Barroco
Extraña levedad la existencia entre proverbios y cantares de Machado
Diario de Querétaro
4 de agosto de 2008

Redacción

Querétaro, Querétaro. Dice uno de los mejores poetas del mundo (Antonio Machado, Bruguera, 1984), Nunca perseguí la gloria / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción. Pero, ¿cómo no dejar huella, cuando su poesía se estampa en la memoria de sus lectores? ¿Cómo puede pasar su voz entre la luz del tiempo y no hacerse presente? ¿Cómo no hacerlo, si de levedad que es palabra se hace la existencia que no se conforma con la cotidianidad?

Vayamos por partes, una cosa es el poeta y otra su poesía. Cada quien es lo que hace, lo que crea. Pero -aún así- el cuerpo se pudre, se queda o se va, acción o inacción que al final es lo mismo: quedarse en la tumba inmóvil o irse al olvido veloz.

¿Qué pasa con los proverbios y cantares de Machado? ¿A dónde se fueron? ¿Dónde está su huella? Es decir, más allá de la parte que canta Serrat, ¿dónde están sus poemas? Alguien podría contestar que en los libros que se reeditan y se venden y se leen y se disfrutan y se guardan y se sacan y se vuelven a leer y, en fin, en esas páginas llenas de tinta y miradas hechas de papel. Es cierto, tienen razón, pero la pregunta es: ¿Dónde están la huella del poeta? ¿En los libros? ¿En los lectores? ¿En las cátedras donde se enseña su obra? ¿En los recitales donde se lee una y otra vez, con intervalos de música flamenca?

Mientras intentamos contestar, veamos otros proverbios y cantares del poeta: "Ayer soñé que veía / a Dios y que a Dios hablaba; / y soñé que Dios me oía... / Después soñé que soñaba". ¿Acaso no es sueño la huella que vemos en la palabra? ¿No es sueño la palabra que hace huella? Dios mío, estás también en la poesía, en la palabra, en la lectura, en la huella que queda después de haber leído a Machado. ¿Cómo no dejar huella, sangre, polvo, voz, si pensar hace a los días oscuridad, y a la noche luz? ¿Cómo puede morirse el poeta para siempre? ¿Cómo, si Dios se le apareció en los sueños y en los sueños le habló? ¿Cómo puede irse un sueño que está soñando que está viviendo?

Por eso es necesario tener en cuenta lo que nos dice: "Caminante, son tus huellas / el camino, y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante, no hay camino, / sino estelas en la mar". ¿Qué más puede hacer el hombre sino caminar, hacer caminos, soñar que hace caminos? La vida no está frente a nosotros, la llevamos en los pies, en las manos, en los ojos, en la voz. A veces la dejamos en los hijos, en las semillas, en los poemas, pero no la dejamos toda, algo nos llevamos con nosotros. Algo se va para siempre, quizá demasiado, entre las huellas que fueron estelas en la mar.

No hay que regresar, nos dice entre sus cantares, no hay que dejar de caminar, no hay que dejar de soñar. Que se regresen los que dejaron algo en la vida. Que se regresen los que no se atreven a seguir caminando, los que se han estacionado en un día de triunfo y ahí esperar morir. Que se regresen los que no sueñan porque están muy ocupados en no soñar. Que atesoren las sombras los viajeros que han muerto de insolación, de silencios; o los que no han hablado, los que no saben o no quieren hablar. Pero no los poetas, no los lectores de poesía, no los vivos que mueren cotidianamente y siguen caminando, acostumbrados atener que luchar con los otros muertos: los que se han resignado a ser sólo cadáveres que respiran un tiempo en el que sólo son espectadores.

El poeta dijo: "Fe empirista. / Ni somos ni seremos. / Todo nuestro vivir es emprestado. / Nada trajimos; nada llevaremos". Y qué razón tenía. Alguien puede decir que eso ya lo han dicho otros, sí, sí, pero qué importa, también lo dijo Machado y los que lo hemos leído, nos lo dijo él. Nos lo dijo su poesía, su voz. Pero hay algo que podemos llevar mientras caminamos, hay algo que nos puede sacar de la fosa en la que nos creemos: la poesía. La poesía que nunca está completa, la que se mueve en nosotros, la que siempre espera nuestra voz.

Pero, qué con aquellos que se resisten a dejar sus días de triunfo. Qué con los que atesoran como desesperados y desesperados viven como si nunca fuerana morir. "¿Dices que nada se pierde / y acaso dices verdad, / pero todo lo perdemos / y todo nos perderá". Porque no hay nada aquí que sea para siempre, ni siquiera nosotros. Si pudiéramos llevarnos a la tumba lo que más quisiéramos, qué nos llevaríamos: ¿riquezas, seres amados, recuerdos? Yo, tal vez, me llevaría a Dios. Me lo llevaría para no estar solo. Para que ambos nos hiciéramos compañía. Y quizá con el tiempo, después de estar enterrados, los dos seríamos distintos: él, un Dios hecho de oscuridad; yo, un lector hecho de polvo de palabras.

Pero no hemos contestado en dónde está la huella del poeta. Y tal vez nunca lo sepamos a ciencia cierta. Porque las preguntas tienden a sembrar respuestas, pero las respuestas nacen, crecen, maduran, caen de los árboles y si nadie las recoge se pudren. Las respuestas sirven para alimentar a la tierra en donde caen, pero no caen en todos lados, ni el viento se lleva su semilla a tierras muy lejanos, sobre todo, no a tiempos que aún no nacen. Así, la huella del poeta está en la tierra, incluso la de los cementerios; pero, también, puede ser el polvo que vuela y hace cerrar los ojos del lector que aún no nace.