Opinión / Columna
 
Arnulfo Pérez Rivera 
La carencia de líderes
Diario de Xalapa
30 de septiembre de 2009

  El término líder proviene del vocablo inglés leader, cuya significación aproximada es el que anima o alienta, el que estimula a los que le siguen, el que se identifica con su grupo, el que ofrece su alma o su espíritu a la causa que enarbola para el mejoramiento del bien común.

En efecto, el líder, en el lato sentido de lo que debe ser, es el que sabe impulsar las potencialidades de sus dirigidos; el que toma iniciativas teóricamente claras; el que señala el método a sus colaboradores, dándoles libertad de acción y pidiéndoles que sean creativos. El líder es sólido e íntegro; lucha por defender las causas que han de servir a sus seguidores, juzga todo problema desde la óptica de la realidad y de la racionalidad. Jamás levanta su voz, porque y ante todo, prefiere dialogar; es simpático e imaginativo; sus originales ideas despiertan fervor en todo su entorno; sabe explicar los detalles de sus tácticas o de sus estrategias con objetividad, para que lo secunden en sus tareas, en sus propósitos o en sus fines.

El verdadero líder conoce el arte de despertar el interés de los demás, de persuadirlos, de enrolarlos y de regular su marcha al ritmo de las cosas o de los hechos que deben desarrollarse. El sabe cómo convencer al grupo, no por el peso de sus argumentos, sino obrando de modo que, gracias a su inspiración, lo que hay en el grupo de mejor se exteriorice y pase a primer plano.

El auténtico líder (no el dirigente elegido con ardides o artimañas) es hábil para organizar las experiencias de su grupo en una determinada dirección, no sólo para poner en ejecución ciertos planes inmediatos, sino para ayudar al grupo a descubrir nuevos objetivos, más lejanos y más elevados. Los que nacieron para líderes, saben entrar en contacto con los demás (no se esconden y menos se encierran en sus oficinas para evitar la comunicación con sus representados); se esfuerzan por comprender la personalidad de cada uno de los asociados y saben unir las voluntades dispersas para constituir, con ellas, una fuerza potente.

Ellos, a diferencia de los jefes que sólo saben ordenar, mandar, imponer o exigir obediencia, tienen el genio de transformar en equipo un grupo de individuos ligados a la misma tarea; esto es, de crear un espíritu de equipo (no de grupúsculos para mantenerse en el poder); de coordinar los esfuerzos con vista a un resultado único y complejo; de hacer ver a todos la significación que tiene para el conjunto el trabajo particular de cada uno.

El líder no es el que ejerce su autoridad en razón de su edad, de su título o de su función, es más bien aquel que todos miran por su prestigio moral y por la influencia que emana de él; aquel con el que cuentan todos como guía. El líder tiene conciencia de su tarea como conductor social y asume su responsabilidad hacia el grupo que representa.

Lo dicho hasta aquí nos centra en la comprensión de que no es tan fácil ser líder. Y no es hacedero ni sencillo, porque para ser líder (como para ser maestro, médico, actor o sacerdote) debe, primero nacerse y, en segundo lugar, hacerse. Los líderes natos tienen cualidades especiales que los destacan. Cuentan con el secreto de su carisma; y gracias a esta reconditez espiritual, se encarnan en el corazón de sus pueblos, haciéndose depositarios del afecto colectivo.

Los líderes (no los arribistas dirigentes) tienen una predisposición biológica, psicológica y social muy determinante. Los guías a quienes les queda muy bien el término, gozan de un prestigio especial; conducen, arrastran, persuaden y mandan. Tienen un don excepcional que les permite captar lo que sus dirigidos piensan o desean, y descubren la manera de satisfacer sus aspiraciones. Comprenden con rapidez y perfección lo que una situación dada exige del grupo al que pertenece, y mejor que otros saben comprender la tarea y convencer a los demás, para que se entreguen a realizar su parte, para el bien de todos. El líder es una persona dinámica que contagia de vida y de entusiasmo a quienes le rodean; suscita la buena armonía e inyecta a todos el deseo de actuar. Ellos, como nadie, despiertan entusiasmo, crean corrientes de opinión; los grupos les depositan su fe.

No sobra decir que los entes que caen, por sus aptitudes, en lo descrito, se han inmortalizado en las páginas gloriosas de la historia. Ahí están, por citar sólo ocho, Jesús de Nazaret, Alejandro Magno, Gandhi, Eva Perón, Nelson Mandela, Luter King, Castro Ruz y, si se quiere, el subcomandante Marcos, limpio y generoso defensor de los indígenas, no sólo de Chiapas, sino de nuestro siempre esperanzado solar nacional.

Los líderes con la estatura destellante antes mencionada, se convierten en ejes o bastiones inconmovibles de los movimientos, de las causas o de las ideologías que representan; y lo más importante, jamás estafaron ni moral ni económicamente a quienes los eligieron y no como lo hacen algunos representantes de ciertas organizaciones, que traicionan o engañan vendiendo movimientos sindicales, o dejando de defender las aspiraciones de los representados, sólo por alcanzar una curul, o tal o cual puesto dentro de los aparatos de gobierno.

El célebre filósofo norteamericano John Heider, en su cautivante libro "El Tao de los líderes", compara la función del dirigente de masas con la de "una partera que ayuda a alumbrar una nueva vida", tal como lo hizo, diría yo, el Padre de nuestra Patria. Por su parte, el sociólogo alemán Max Weber, en su interesantísimo volumen "Economía y Sociedad", asienta que el conductor debe tener tres cualidades: "pasión, responsabilidad y mesura". Mas el consagrado historiador Félix Luna afirma que un líder sería "alguien que se hace cargo de una circunstancia crítica". Y aquí me asalta una reflexión: nuestro país que no pasa por una, sino por muchas circunstancias críticas, ¿no requerirá de un líder que nos libere de las angustias morales, económicas y sociales por las que estoicamente atravesamos?

Cualquier organización humana, sea ésta un partido político, un equipo deportivo, científico o empresarial, requiere de un líder. Por esta razón, en mi carácter de lo que soy, los maestros debemos ser líderes, a fin de que los alumnos aprendan porque tienen enfrente a un verdadero incentivador, a un suscitador de los aprendizajes, no a alguien que audazmente convierte a la pedagogía en la defensa de los mayores contra los menores. Asimismo, los gobernantes deben ser líderes, no comunes elementos prefabricados por un sistema o un partido, a fin de que respondan a la confianza de quienes sufragaron por ellos, abrigando la esperanza de que les mejoraran sus situaciones de vida.

Finalmente, si quienes asumen ocupaciones directivas y, consecuentemente, posiciones decisorias, leyeran, entre otras obras, "Los principios absolutos del liderazgo", por Philip Grosby; "El individuo y el grupo", por Henri Johannot; "Estudio de los grupos", por Josephine Klein; "El liderazgo del cambio", por James O'Toole, y "Dirección de grupos", por Franklyn S. Haiman, muy diferentes sería el tratamiento que recibieran los subalternos o conducidos.
 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas