Opinión / Columna
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Arnulfo Pérez Rivera
Qué es ser maestro
Diario de Xalapa
21 de octubre de 2009
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El extraordinario filósofo y psicólogo inglés Alexander Bain (1818-1903), acuñó la sentenciosa expresión: "Las palabras ponen trampas al pensamiento". Y viene a colación la cita de este gran procurador de la pedagogía y de la psicología experimentales, al confundirse, comúnmente, los conceptos de algunos nombres a los que el dominio popular otorga calificaciones a cual más diferentes de lo que con pureza significan.
Este es el caso bastante habitual del sustantivo maestro, al que se recurre para calificar, indebidamente, a todo el que se dedica a la docencia, sin reparar en el alcance terminológico que en sí mismo comprende, dentro de la grada de enseñantes, de profesores o de cualquier profesional que, por una u otra razón, ejerce el ministerio de la instrucción.
De esta guisa, no es nada insólito escuchar, en infinidad de ocasiones, que los maestros no se desempeñan como debiera ser; que es inaplazable la actualización de los maestros, para que rindan más y mejor en la formación de la niñez y de la juventud; que algunos maestros deshonran a la docencia; que muchos no debieran ser maestros, tanto por su impreparación, cuanto por su pésima conducta; que tales o cuales maestros riñeron por cuestiones de siglas políticas o sindicales; que ciertos maestros o maestras se lanzaron palabras impublicables, etcétera. Pero ¿a quienes de este modo se enjuicia, son en verdad maestros?, ¿no serán, acaso, algo muy diferente a lo que es ser maestro? Véase por qué. El término maestro, del latín magister, se define como el que conduce, dirige o guía; es una especie de gnasus, es decir, que sabe, que conoce; es, por consecuencia, persona eminente en cualquier faceta de la cultura; es hombre con autoridad, en quien se tiene fe; se trata de un elemento dedicado por entero y sin reservas a su profesión; su acción transitiva es sobresaliente; es persona cargada de conocimientos y además creador de inquietudes humanas; el reconocimiento de su preeminencia se extiende al mundo de lo social; es, al decir del más genial de los pedagogos alemanes, Georg Kerschensteiner (1894-1932), "un individuo de tipo básico social", y según el filósofo y pedagogo alemán Eduard Spranger (1882-1963), y el filósofo alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911), "un auténtico descubridor de los valores del alma en el hombre en ciernes".
Las anteriores estimaciones me ubican en la posición para firmar que el dignísimo calificativo de maestro, no se lleva por el solo hecho de haber pasado por las escuelas normales o las facultades de pedagogía, sino que se consigue en la brega diaria, con dedicación y entrega a las tareas educativas, con constante crecimiento intelectual, amén de una conducta aleccionadora y ejemplar. Y es tan irrefutable lo que aquí señalo, que resulta normal para quienes vivieron con el halo de auténticos educadores, se les llame maestros y no profesores. Maestros, por citar sólo algunos, como es el caso, en nuestro medio, del maestro Rébsamen, del maestro Carrillo, del maestro Manuel C. Tello, del maestro Juan Zilli, etcétera. Y a nivel nacional, del maestro Antonio Caso, del maestro Vasconcelos, del maestro Justo Sierra, del maestro Altamirano, del maestro Alfonso Reyes, etcétera, mismos a quienes se les conoce más como maestros, que como profesionales en otras especialidades. (Continuará).
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