Opinión / Columna
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Gilberto Nieto
El padre guerrillero
Diario de Xalapa
27 de octubre de 2009
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Muchas personas se sintieron consternadas por el lamentado deceso del padre Carlos Bonilla Machorro. Yo me sentí impulsado a escribir estas líneas en su memoria, especialmente motivado por haber gozado, en los últimos años, de su amistad y camaradería, de extensas horas de plática amena que me permitieron admirarlo al conocer sus concepciones de la vida, del hombre y de Dios.
Carlos Bonilla Machorro, presbítero de formación poco conservadora, seguidor de la Teología de la Liberación que en otros tiempos lideraba en el país el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, forma ya parte de la historia de México y hoy podrá decirse lo que se quiera de él, pero nadie podrá negar jamás que vivió la vida intensamente, congruente siempre entre su manera de pensar, decir y hacer. Eso es lo que hace a un hombre grande ante sus iguales, confiable a los demás y ejemplo a seguir por todos.
Leí algunos comentarios de personas que seguramente lo conocieron mejor que yo, como es el caso de Luis Bustos García, el padre José Benigno Zilli Mánica y seguidores de sus huellas, como Hugo Morales Alejo, de Córdoba. El padre Zilli lo define como "un hombre inteligente y aplicado... un sacerdote controvertido... que trataba de servir a Dios a su manera".
Luis Bustos lo describe como un hombre de carácter fuerte, de vocación firme y de fe inquebrantable que ponía el ejemplo con sus actos en los lugares por donde andaba... que nunca se inclinó para dar un paso atrás, pues siempre decía que había que "emperrarse" en la búsqueda de los objetivos para esta vida.
Autor de varios libros donde aflora el filósofo, el pragmático, el que ha conocido el mundo, que comprende la naturaleza del hombre, sus debilidades y su grandeza interior, que además tiene presente en todo momento que somos obra de Dios, que por decisión divina nos fue otorgada la gracia del libre albedrío, y que lamentablemente muchos seres humanos no han aprendido cómo aprovecharlo para bien de sus vidas y la de quienes les rodean en sus círculos comunitarios próximos.
Uno de sus libros fue "Caña Amarga, Ingenio San Cristóbal 1972-73". A Hugo Morales Alejo, quien lo entrevista el 26 de noviembre de 2007 respecto al contenido de su libro, le comenta que, luego del conflicto cañero de Carlos A. Carrillo, se presentó ante el obispo Sergio Méndez Arceo a "rendirle cuentas". Cuando se reportó con él, apenado, le dijo: "Señor, me apegué a las escrituras, quise ser voz de los que no tienen voz". El Obispo de Cuernavaca se le quedó mirando fijamente y le respondió: "No, no fuiste voz de los que no tienen voz, fuiste un grito de los que no tenían voz".
En "Ejercicio de guerrillero" explica las condiciones y circunstancias de su encuentro con Lucio Cabañas, en la intermediación para rescatar al gobernador Rubén Figueroa, en un pasaje que quedó grabado en la historia del México bronco, del México que busca reivindicar a los pobres en medio de una lucha sucia por conservar el poder y ejercerlo sin freno ni piedad para los desheredados.
"El más profundo infierno" es el descargo de conciencia de un sacerdote que busca la renovación moral de la sociedad eclesiástica. Narra momentos decisivos de la Iglesia católica mexicana en el ámbito político nacional, presentando una alternativa democrática para comprender el fenómeno religioso y los problemas sociales. El amor, en todas sus acepciones, jugó un papel determinante en su vida y le ganó en la toma crucial de decisiones.
En la Iglesia de Fátima, en Carlos A. Carrillo, fue el guía espiritual durante 32 años poniendo el ejemplo de hermandad, solidaridad y justicia social, participando, incluso, en la lucha por la autonomía municipal de la congregación. Allí, donde demostró ser un hombre de palabra y de accionar valiente, sensato e inteligente. Su retiro del sacerdocio fue hace más de 12 años.
El 18 de octubre pasado, en Carlos A. Carrillo, desfila bajo la lluvia un cortejo fúnebre sin políticos ni líderes cañeros, que llega al palacio municipal con el féretro del padre Bonilla para ofrecerle un homenaje póstumo y cumplir su última voluntad de descansar en aquel terruño de la Cuenca del Papaloapan, a pesar de haber sido peroteño de nacimiento.
Más tarde lo llevaron a la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima, donde él hubiera querido tener su última morada, pero sus restos fueron trasladados al panteón municipal, donde descansa en paz quien en vida fuera un inquieto luchador por las causas que creyó justas. Que así sea.
gnietoa@hotmail.com
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