Opinión / Columna
 
Arnulfo Pérez Rivera 
La más grande e importante de las empresas
Diario de Xalapa
17 de septiembre de 2009

  Si usted y yo, estimado lector, fuéramos accionistas o accionarios de una empresa; de una empresa en la que hubiéramos invertido muchísimos millones de pesos, y que además contara con un mastodóntico ejército de empleados, ocupando edificios por valor de otra mirallada de millones o billones; una empresa que tuviera determinante efecto sobre el bienestar, la seguridad y la felicidad de usted, de mí, de nuestros hijos y de nuestros connacionales y que, por si fuera poco, estuviera coyundada con la protección y el desarrollo de ciertos recursos mucho más valiosos que todo el oro, que todos los minerales, que todo el petróleo y que todos los bosques, ¿no cree usted que lo menos que deberíamos hacer es tratar de relacionarnos con los dirigentes de tal empresa y con los otros copartícipes, para estudiar conjuntamente los medios de lograr su éxito, el mayor de los posibles para la misma?

Pues bien, la empresa a que hago mérito, y más importante todavía, es la empresa de la educación. Los niños, los adolescentes y los jóvenes son el gran recurso que debe proteger y desarrollar, y los maestros y otros trabajadores son sus empleados. Los edificios escolares y sus anexos son sus locales y quienes dirigen o ejercen la política educativa son sus administradores o sus gerentes. Por esta razón, nadie debe ser indiferente a los fines que se persiguen o a la forma como se pretende alcanzarlos.

Este planteamiento, que bien pudiera antojarse fruto de una vehemente animosidad, cobra auténtico sentido y su más depurada evidencia al observar que los problemas de nuestros semejantes, que los problemas incubados en la sociedad, que las dificultades que padecemos son, en su raíz, de origen educativo o, si se quiere, por una mal impartida educación. Y para apostillar esto último, vale la pena recordar al inmenso Juan Jacobo Rousseau, cuando asienta en su Emilio: "Todo cuanto nos falta al nacer y cuanto necesitamos siendo adultos, sólo nos es dado por la educación".

El anterior aforismo explica, de lleno, el porqué la permanente preocupación por educar al hombre; el porqué del interés por orientar a los renuevos de la sociedad, y el porqué, asimismo, de las grandes inversiones presupuestarias destinadas al renglón educativo, pues éste constituye, como sabemos, el más poderoso instrumento de cambio, capaz de descolonizar mentalmente a los pueblos subdesarrollados.

Mas volviendo al ejemplo de la educación como empresa, en la que, como destaco, intervienen muchísimos trabajadores; en donde se invierten fabulosas sumas de dinero extraído del trabajo de todos los ciudadanos; en donde se procesa la materia prima más valiosa de una comunidad o de una nación; en donde, además, se cifran las más nobles y decantadas esperanzas, y en donde se empeñan las mejores reservas de un país en esta empresa, ¿podríamos decir, sin el resquemor de mentir o de ser insinceros, que todos participamos con pasión y con fe en sus propios destinos? ¿Podríamos afirmar que el producto de tal empresa es alentador, prometedor o satisfactorio?

No ignoramos que el problema de la educación es un problema asaz y complejo que hasta ahora nadie ha podido resolver, sobre todo porque en la urdimbre de su esencia interviene, con mayor o menor fuerza, una serie de factores a cual más limitador o determinante de sus resultados. La educación, en contra de lo que habitualmente se piensa, no es una tarea únicamente reservada a los educadores de profesión, a los enseñantes por encomienda, o a los sectores de la política educacional; pues si la formación de los humanos comienza con el primer vagido y termina con la exhalación del último suspiro, la influencia educadora no sólo se constriñe a las tareas propiamente escolares, sino que se inicia en la familia, se continúa en la escuela y se prosigue en la vida adulta, en cuya interrelación todos somos maestros y aprendices de todos, por virtud de que a la vez que no dejamos nunca de aprender, también no cesamos de formarnos o de deformarnos, según sean los impactos de la influencia social, pues, en última instancia, somos producto del medio en que nacimos y de la cultura en que nos desenvolvemos.

Con todo, ¿cuál es la actitud que generalmente se asume ante la educación que nuestros renuevos deben recibir? ¿Cuál es la postura que adoptan los padres, ante las dizque reformas que se hacen a la enseñanza institucionalizada? ¿De qué manera se ha procedido ante los errores que se cometen en tal o cual periodo gubernamental? ¿Qué hacen, o que hacemos los ciudadanos, al comprobar día tras día, el atraso cognoscitivo en que están sumergidos los escolares de todos los niveles, mismos que no dominan ni siquiera lo más instrumental del saber significativo? ¿Qué actitud asumimos ante el olvido que se ha hecho de la educación moral, social, estética y física, tan necesarias en la integral conformación de los alumnos? ¿Qué se hace con los trabajadores de esta importantísima empresa, que en lugar de formar deforman, que en vez de estimular desalientan, y que a diferencia de potenciar las riquezas originales de los alumnos, las subsumen o las retrasan?

Pero ¿por qué la empresa de nuestra educación no se ha desarrollado con la misma intensidad con la que se han desenvuelto las empresas escolares de los países altamente evolucionados? No sobra decir que en estos países, los padres de familia, los maestros, los profesionales de las diversas ocupaciones y los trabajadores en general no son ajenos a la confección de los planes y de los programas de estudio, y menos aún, a los estilos o modelos pedagógicos. Ellos sí saben que la más importante de las empresas es la empresa de la educación; y felizmente se ha entendido así, habida cuenta que de esta empresa depende no sólo la progresiva comodidad de las generaciones del presente, sino de las que en sucesión continua heredan el legado supremo de la cultura.

Si entre los recursos existentes que se manejan en toda empresa (humanos, financieros, materiales y técnicos), son los humanos los más valiosos, ¿no cree usted, carísimo lector, que todos deberíamos estar atentos al desempeño de los trabajadores y de los dirigentes de esa empresa en la que todos, querámoslo o no, somos dueños de una o varias acciones?
 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas