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Opinión
![]() El agua del molino
Raúl Carrancá y Rivas
Pan amargo a los gobernadores
Organización Editorial Mexicana
7 de agosto de 2008
Ahora sí que en vez de darles una sopa de su propio chocolate les dieron pan de su propio PAN o pan del ajeno. La regañada a los gobernadores fue contundente: les falta coraje, les dijo el Procurador General de la República, en el combate contra el crimen organizado. Y ni cortos ni perezosos algunos de los regañados pidieron estudiar la posibilidad de la cadena perpetua para los plagiarios. El trágico caso del adolescente (casi niño) Fernando Martí fue el detonador de ello. Espantoso crimen al que hay que agregar una larga lista que abruma. El hecho es que al Estado, en concreto al gobierno y desde hace ya tiempo, lo rebasó la llamada delincuencia organizada, como se sostiene en los más altos niveles de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. En la especie algunos datos son reveladores. También en los más altos niveles oficiales se dice que la operación para aniquilar al crimen organizado evidencia carencias graves, por ejemplo en la Procuraduría General de la República. Observación que hace pensar en si el Ministerio Público Federal tiene la responsabilidad legal y jurídica de esa operación, ya que el artículo 21 de la Constitución le asigna exclusivamente "la investigación y persecución de los delitos" (en rigor de las acciones que implican probables delitos que deberá calificar sólo un juez). Y al efecto se ha recurrido a una "limpia" en la Procuraduría General de la República, en medio de la sospecha de una mala coordinación entre ésta y la Secretaría de Seguridad Pública federal. Menudas soluciones: regaño, "limpia" y posible cadena perpetua aparte de una abominable reforma constitucional (salvo lo concerniente a los juicios orales) en materia penal. Todo sobre el papel y en el discurso. O sea, se trata de meros mecanismos de forma, de aparatosa amenaza, de anuncios muy anticipados y lejos, lejísimos, de la específica realidad. ¿Por qué? Porque el regaño es la confesión expresa de una política ineficaz en la materia; la "limpia" lo mismo; y la cadena perpetua es una pena que por su falta de ejemplaridad y en consecuencia de utilidad, aplicada con resultados relativos en otros países, particularmente en los Estados Unidos, no inhibe ni inhibirá a los plagiarios ni acabará con las causas determinantes de su terrible acción.
La gran pregunta, entonces, es qué hacer. La respuesta no es fácil. Lo difícil es asimilar el elogio insubstancial, probablemente condicionado por una lealtad carente de objetividad. En Ecatepec, Estado de México, el dirigente nacional del PAN sostuvo que el Presidente Calderón "está dando una lucha valiente, necesaria para el desarrollo del país y para proteger la dignidad de la vida de todas las personas". Yo no dudo que sea una lucha valiente e incluso de buena fe, pero equivocada y por lo tanto no redunda en beneficio del país. Los argumentos para afirmar lo anterior crecen día con día y llegan al escándalo numérico del que dan debida cuenta los medios de comunicación. Si no es una batalla perdida para el gobierno, tampoco es una batalla ganada; y va careciendo de sentido, poco a poco, el discurso manido que anuncia y declara el triunfo. La prueba de lo contrario es categórica. Es impostergable, pues, un cambio de estrategia. Lo que pasa es que hay intereses muy poderosos a los que conviene una política como la del Presidente Calderón. Alguien la ha llamado "política criminal de revolver el caldo": dizque con las nuevas y discutibles reformas penales desde el espacio de la misma Constitución, con la severidad o endurecimiento de las penas y con la presencia militar que deja, quiérase que no, un saldo sangriento en ambos bandos. Camino sinuoso que no ha llevado a nada hasta el momento. Pero si éste no es el camino, ¿cuál lo es entonces? ¿Será cierto que los gobernadores son culpables de lenidad? ¿El gobierno federal no se les puede imponer? Inculpar a aquellos, lo que hizo el Procurador General de la República, no es sino la manifestación de un fracaso en la proporción que sea. Y en el mar proceloso de la inseguridad creciente no se vislumbra siquiera una salida, pero sí una reflexión. Es evidente que se han coludido policías y delincuentes, que la autoridad ha sido permeada por el crimen organizado o desorganizado tejiéndose a su alrededor una compleja red de intereses turbios y complicidades mafiosas. Hay que comenzar por aquí destejiendo lo infamemente tejido y sin buscar en cambio la puerta falsa de una represión disfrazada de penas duras, de reformas y más reformas llenas de grandes errores, aprobadas al vapor entre un desconcierto plagado de ignorancia mal disimulada por la solemnidad. Columnas anteriores
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