Opinión / Columna
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Álvaro Fernández A.
Arbolitos soñadores
Diario de Xalapa
19 de octubre de 2009
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Un amigo me compartió esta bella parábola de los arbolitos soñadores, tomada del Internet. Como en los cuentos de hadas, se dice: Erase una vez tres pequeños árboles amigos, que soñaban lo que les deparaba el futuro. El primer arbolito dijo: -yo quiero guardar tesoros, estar repleto de oro y piedras preciosas... El segundo arbolito observó el arroyito en su camino hacia el mar y dijo: -Yo quiero viajar a través de mares inmensos y llevar conmigo a reyes poderosos. Yo seré el barco más importante del mundo... El tercer arbolito miró hacia el valle y vio a hombres agobiados por tantos infortunios, fruto de sus pecados, dijo: -no quiero jamás dejar la cima de la montaña, para crecer tan alto, que cuando la gente se detenga a mirarme, levante su mirada al cielo y piensen en Dios.
Pasaron los años y los tres arbolitos se convirtieron en majestuosos cedros. Un día, tres leñadores subieron a la cumbre para cortarlos. El primer leñador miró al primer árbol y se dijo a sí mismo: ¡qué árbol tan hermoso! Y con la arremetida de su hacha, el primer árbol cayó. "Ahora me deberán convertir en un hermoso cofre, voy a contener tesoros maravillosos... El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo llevó al taller, pero pronto le vino la tristeza, la desilusión, la frustración. El carpintero lo convirtió en un pobre pesebre para alimentar a las bestias. Aquel árbol hermoso no fue cubierto con oro, ni contuvo piedras preciosas. Sólo contenía pasto. Pero una noche brilló sobre el primer árbol, ahora convertido en pesebre, la luz de una estrella brillante. Una joven puso a su hijo recién nacido en aquel humilde pesebre. "Yo quisiera haberte construido una hermosa cuna", le dijo su esposo... la madre le apretó la mano y sonrió, la luz de la estrella alumbraba al niño que dormía sobre la paja... el primer árbol comprendió que contenía el tesoro más grande, pues el Niño Dios estaba ahí.
Otro leñador miró al segundo árbol, árbol fuerte y arremetió con su hacha; el árbol cayó. Ahora navegaré mares inmensos, seré el barco más importante para los reyes poderosos. El árbol sonrió cuando lo llevaron a un embarcadero, se entristeció cuando vio que no era el mar sino lago. El barco de sus sueños era una barcaza de pobres pescadores. Un maestro subió con pocos seguidores, muy agotado, se quedó dormido; una aterradora tormenta se abatió sobre el lago. El árbol, lleno de temor, pensó en el naufragio; el maestro levantó la mano y dijo: -calma. El viento y el mar le obedecieron, comprendió que llevaba al Rey del cielo.
Y el tercer arbolito, que no pensó en bajar de la montaña, también fue convertido en sendos leños, olvidados como escombros en un almacén militar... Pero un día inesperado, unos hombres violentos tomaron bruscamente esos maderos. El tercer árbol se horrorizó al ser forzado sobre las espaldas de un inocente que había sido golpeado sin misericordia. Aquel pobre reo los cargó doloroso por las calles hasta llegar a una loma donde lo colgaron sobre los maderos, sin quejarse, sólo rezaba a su Padre mientras su sangre se derramaba sobre ellos. El tercer árbol, fracasado, avergonzado se sentía cómplice de aquel crimen ignominioso, se sentía vil y blasfemo. Pero el domingo, al brillar el sol, el tercer árbol comprendió que algo muy grande había pasado; sus leños, bañados en sangre, ahora refulgían como el sol. Se llenó de felicidad porque era el árbol más valioso, pues el hombre que estuvo colgado en él, era nada menos que el Rey de reyes.
El valor de la moraleja. Es muy bueno que los niños y los jóvenes sueñen en objetivos, metas y valores muy altos; mientras más altos mejor, pues por ley de inercia se tiende a bajar, pero el que soñó alto, siempre va a conquistar algo muy bueno para su realización personal.
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