Opinión / Columna
 
Gilberto Nieto 
La plegaria de los caídos
Diario de Xalapa
29 de septiembre de 2009

  Era una nublada mañana de jueves, nueve días después de los idus de marzo, en que imperaba una inusitada afonía acompañada de caras largas y cansadas, que transitaban consternadas bajo los pulcros acordes de la marcha Zacatecas. Ese día representaba, para muchos, la primera y más cercana experiencia de un caído allegado; aunque innegable era la distancia, su esencia no parecía tan lejana a nuestras vidas y andanzas.

Efecto tal vez de una buena operación, de los comentarios hechos por las personas con atribución sobre nosotros, o de la franqueza y calidez que proyectaba su mirada; más de un par sufría en silencio tras aquellas puertas de metal que se distinguían a la distancia, malgastadas por las divisiones entre aleaciones y argamasa. Allá, apartados detrás de un lapso de silencio que aún extingue nuestras gargantas, entre tapias y gradillas, sólo el grafito corrompía el sigilo que evidenciaba un cruel realismo, mientras que en la casualidad de una exhalación se quebrantaba la resonancia del desliz de nuestras minas.

¿Por qué no proyecta con mayor rigor la agonía que sufrió el predicador de la hacienda Corralejo de Guanajuato? A pesar de gozar sus beneficios ideológicos, ¿por qué no impacta de igual manera la partida del honorable de San Pablo Guelatao? A pesar de haber sido reconocidos bajo sus edictos, ¿por qué no incomoda el acribillado final del meridional caudillo? A pesar de desfilar en cada aniversario del movimiento.

¿Conseguiría el contexto sociocultural instituirnos a evocar, sin estimar, el actuar de los ilustres?... Así, la pluma liquidó el matiz, y con él atestó los pergaminos, mientras las velas se desvanecían y los ocasos se imponían. El recuerdo perduraba y las voces lo aclamaban, cuando por un error invernal el bienestar se esfumaba y los conocidos desmejoraban.

-Que el enemigo nos venza y nos robe, si tal es nuestro destino, pero nosotros no queremos legalizar ese atentado entregándole voluntariamente lo que nos exige por fuerza- era un reclamo que actualizaba la palabra de Don Benito, el distinguido, cuando está cegando nuestros cuellos el señuelo de los anhelos.

Pero entonces ¿qué forja un temprano individuo si en los que debiere no hay estribo? Más bien como blasón queda la palabra que en "Abdala" el Apóstol de la Habana esgrimió con tesón "... el amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la hierba que pisan nuestras plantas, sino el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca".

El sexto día del tercer mes, proclamó su palabra sin provocar, entonces, en mí repercusión... Palabras de añoranza que buscaban aquel sarape que Dios había bordado con sol y aquellas espuelas hechas con luna y estrellas, palabras valientes de una tierra libre y saciada, arropada de viejas glorias, sin agravios y futuras cobranzas, palabras que aún cuando elevadas, hoy vigentes continúan y nos dan esperanzas.

Fundaciones y aniversarios quedan mientras los errores no menguan, todos aquellos caídos en el ideal de una nación claman por despertar en nosotros esa justicia y reflexión, que sólo abriendo los ojos nos dará congruencia en nuestra labor. Dedicado con respeto y aprecio a Luis Donaldo Colosio Murrieta (febrero 10 de 1950 - marzo 23 de 1994).

gnietol@hotmail.com
 
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