Barroco
Entre la razón y el dogma, el rigor actoral
Diario de Querétaro
14 de julio de 2008

O. Salas

Querétaro, Querétaro. El aviso radiofónico me hizo entender que en el montaje de El pozo y el péndulo presenciaría la vida de un par de personajes. Quedé informado, por eso acudí a La caverna de la Casa de Cultura Dr. Ignacio Mena, que Rikko Arroyo y Carlos Casas formaban mancuerna, dirección y actuación respectivamente. En la recepción, sobrellevando una larga espera, leí en un negrísimo papelito cuarto de carta el nombre de Mafer Monroy, mismo que acrecentó mi entusiasmo y expectación. Un breve recuento garantizaba calidad teatral por parte de este joven trío. Menos de un año atrás, en el mismo espacio, cuya habilitación escénica malreclama pues me parece que ésta corresponde a Uriel Bravo con La fe de los cerdos en 2004, Rikko presentó dos muy acertadas temporadas -la segunda superando a la primera-- de Ginecomaquia. Carlos se puso una cota altísima en Amorosos amorales, Las tremendas aventuras de la Capitana Gazpacho, y Baldzam. Mafer -entonces María Fernanda-- como Claudio en Hamlet arrancó con la contundencia suficiente para no ponerse en manos de cualquier director por más taquilla que lo respalde. A pesar de estar todavía en período de estreno, el trabajo del naciente grupo El barón negro apunta hacia la luna. Por lo menos ha de llegar a la cima del monte a la vista del rigor actoral que se está imponiendo, e infligiendo si tenemos muy presentes las relampagueantes y certeras bofetadas propinadas al sentenciado.

Esta narración escénica toma el nombre de un cuento del autor bostoniano Edgar Allan Poe, y de cuya forma El barón negro se sirve pero apartándose del meollo temático. En la obra del literato decimonónico, la angustia y la desesperación por el encierro previo a la ejecución son médula de la exasperante trama unipersonal acompañada de numerosísimas hambrientas ratas que, osadamente concitadas por el recluido, participan en su salvación engullendo sus ataduras. El pozo de este Barón Negro tiene por meollo la disputa existencial entre la razón y el dogma, entre la verdad encontrada y la revelada. La segunda representada, y convenencieramente pastoreada, por la Iglesia Católica, y en su defecto impuesta por La Inquisición.

En la trama de Poe el mayor abundamiento intelectual es la conciencia de la conflictuación nacida del propio conflictuado a partir del desconocimiento e imaginación amenazante del entorno físico. Queda para disquisiciones más ambiciosas la intencionalidad del autor al poner la salvación del sentenciado mediante un auto de fe en la inesperada intervención de un general francés: ¿Acaso la presencia de la cultura europea en la cerril península ibérica? En la trama del Barón Negro el conflicto es marcadamente ideológico, no tan solo por la confrontación antes apuntada, sino por el ánimo de supremacía del lado dogmático, que en vocabulario contemporáneo sería fundamentalista, y más actual, intolerante, hasta el punto de contar con la presencia y participación de un implacable Torquemada (Tomás de, Primer Gran Inquisidor de la Inquisicón española). Esta personificación y la de los fantasmas del prisionero corren a cargo de Mafer, quien maneja con exactitud, tanto de voz como corporalmente, el dominio jerárquico y autoritario sobre el sentenciado. Llama la atención la anulación del género en las personificaciones de Mafer, y que no necesitemos esta información, con lo cual queda anulada la confrontación masculino-femenino, acentuando así el enfoque en el conflicto ideológico. Dentro de este mismo tono, y en el forzado abrigo del recogimiento pluvial, quedan para la meditación otros dos aspectos. Desde que entramos a La caverna vemos, y previamente nos piden que cuidemos el paso, dos ordenados y simétricos monticulitos (sin albur, según la excusa popular). Uno de ellos está rematado por una media máscara dorada y un rosario con trazas de collar. ¿Requiere la actuación eclesiástica enmascaramiento? El que los intérpretes se pongan su indumentaria frente al público quizá nos quiera decir que procederán a una actuación, y sin embargo no entendí la intención de tal inicio, salvo mostrarnos que el encarcelado ha sido torturado, pero aún sin ésta nos queda muy claro que ha padecido un trato infame. La enorme cruz griega roja en la casulla del preso me recordó a los templarios; recuerdo posteriormente desechable. Los monólogos del preso más subrayarían su aislamiento si nos convenciera de que está hablando para sí. Cuando empieza a hablar, musita una palabra que parece provenir de todas partes, incluso es dudable que la emitiera él. Este volumen mucho nos convencería cuanto lo ha trastocado el encierro infligido, pero inmediatamente lo sube a nivel de escenario rompiendo, o aflojando, la captura del espectador hacia el personaje para ocuparnos del tema de su parlamento. Me inclino por la fascinación del primer logro, que no impediría el segundo. Por lo anterior no me parece exagerado afirmar que en esta ocasión Edgar Allan Poe y El pozo y el péndulo (The pit and the pendullum, según mi lectura tomada de la red cibernética.) fueron muy hechos a un lado por El Barón Negro, lo cual mucho carece de importancia pues mi interés estaba puesto en Carlos Casas, Mafer Monroy, y Rikko Arroyo, mismo que quedó gratamente justificado, y mejor aún con la posibilidad de que esta impresión crezca.