se equivocó".
El país está sumido en la crisis económica más profunda de la historia contemporánea: recesión, inflación, desempleo y desmantelamiento del aparato productivo.
A finales de la pasada década, la economía mexicana crecía a una tasa anual de 5.1 por ciento. Llegamos al nuevo milenio con una tasa de crecimiento del 6 por ciento y un desempleo de sólo 2.2 por ciento.
Durante esa década, México fue la economía con mayor dinamismo exportador a nivel mundial.
Es cierto que la historia es la gran maestra de la vida, pero el problema es hoy.
En estos años, bajo los gobiernos del cambio, el crecimiento promedio apenas alcanza el uno por ciento, en nueve años; el desempleo sitúa casi a tres millones de mexicanos sin capacidad para sostener a sus familias.
Tuvieron la mayor bonanza de ingresos de la historia: petróleo, flujos de inversión extranjera, deuda pública -han endeudado al país en estos nueve años- remesas y ¿qué pasó? Se malgastaron un billón 300 mil millones de pesos de ingresos excedentes.
La alta burocracia creció hasta convertirse en una casta numerosa, cara e ineficiente, frente a los 800 mil nuevos desempleados de este año.
El gasto en economía y desarrollo social creció cerca de 200 por ciento. Sí. Pero la falta de una política de desarrollo económico conectada con una falta de política social de Estado ha dado como resultado casi 6 millones de personas adicionales en la pobreza.
¿Entonces qué tenemos? Un país quebrado, estancado; más empobrecido, más desigual y más inequitativo.
Un país quebrado equivale a un Estado fallido, como ya lo afirmaron los vecinos del norte, agregaría yo. ¿Usted qué piensa?
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