Opinión / Columna
|
Agustín Basilio de la Vega
Día Mundial de las Misiones
Diario de Xalapa
21 de octubre de 2009
|
El pasado domingo fue el Día Mundial de las Misiones para la Iglesia católica. Normalmente cuando escucha uno hablar de misiones piensa en todos aquellos sacerdotes, religiosos o laicos que en tierras de Africa o de Asia se dedican a evangelizar personas que viven en alta marginación y en áreas naturales de difícil acceso.
Hace algunas décadas tuve la oportunidad de leer "Humonegro", el cómic de los misioneros combonianos, hecho precisamente para alentar en los niños la admiración por los misioneros y su ardua labor. La idea que tenía yo en aquellos años es que los misioneros enfrentaban a tribus hostiles, animales salvajes y un sinnúmero de aventuras extremas a favor de la civilización humana.
Pero ahora he entendido un poco mejor las cosas. El padre Melitón Lagunes, por cierto nuevo párroco de San José, dice que una forma concreta de misionar es a través del testimonio en los lugares concretos en los que se desenvuelve el cristiano.
Me llamó especialmente la atención la reflexión que hizo en cuanto a que anunciar el mensaje de salvación en la casa o con los vecinos resulta prácticamente ocioso en la mayoría de los casos. Creo que tiene razón, es preferible callar y actuar congruentemente.
No obstante lo anterior existe la necesidad de predicar y de salir a mover almas porque la palabra es anterior a los actos humanos y por eso es muy importante apoyar activamente a todos aquellos que se dedican hacer misiones dentro y fuera de nuestro país.
Existen muchos ejemplos de personas dedicadas a promover la Buena Nueva, pero los católicos de la iglesia particular de Xalapa además ven en San Rafael Guízar y Valencia un ejemplo de misionero santo, cuya festividad se celebra el viernes próximo.
San Rafael Guízar y Valencia nació en 1878 en Cotija, Michoacán, y se ordenó sacerdote católico siendo todavía muy joven, prestó ayuda a los moribundos de los campos de batalla de la Revolución mexicana, disfrazado de vendedor de baratijas.
En 1919 fue nombrado obispo para la diócesis de Veracruz y durante la persecución religiosa mantuvo al seminario de su diócesis oculto en la ciudad de México. Se distinguió por su amor y su generosidad a los pobres y su infatigable trabajo evangelizador.
Durante años se estudió con su catecismo basado en preguntas y respuestas, y varias generaciones fueron adoctrinadas con este método y las canciones que él mismo promovió. Se trató de un apóstol de las misiones del siglo XX en México que arrastró a muchos a la fe no sólo con sus palabras sino con su inquebrantable testimonio de vida.
Columnas anteriores
Columnas anteriores