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Opinión
![]() Federico Ling Altamirano
No más que un rato
Organización Editorial Mexicana
25 de abril de 2009
(Primera de tres partes)
Estamos a unos cuantos días de que se termine abril y con éste, el período ordinario de sesiones del Congreso de la Unión. El ambiente es apresurado y álgido en ambas cámaras federales; pero con una diferencia importante. Para muchos de los señores diputados y señoras diputadas, esta legislatura habrá sido un brevísimo período de salutación y despedida. En efecto, si repasamos el diario de los debates, veremos que sería inútil tratar de espigar un buen discurso de todos y cada uno de los integrantes del pleno en el Palacio de San Lázaro. Habrá algunos con varias intervenciones de la más alta calidad; muchas otras de una conmovedora mediocridad y también suele haber, cada tres años, quienes se van inéditos. Ni intervenciones buenas ni malas; simplemente cero. Para lo anterior hay muchas razones; entre ellas destaca el agobio del número de diputados y de diputadas que actualmente existen y llega a 500. Para saber por qué están las cosas así, habría que narrar una larga historia y contar el período en que se creó el sistema de diputados "de partido"; una forma no muy fértil, en el sentido democrático, para evitar el abuso absoluto en el que un partido ciertamente dominante en toda la república (digamos con el 80 por ciento de los votos) se llevara el 100 por ciento de los diputados. Para ganar una sola mayoría, se tenía que combinar un esfuerzo heroico de la oposición (durante mucho tiempo sólo el PAN) y una mala postulación del Partido-Gobierno (léase el PRI), y aún así se daban solamente cinco o seis casos en todo el país. Esto siguió así hasta el año de 1984. A partir de entonces, el número total de curules en la llamada cámara baja comenzó a subir de 190 a 220. No explico el método de asignación de las mismas, porque fue algo efímero. Ya no se usa, desde luego. Y de los escaños en la Cámara de Senadores no hay nada qué decir hasta el año de 1991. Mientras tanto, seguía siendo "cuartel de invierno de nulidades políticas y almácigo de generales". Ocurrió que en 1979 el número de diputados volvió a aumentar, para darle cauce a un sistema mixto entre mayorías relativas y representación proporcional. El número inicial de diputados, bajo este concepto, fue de 100 que se agregaron a los 300 de mayoría relativa. La historia puedo contarla desde varios ángulos, porque me tocó ser de los 39 plurinominales panistas que se agregaron a las cuatro mayorías que obtuvimos ese año. No cabíamos físicamente, ni institucionalmente en el tradicional palacio de Donceles, así que se aprovechó el auge petrolero y la fallida "administración de la abundancia" de López Portillo para estrenar el imponente recinto de San Lázaro. De paso, se aumentó de 400 a 500 el número de representantes populares. Para dar cauce a una más justa distribución de curules y para poder alojar corrientes "minoritarias, pero auténticas" de grupos, asociaciones cívicas y partiditos familiares, en el ánimo de ser plurales e incluyentes. Como se ve, no todos los tiros han sido acertados; algunos han salido mal. Por ejemplo, los costos económicos. Ya se sabe que el mejorar nuestra incipiente democracia, incluso el salir de la "Dictadura Perfecta", que denunciara hace no más de 20 años Mario Vargas Llosa, ha conllevado costos económicos muy grandes; incluso, exagerados. Pienso no solamente en lo que ganan los funcionarios de elección popular y que van desde humildes regidores hasta sobresalientes senadores; amén de lo que cuesta la credencial para votar con fotografía, los padrones digitalizados; los sueldos de los señores consejeros del IFE y de otras instituciones autónomas que hace tiempo no existían. Pero estaba hablando de las razones de la menguada y desmedrada participación de los legisladores. Todos sufren o hemos sufrido de la falta de profesionalización y la poca duración del cargo. A saber: el primer año se aprenden las reglas del juego; las líneas generales del proceso legislativo; tomar posesión de las oficinas y saber dónde se cobran las dietas y las prestaciones; boletos de avión, ayudantes, etc. El segundo año es cosa de preparar iniciativas de ley, intervenciones en tribuna, cabildeos, asistir a las juntas de trabajo de las comisiones y comenzar a soñar que el futuro será bueno. El tercero y último año se actúa entre la comodidad y el sobresalto: Entre "el gusto de haber sido y el dolor de ya no ser". Entre bendecir a la política mexicana, que nos permitió de una u otra manera ser diputados, y el maldecir que no haya reelección, y tenerle envidia a los senadores que ganan más y duran el doble. Pero de esto hablaré, de la reelección y otros temas, en las siguientes colaboraciones. Mientras, corren los últimos días del período ordinario de sesiones. Columnas anteriores
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