Opinión / Columna
 
Ignacio Altamirano Marín 
Xalapa en el 68
Diario de Xalapa
20 de octubre de 2009

  He terminado de leer, con inusitado interés, el libro que, por conducto de Jorge Machado Rivera, compañero del Instituto de Investigaciones Jurídicas, de la Universidad Veracruzana, me envió Ulio Valenzuela Herrera. El libro en cuestión se intitula "El 68 en Xalapa y el liderazgo estudiantil de la Universidad Veracruzana".

Contiene los relatos y testimonios de quienes, como líderes estudiantiles, como maestros o como simpatizantes, participaron en Xalapa, en sucesos previos al 2 de octubre de 1968.

Dentro de todos los relatos hay uno de la periodista y amiga Marcela Prado Revueltas, quien describe aquellos hechos del 26 de septiembre de 1968, de la siguiente forma:

"Recuerdo bien que después de la asamblea en Juárez o más bien después de habernos reunido en Juárez, de alguna forma se logró integrar una marcha, que bajó por la calle Lucio, rumbo al Palacio de Gobierno. No sé cuántos éramos, ni quién iba con quién o cómo se formó la columna: yo llevaba mis botinas y todos llevábamos un grito, una sonrisa de 'revolucionarios' en la cara y una como alegría de estar haciendo algo más que ir a clases, hacer la tarea, tomar café, echar novio, reprobar los exámenes. A la altura de la farmacia de don Luis Aguirre estaba el coronel Héctor Hernández Tello. Llevaba, según mi recuerdo, uno de sus elegantísimos trajes azules. Fumaba un cigarro. Atrás de él, setecientos policías esperando órdenes. Alguno de ellos se acercó al coronel que sí tiene quien le escriba, a secretearse. Hernández Tello volteó a ver la columna ¡Rómpanles la madre. Nomás así: rómpanles la madre!".

Esta descripción de Marcela Prado Revueltas es explícita y no tiene desperdicio.

La de Ignacio González Rebolledo, licenciado en Derecho y también mi amigo, a la sazón maestro de la Facultad de Derecho, coincide con la de Prado Revueltas, "ya que el 26 de septiembre (de 1968) la marcha estudiantil que había salido de la Facultad de Filosofía y Letras y seguía por la calle de Lucio, a la altura de Catedral, fue agredida con macanas y gases lacrimógenos".

Como estos dos testimonios, en el libro narran los sucesos, dando su versión particular, entre otros: Roberto Bravo Garzón, Juan José Rodríguez Prats, Alicia González Cerecedo, Cirilo Rincón Aguilar, Eugenio Vázquez Hernández, Gonzalo Morgado Huesca, Ernesto Fernández Panes, Humberto Troncoso Olivares, Rafael Arias Hernández, Jorge E. Lara de la Fraga, Jorge Machado Rivera, Jorge Ortiz Escobar, José E. Levet Gorozpe, José Luis Salas Torres, José Zaydén Domínguez, Leopoldo Castillo Rodríguez, Luciano Blanco González, Ranulfo Márquez Hernández, Ricardo Olivares Pineda y el estimado y recordado Roberto Williams García.

En distintas etapas de mi carrera profesional, académica y política traté a los enunciados y tuve experiencias comunes con ellos. En una de las noches de insomnio, que ocasionalmente tengo, me pregunté ¿por qué tú no participaste en el movimiento del 26 de septiembre de 1968? Entre sueños me respondí y ahora doy mi testimonio.

Por varias razones: no era líder estudiantil, como lo fui y consta en el libro, cuando con Roberto Bravo Garzón, Héctor Salmerón Roiz, Pedro Hernández Molina, Raúl Olivares Vionet, Raúl de la Huerta Valdés y Mario Chávez Buendía, fundamos la federación estudiantil veracruzana, en 1954.

En segundo lugar, porque aún no era maestro de la Facultad de Derecho, lo fui posteriormente (1990).

El tercer lugar, ya no vivía en Xalapa, sino en Veracruz, donde laboraba por esos años y en mayo de 1968 pedí licencia para irme de orador a la campaña de don Rafael Murillo Vidal (por cierto, ¿repondrán su estatua?), candidato a gobernador del Estado, y al terminar aquella, precisamente a fines de septiembre de 1968, me reintegré a mis labores como actuario del Juzgado Segundo de Distrito en el Estado. Sin embargo, si bien yo no participé en ese movimiento huelguístico, sí, en cambio, tuve años atrás una experiencia similar. Corría el año de 1959 y mi padre, Ignacio Altamirano Menéndez, era el secretario general de la Sección 12 del Sindicato de Ferrocarrileros. Yo, como pasante de derecho, fungí como asesor jurídico. Un día, a principios de ese año, vino en una gira el líder nacional del sindicato de ferrocarrileros, Demetrio Vallejo, quien en todas las secciones sindicales buscaba la solidaridad del movimiento que él encabezaba.

Con ese motivo, hubo un acto de apoyo en la Arena Xalapa, en la que yo intervine como orador. Después del evento, recuerdo que Demetrio Vallejo fue cargado en hombros por sus compañeros y llevado cerca de la catedral.

Después de ese acto ¿subversivo? mi padre, muchos de sus compañeros y en menor medida, yo, tuvimos que escondernos, pues temíamos ser encarcelados. Con la ayuda del diputado Andrés Uscanga Pérez, tuve que aceptar la invitación para irme, precisamente en 1959, a San Andrés Tuxtla, como secretario del ayuntamiento.

Tan imbuido estaba en ese movimiento que ahí, en San Andrés, preparé mi tesis profesional de abogado, que intitulé "La inconstitucionalidad del delito de disolución social, en el código penal federal". En el apartado cuarto solicité la derogación del delito de disolución social, lo que ocurrió años después del movimiento de 1968.

En fin, este es mi testimonio de la huelga ferrocarrilera de 1959 y mi comentario del citado libro, agradeciendo a Ulio Valenzuela Herrera su atención.
 
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