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Opinión
![]() El agua del molino
Raúl Carrancá y Rivas
La consulta del domingo
Organización Editorial Mexicana
24 de julio de 2008
¿Cuál es el problema? El "posible" problema no es de fondo sino de forma. ¿Cómo llevar a cabo la consulta, en qué condiciones? Aquí desde luego se dividen los puntos de vista. Por cierto, no he leído ni escuchado a ningún comentarista que aborde el tema a fondo, en lo substancial. Predomina en cambio, en términos generales, la superficialidad cuando no el prejuicio o los prejuicios. Y los argumentos que se emplean son sin duda meramente circunstanciales. ¿Para qué la consulta, se dice, si ya sabemos en qué sentido va a votar la población del Distrito Federal? Lo que me parece un absurdo porque por más manipulación política que hubiera es imposible, absolutamente imposible, manipular un promedio de nueve millones de habitantes. Y porcentajes aparte, sumas, restas, divisiones y hasta multiplicaciones, lo evidente es que los votantes emitirán, en el caso, un voto representativo, más que de cantidad de calidad. O sea, un voto que será índice, señalamiento, síntoma de un criterio o de una manera de pensar. Lo que en las encuestas, que no en las comerciales y tendenciosas, es fundamental. Otro absurdo a mi ver es decir que los votos, por más que abunden, no tendrán un impacto cuantitativo. Por supuesto que no. Y qué. Serán, repito, representativos en calidad. Y el colmo de lo irrazonable es alegar, en contra de la consulta, que su naturaleza no es vinculante. Claro que no lo es pero esto no le resta un elevado grado de validez y efectividad, que es parte de la dinámica democrática y de su ejercicio.
Así las cosas, y tenga uno la ideología política que sea, caería en la irresponsabilidad, la que obviamente abunda, si desdeñara la participación directa del pueblo en los grandes asuntos nacionales. Y es mezquindad intelectual remitirse al consabido argumento de que nuestra democracia es de representación indirecta. Al respecto tal vez no haya mecanismos constitucionales y legales específicos que permitan una consulta popular directa, vacío que es de estudiarse con el mayor cuidado (carecemos de plebiscito, referéndum y revocación de mandato). Pero lo innegable es que no hay siquiera que preguntarle al pueblo si quiere opinar. ¿No opina acaso en las publicaciones, manifestaciones, mítines y reuniones de carácter político? Es un derecho y una garantía individual, expresamente consagrados en los artículos 6, 7 y 9 de la Constitución. Discútanse entonces la forma, el cómo y el qué, más no el por qué ni el fondo. Y al final de cuentas, con la forma y el procedimiento que se quiera, el pueblo habrá opinado bien, positivamente, pues hasta las preguntas tendenciosas, si las hubiese, las rebasa y supera el sentido común de la gente. En consecuencia, ¿a qué tenerle miedo o desconfianza? Los que se oponen a la consulta del domingo son los mismos que han anhelado y anhelan decidir desde la cúspide del poder de "su" poder. Y algo peor, son los que no escuchan al pueblo o lo escuchan a su manera. Caen así mismo en una incongruencia mayúscula ya que a ellos, precisamente a ellos, les convendría, sí, les convendría, averiguar cómo piensa y opina ese pueblo. Salvo que, insisto, supongan en el colmo del absurdo que un promedio de nueve millones de habitantes (maniquíes, robots) votarán exactamente igual y a favor de algo manipulado. Y lo suponen porque no quieren hacer uso de un trabajo relativamente sencillo y que es parte medular de la democracia. ¿Por qué, por ejemplo, no han solicitado en una señal de aceptación de un ejercicio democrático estar presentes, como testigos civiles y ciudadanos, a la hora de la votación? En suma, que se lleve a cabo la consulta y que el pueblo, en el número que sea, exprese su opinión acerca de un asunto de vital importancia para el país. Y que después los legisladores decidan. No se olvide que a todos conviene que el pueblo opine. ¿O hay que taparse los oídos para gobernar y decidir, hay que ser ciegos? Columnas anteriores
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