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Barroco
La república de Juárez bajo el pincel de la oposición
La Constitución de 1857 dio tanta lata que nunca faltó el gato que la quiso comer. Las caricaturas fueron tomadas del libro Una página en la historia bajo el pincel de la oposición, de Carlos Mújica.
Diario de Querétaro
4 de agosto de 2008
Carlos Mujíca
Querétaro, Querétaro. La caricatura política en México nació de la censura y la necesidad de comunicar mediante imágenes grotescas lo criticable de la sociedad y su gobierno. La era de Juárez fue de libertad plena a la prensa y las caricaturas fueron utilizadas como balas de tinta para atacar a los rivales políticos, pero también ayudaron a orientar a la gente sobre los destinos del país y las actitudes de sus gobernantes. El lenguaje de las caricaturas suele resaltar los defectos físicos de los personajes para indicar una perturbación de orden moral y utilizan figuras para representar una idea. Las caricaturas mexicanas del siglo XIX pretendían, además, transmitir un doble efecto humorístico en el espectador cuando las acompañaban de versos satíricos. El presidente Benito Juárez no podía escapar de la pluma de los caricaturistas. Constantino Escalante, Santiago Hernández y Alejandro Casarín fueron sin duda sus más fanáticos e ingeniosos dibujantes, que dejaron su perdurable huella en La Orquesta, La Tarántula y El Padre Cobros. Ninguno de ellos debía su aprendizaje artístico a la Academia de San Carlos, más bien tomaron lecciones de los periódicos de vanguardia con caricaturas provenientes de Francia e Inglaterra. La primera de las caricaturas sobre Benito Juárez aparecida en La Orquesta -y en cualquier otro periódico- fue la realizada por Constantino Escalante (bajo el seudónimo de Tolín) el 9 de marzo de 1861, a tan sólo dos meses de su regreso triunfal a la ciudad de México. Por entonces, el país atravesaba una penosa situación económica provocada por la inestabilidad política, que venía arrastrando desde tiempos de la independencia, y por la dolorosa guerra de Reforma. Para remediar la situación el presidente Juárez y su ministro de Hacienda Guillermo Prieto deciden aplicar medidas impositivas, que de inmediato provocaron una severa reacción por la prensa liberal. Escalante atacó con numerosas caricaturas en las que presenta al gobierno, con un Juárez un tanto iluso, burlándose del pueblo. Para abonar más a la crisis, la elección presidencial del 11 de junio dio como ganador a quien hasta antes había gobernado por decreto, es decir a Benito Juárez. Algunos periódicos mostraron cierta indignación, La Orquesta concedió al presidente electo el beneficio de la duda. Escalante apeló a la conciencia del pueblo en una caricatura publicada unos días antes de la elección. La tormenta arreció, Juárez declaró la suspensión del pago de la deuda externa, contraída con Inglaterra, Francia y España, lo que motiva a esos países a romper relaciones con México y a amenazarlo con entablar una guerra. Entre diciembre de 1861 y enero del siguiente año, las flotas de Gran Bretaña, España y Francia desembarcan en Veracruz para exigir el pago de los adeudos. Pronto las dos primeras naciones convienen con el gobierno de Benito Juárez la suspensión temporal de los pagos, no así la tercera que de inmediato ordena a su ejército iniciar las hostilidades. La Orquesta por su parte hace a un lado sus diferencias con el régimen de Juárez y llama a los mexicanos a unirse contra los invasores. Constantino Escalante sigue las huellas de las tropas mexicanas en Puebla y dibuja a carcajadas la derrota francesa en la batalla del 5 de mayo. Estaba el estruendo de las bayonetas francesas, cuando los sempiternos monarquistas mexicanos, encabezados por José María Gutiérrez de Estrada y Juan Nepomuceno Almonte, ofrecieron a Fernando Maximiliano, archiduque de la casa de Habsurgo, el Imperio mexicano. Luego de aceptar, bajo la creencia de que el ofrecimiento estaba respaldado por la voluntad popular, el archiduque y su esposa Carlota de Bélgica llegan a México en los primeros meses de 1864 para instaurar el Segundo Imperio. Para sorpresa y desatino de los conservadores, el proclamado emperador Maximiliano de Habsburgo adopta el programa liberal y nombra como ministros a varios liberales moderados. La Orquesta exhibe estas inauditas diferencias, Escalante hace lo propio presentando al presidente Juárez extrañamente confabulado con el Imperio para sepultar a la reacción, al mismo tiempo que celebra su resistencia patriótica en contra del imperialismo. Para restablecer el orden constitucional, Benito Juárez convocó a elecciones el 18 de agosto de 1867. La convocatoria incluía un plan de reformas a la Constitución del 57, entre otras; restablecer el Senado, conceder al presidente facultad de veto ante las disposiciones del Congreso y devolver al clero sus derechos cívicos. En cierta forma la convocatoria era la plataforma de donde despegaría el proyecto político de Juárez, pero a ojos de La Orquesta -como al de la oposición entera- esta tenía tintes autoritarios y electoreros, pues además se convocaba a un plebiscito para que la votaran. No habiendo prosperado esta fórmula, Juárez envió la iniciativa al Congreso y este la desechó. Escalante plasmó la idea de que la convocatoria era un disfraz a las ambiciones de poder de Benito Juárez. La simulación quedó retratada en la imagen de un gato que representa una marrullería o un engaño político, parado sobre una aceitera que significa la facultad de veto del presidente, acechando a la Constitución y protegido por el "paraguas de las facultades extraordinarias". Durante la era del liberalismo triunfante, la Constitución de 1857 se había convertido en el "libro sagrado" para la oposición y censuraba que el gobierno de Juárez estuviera apartándose de su espíritu. La Orquesta no cesaba de acusar a Juárez de convertir la presidencia en una "dictadura constitucional". Luego de la muerte sorpresiva en 1868 de Constantino Escalante, le sucede como caricaturista de La Orquesta Santiago Hernández, quien pronto se puso a la par de su antecesor en humor y picardía política. Él retrató por vez primera los vicios del autoritarismo del presidente Juárez y sus Ministros y dibuja a sus miembros caminando hacia la dictadura. A pesar de los ataques de la prensa de oposición, la figura de don Benito Juárez parecía inmune a las críticas. Su gloria alcanzada durante las guerras de reforma y de Intervención lo colocó en el umbral de la historia patria. Para contrarrestar el efecto adormecedor de la imagen de Juárez la prensa satírica alzó la pluma contra sus ministros y aun más contra Sebastián Lerdo de Tejada, quien fuera ministro de diversas carteras en el gobierno de la República y presidente de la Corte Suprema de Justicia, pero sobre todo depositario de la confianza de Juárez; por lo que le atribuyen una excesiva influencia sobre él y de esconder detrás del trono oscuras ambiciones de poder. Las caricaturas de Santiago Hernández en La Orquesta y de Alejandro Casarín en La Tarántula muestran una asociación perversa entre Juárez y Lerdo para preservar el poder y dirigir los destinos de la nación. A pesar de que la reelección presidencial estaba tácitamente prohibida en la Constitución de 1824, la del 57 no le ponía ningún freno. Las ocasiones en que se suspendió el orden constitucional, por motivo de la guerra de Reforma y la intervención extranjera, Juárez resguardó en su persona el poder Ejecutivo y lo llevó por donde marchó su carruaje. Restablecida la legalidad de la República en 1861 y posteriormente en 1867, el presidente errante convocó a elecciones para normalizar el régimen constitucional; sin embargo, los procesos electorales estuvieron rodeados de escándalos políticos. En ambos casos Juárez se presentó como candidato y enfrentó a Jesús González Ortega y a Porfirio Díaz. El prestigio de Juárez fue mayor y derrotó a sus contrincantes, pero los procesos dejaron en la prensa de oposición un hálito de sospechas que la reelección del mismo presidente en 1871 les terminó de confirmar: Juárez se había apoderado de la silla presidencial. Santiago Hernández y Alejandro Casarín, quien para 1871 ya dibujaba para El Padre Cobos, fueron implacables: la silla presidencial, a semejanza de trono real, representaba la sed de poder que tenía enfermo no sólo al presidente Juárez sino también a sus contrincantes. No obstante que el presidente Benito Juárez fue defensor y promotor de la libertad de imprenta, la prensa de oposición se mantenía alerta al más mínimo signo de coerción del gobierno a su libre expresión. Motivos fundados existieron, en mayo de 1868 y luego en enero de 1870, el Congreso otorgó al presidente facultades extraordinarias en ocasión de la violencia que cundía en el país y que Juárez aprovechó para suspender brevemente la libertad de Imprenta. Fueron, sin embargo, momentos excepcionales que no fundaron una era de represión y que a la prensa sirvieron de acicate para la defensa de sus derechos. Atrincherado el gobierno contra la abrumadora crítica, trató de defenderse subvencionando publicaciones que le eran afines, pero la prensa opositora fue inclemente: Santiago Hernández y Alejandro Casarín no pararon de exhibir esta jugarreta. La paz juarista fue perturbada por revueltas armadas que estallaron en diversos puntos del país, que el gobierno hubo de reprimir inexorablemente. El ministro de Guerra del presidente Juárez, Ignacio Mejía, y los generales adictos al régimen Ignacio Alatorre, Sóstenes Rocha y Mariano Escobedo sometieron a sangre y fuego a los tantos rebeldes que produjeron las guerras de Reforma y de Intervención. Tal era la amenaza, que el 13 de abril de 1869 se decretó la creación de una policía rural encargada de aprehender por igual a bandoleros y sediciosos. Para colmo, la reelección del presidente Juárez incitó los ánimos guerreros de Porfirio Díaz y se pronunció contra el gobierno mediante el Plan de la Noria. El levantamiento fue sofocado, no así la prensa de oposición que se vio aun más exaltada. Santiago Hernández, en La orquesta, dibujó la alegoría de la paz juarista sostenida por las armas del dinero y las bayonetas. Al iniciar el fatídico año 1872, el régimen del presidente Benito Juárez se deteriora. Su prolongada y obstinada presidencia va cediendo paulatinamente a la oposición de la pluma y la bayoneta, al punto que el presidente pide al Congreso poderes plenos y la suspensión de las garantías individuales y, por consiguiente, la ley de imprenta. Santiago Hernández, más cruel que antes, aglutina, como pústulas de viruela, los rostros de los políticos juaristas en la cara de una patria enferma, cuya nariz es el retrato de Benito Juárez. La salud de don Benito también empeora. En marzo sufrió un ataque al corazón, que se repitió el 8 de julio. Aunque pareció recuperarse, el 18 de ese mes recae con fuertes dolores en el pecho para después sucumbir ante la muerte. Su deceso estremeció hondamente al país. La prensa de oposición también le guardó luto, y no sólo eso, Santiago Hernández, en su cartón "¡¡¡Gloria a Juárez!!!" del 24 de julio, le hace su primer monumento de la historia bajo los ideales de la Reforma, entre los que destaca la libertad de imprenta. En efecto, a la muerte de Juárez, México era una nación soberana que gozaba indudablemente de una prensa libre. La silla presidencial también se cubrió de luto, pero Sebastián Lerdo y Porfirio Díaz muy cerca de ella estaban listos para ocuparla. |
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