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Opinión
![]() Federico Ling Altamirano
No es más que un rato pequeño (tercera y última parte)
Organización Editorial Mexicana
9 de mayo de 2009
Hemos entrado a la recta final de la Legislatura LX de la Cámara de Diputados y el ambiente comienza a tener un sabor de nostalgia y una luz crepuscular que nos deja leer, sin embargo, la famosa frase del filósofo: "no puede ser largo lo que tiene que acabar". Y el 31 de agosto la encomienda que el pueblo dio a los señores legisladores habrá terminado. Los próximos cuatro meses serán legislativamente interesantes sólo para quienes integran la Comisión Permanente del Congreso. Será tal vez interesante y hasta emocionante para quienes decidieron solicitar licencia y jugar alguna candidatura de las muchas que hay en competencia en julio.
Para los demás, habrá llegado el momento de la reflexión y del balance de su actuación. La gran mayoría de ellos tendrá esa sensación de "saludo y despedida", combinada con la natural nostalgia de haber ocupado, aunque sea una sola vez en la vida, un puesto público tan lleno de brillos y tan colmado de sombras. Para otros la simple frustración del que nunca dio que decir, y tiene que llamar a uno de los fotógrafos oficiales para que les tome una foto en la tribuna pero con el salón vacío y así poder mostrar en el futuro a amigos y parientes que él o ella tuvo realmente el cargo. Para unos cuantos habrá sido "la más alucinante aventura en la vida política personal", como decía mi amigo Juan José Hinojosa, quien fue cuatro veces diputado federal, incluyendo dos triunfos por mayoría. Sin embargo, aún para ellos ha faltado el elemento continuidad que puede ocasionar carreras parlamentarias provechosas y hasta brillantes. Sin embargo la discusión acerca de la reelección de legisladores se ha prolongado ya demasiado tiempo. El asunto permanece como hechizado desde hace más de cuarenta años, cuando fue discutido en los años sesenta. Los argumentos principales siguen vigentes tanto a favor como en contra: (reelegir gente de talento, sí; reelegir nulidades, no). Existe entre algunos analistas cierto escepticismo acerca de que sería el pueblo el que realmente decidiera si alguien merece la reelección, ya que nuestra democracia es todavía frágil pero algunas corrupciones y abusos ocurren de manera vigorosa. Asimismo, nadie discute la creciente necesidad de tener profesionales y especialistas para asesorar a quienes no estarán "más que un rato" como diputados o como diputadas. Poder tener conocimiento, memoria y proyectos vivos que pasen de una legislatura a otra y llegar a tener verdaderas políticas de Estado. De otra suerte, los dueños de las curules tendrán que adiestrarse en cursos relámpago en las materias más disímbolas como la tecnología del agua, o de los alimentos, o del petróleo, o de las exportaciones, o la industria manufacturera, o de medicina y epidemias, o de relaciones internacionales, o de comunicaciones, o de materia fiscal, o de educación, o de deportes, o de todo junto. El temor a que se enquisten "bribones brillantes y además con experiencia" hace que se paralicen los esfuerzos en el sentido descrito. No discutiré, por supuesto, si hay razones para esos temores y escepticismos; lo doy por hecho. Pero no pueden ser nuestra guía y nuestra inspiración para adoptar algunas reformas que se han vuelto impostergables. Un poco de optimismo he obtenido durante estos días de epidemia en el DF y en varios estados viendo el comportamiento de la gente. Las cualidades de los mexicanos parecen aflorar en momentos difíciles en que la solidaridad humana y social se hace indispensable. Estos días he recordado las escenas del terremoto de 1985. Algo quedó de aquella solidaridad y toda proporción guardada, algo quedará de la experiencia ampliamente compartida durante el peligro epidemiológico. Resumo brevemente lo dicho en estas tres colaboraciones: primero, el periodo que dura cada legislatura de diputados federales y locales resulta demasiado breve, especialmente para quienes podrían aportar más; segundo se necesita la profesionalización de legisladores y asesores, por lo menos, para mantener la continuidad en niveles altos de calidad y seguridad; tercero, se deben ya ir tomando acciones legislativas para permitir, aunque sea de manera limitada la reelección; se debe reducir el número de legisladores para hacer las Cámaras de Diputados y Senadores menos costosas para el pueblo y, sobre todo, conscientes de su propia dignidad, los propios miembros del Poder Legislativo deben dar ejemplo de mejores "usos y costumbres" para que esta eminente profesión sea valorada plenamente. Mientras esto ocurre, observo que los legisladores salientes, junto con los entrantes, y aún los candidatos han de recordar desde el principio de la gestión que el gusto y el honor, aún bien merecidos en muchos casos, no dura más que un rato. Es una variante de la inmortal obra de Calderón de la Barca, "La Vida es Sueño" y los sueños como la vida sueños son. Columnas anteriores
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