Opinión / Columna
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Clemente Landa Domínguez
La costumbre de la mentira
Diario de Xalapa
26 de junio de 2009
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Uno de los episodios más conocidos de la vida del enorme filósofo, escritor y dramaturgo francés Jean-Paul Charles Aymard Sartre fue cuando rechazó el Nobel de Literatura. Sartre vio la extrema politización por aquella época en las asignaciones del premio, por eso lo rechazó, escribiendo a la academia que los lazos entre el hombre y la cultura deberían desarrollarse directamente, sin pasar por las instituciones.
Sin embargo, hay otra parte menos conocida de este hecho. En una entrevista que la revista francesa Le Nouvel Observateur le hizo a Sartre en 1964, este recordó el rechazo y comentó: "El mundo del dinero y las relaciones con el dinero son siempre falsas. Rechacé millones y me lo reprochan, pero al mismo tiempo me explican que mis libros se venden más, pues la gente se pregunta ¿quién es este mentecato que escupe sobre semejante suma? Mi gesto, pues, va a reportarme dinero. Es absurdo pero no puedo hacer nada".
Detrás de pensamientos profundos, como los de Sartre, existen miles de banalidades dispuestas a tomar sus lugares: deseos colectivos, necesidades comerciales y expectativas estéticas. Sartre, sin saberlo, fue víctima de una de las técnicas favoritas de la mercadotecnia: rechazar para ser aceptado.
La masa es un grupo amorfo de individuos desconocidos entre sí, sin relación alguna, salvo compartir los mismos bienes de consumo. En este grupo, carente de individualidad y libertad creativa, la gente está controlada y llena de falsas necesidades, por eso cuando alguien desea ser reconocido como excepcional, se ubica como un rechazado, como alguien que va en contra de lo establecido, como si fuera un verdadero revolucionario. Es algo tan sencillo que parece inocente, pero en eso radica su perversión, en la estólida perfección con que interpretan su juego.
El mejor ejemplo lo observamos en las campañas para la próxima elección. En cada poste de esta ciudad hay una foto que parece tan veraz, con una indignación tan pura ante la pobreza y la injusticia que casi le creo que quiere ser diputado para bajarse el sueldo y regalármelo. En las calles hay botargas bailando reggaetón repartiendo volantes de un candidato que pide más cultura. En los medios hay anuncios que no son falsos, como no son falsos Santa Claus o Sancho Panza, aun cuando sean personajes de ficción, lo malo es que a aquellos sí les creo.
Es por eso que ahora los jefes de las campañas políticas no son politólogos, sino mercadólogos, encargados de llenar las mentes con la morralla de sus promesas, pues en un país donde no conocemos algo mejor que la costumbre de vivir a medias, donde la gente vale por su dinero, donde los niños son educados por la televisión, lo más lógico es pensar que estamos esperando alguien con una imagen de redentor y las cámaras de televisión siguiéndolo en todo lo que hace.
Filósofos como Sartre pueden darse el lujo de rechazar millones en un premio y después sufrir por recibir más. Es una especie de causa y efecto: su sincero cinismo le traía beneficios económicos que su orgullo no podía aceptar, lo cual aumentaba su melancolía. Pero para un pueblo como el mexicano, este karma no resulta tan benéfico, pues nos deja con personajes encargados de manipular sin titubeos nuestras costumbres y decisiones, cuya principal costumbre es vivir en la mentira.
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