Comunidad y Cultura Local
La OSX, hoy en Teocelo
Concluye la programación itinerante de la Orquesta. Foto: Diario de Xalapa
Diario de Xalapa
3 de julio de 2009

Jorge Vázquez/Diario de Xalapa

Xalapa, Veracruz.- Hacia la recta final de su programación itinerante, la Orquesta Sinfónica de Xalapa se presenta esta noche en la iglesia de La Asunción, en la hermosa ciudad de Teocelo.

Dará inicio a las 20:30 horas y el programa que se anuncia es el siguiente: Sensemayá de Silvestre Revueltas; Octava sinfonía, conocida como "Inconclusa", de Franz Schubert; Rapsodia rumana de George Enesco, Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel y el Danzón número 2 de Arturo Márquez.

La dirección será el titular de la OSX, el maestro Fernando Lozano. Con esta actividad, el personal artístico de la Sinfónica de Xalapa cierra su jornada correspondiente a la primera mitad del año y disfrutará de merecidas vacaciones.

CANTO PARA MATAR UNA CULEBRA

Sensemayá fue escrito sobre un sorprendente poema de Nicolás Guillén, de rítmica poderosa, que pertenece a la colección West Indies, Ltd., serie de diecisiete poemas publicada en 1934. La repetición de palabras y frases, a la manera de la música afroantillana, se encuentra palpitante en esta creación que nos remite directamente a los rituales de la santería caribeña.

De acuerdo con la apreciación de Lorna V. Williams en torno de la poética afrolatina, "en las composiciones verbales que son cantadas, a veces resulta más importante el sonido que el sentido... y para muchos escritores del Nuevo Mundo de la generación de Guillén, la separación lírica entre sonido y sentido llega a simbolizar la naturaleza del hombre africano".

No cabe la menor duda de que Revueltas tenía en mente un concepto muy semejante cuando decidió escribir Sensemayá. Sonido y sentido ocupan un sitial perfectamente definido en esta breve partitura que, además, contiene el estilo característico del autor, con una impresionante rítmica que se ajusta a la de la creación literaria, y que inicia con un hipnotizante tema a cargo del clarinete bajo. Esta voz, que no se perderá a lo largo de la totalidad de la pieza, es secundada por un solo de tuba que inicia el desarrollo propiamente dicho. Revueltas parte de este elemental inicio para construir una partitura llena de altibajos, acentos y cambios en la dinámica. Finalmente, y luego de una brevísima pausa, el poderoso y cortante final nos remite a la muerte de la culebra.

LA RAPSODIA RUMANA

El compositor rumano George Enesco (Enescu, en su idioma) es otro de los grandes desconocidos de la historia de la música del siglo XX. Poseedor de un talento prodigioso, destacó como creador, violinista, pianista, violonchelista y director de orquesta. En Estados Unidos, sin embargo, se le conoció más como director, considerándosele en Nueva York como el sucesor de Toscanini.

Si la aseveración de Pablo Casals en el sentido de que Enesco era "el músico más asombroso desde Mozart" puede sonar un tanto exagerada, tomemos en cuenta que este músico poseía una formidable memoria musical que curiosamente funcionó en su contra. Sus múltiples actividades como profesor, concertista y promotor fueron factores que contribuyeron a la pérdida de una parte importante de su obra, ya que se sabe que ideó e interpretó mucha música que nunca llegó a escribir sobre el papel.

Aunque residía casi permanentemente en París, viajaba con frecuencia por América y Europa, y regresó a Rumania para permanecer allí durante toda la Segunda Guerra Mundial. En 1946 abandonó Bucarest para ejercer como profesor en Nueva York. Murió el 4 de mayo de 1955 en París.

La Rapsodia rumana número 1 se estrenó en febrero de 1908, en París. A propósito de la música de su país, Enesco solía decir que Rumania no era una nación eslava sino latina, que conservaba su carácter como tal a pesar de su tamaño reducido y de estar rodeado por comunidades de extracción eslava o teutona. Afirmaba que la música rumana tenía sus raíces en los cantos populares de la India y Egipto, traídos por gitanos que llegaron como siervos de los conquistadores romanos. A ello atribuyó aquel sabor "tan bello como peculiar" de un folclor que siempre le fascinó.