Opinión / Columna
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Arnulfo Pérez Rivera
Qué es ser maestro
Diario de Xalapa
28 de octubre de 2009
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De lo expuesto se infiere que no es necesario poseer título de profesor o de otro tipo para ser maestro, tal como ocurrió con el maestro Carlos A. Carrillo, que siendo empírico lleva enaltecedoramente el calificativo de maestro.
Pero si bien muchos de los que se hacen llamar maestros no lo son, ¿qué son entonces?, ¿cómo puede llamárseles con alguna precisión? He aquí lo que pueden ser: Si enseña al amparo de la autoridad que le da un título para enseñar, es profesor. Si enseña sin tener título para enseñar, como ocurre con los profesionales universitarios, es catedrático. Si no tiene título para enseñar y además impone actividades carentes de fundamentación pedagógica, resulta ser instructor. Si enseña y conduce conforme a los fundamentos biológicos, psicológicos, sociológicos y filosóficos que recomienda la Pedagogía, es educador. Si cuenta con la categoría de maestro y además tiene obra escrita, es pedagogo. Si además de ser maestro es consejero moralmente sano, guía limpio y desinteresadamente, es mentor. Si enseña mecánica y rutinariamente, sin esforzarse por ser cada vez mejor en su desempeño, es artesano de la educación.
Si sólo enseña por ganarse algún dinero, sin importarle si en verdad sabe lo que cree saber, y sin que sienta el infinito placer que proporciona la enseñanza, es mercenario de la instrucción. Si sólo cobra sin desempeñarse en alguna actividad relacionada con la docencia o con la administración educativa, es parásito, sanguijuela de la educación, o simplemente presupuestívaro o "aviador", como hay tantos.
De lo precedente puedo concluir que no a cualquiera de los docentes, o de los que portan algún título, se le debe llamar maestro, mentor, educador o pedagogo, pues si bien ante el juicio común y corriente parecen sinónimos, desde un punto de mira preciso, no lo son. Y para apostillar esto último, vale la pena recordar que hace 24 siglos, el intemporal Sócrates afirmó con toda la razón que le otorgó su tiempo, y que le siguen concediendo los años transcurridos, que "saber es saber definir y quien no define no sabe". Por esta causa, cuando de algún modo se ataca a los maestros, quienes así proceden no saben lo que dicen, pues de lo contrario no se referirían desdeñosamente a tan elevado calificativo que por suerte aún lo llevan dignamente muchísimos maestros veracruzanos, que lo mismo en el corazón de las ciudades que en los lugares más apartados del medio rural, viven plenamente entregados al quehacer formativo de los educandos; maestros respetables y queridos por la sociedad a la que sirven; maestros que por cultivarse y consagrarse a sus tareas no han tenido tiempo de gestionar su acercamiento a las grandes poblaciones o a sitios comunicados por las carreteras; maestros que desde que egresaron de las escuelas normales han sido factores de cambio en la comunidad; maestros que jamás piensan en trabajar menos y ganar más, sino trabajar más, aunque la retribución económica no compense lo que justamente merecen. Estos trabajadores o trabajadoras que callada y modestamente laboran en los medios urbanos, semiurbanos y rurales son los que merecen el honroso calificativo de maestro; y hacia lo augusto de ese calificativo, he orientado, en rápido escorzo las presentes líneas.
Finalmente, si quienes enseñan lo hicieran con relevantes méritos y ejercieran la docencia con lucidez magistral, la educación en Veracruz y en México no padecería las deficiencias pedagógicas en que se encuentra y no estaría en tan deprimente situación; porque una cosa es ser maestro, y otra muy distinta es sentirse, creerse o presumir, llevando inmerecidamente tan excelso epíteto.
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