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Barroco
Un tehuacanazo, mierda y el secreto (sic) del policía
Diario de Querétaro
7 de julio de 2008
O. Salas
Querétaro, Querétaro. Entonces aparece la difusión de la capacitación criminal de quienes conforme a derecho llevan a cabo el monopolio de la violencia como un servicio para la comunidad. La policía es entrenada para transgredir los derechos humanos, pero además existen sesiones filmadas para afinar la capacitación. El mando policíaco responsable de este entrenamiento lo explica y justifica, pero en ningún momento cabe en su sano juicio (¡gulp!) cuestionar tan brillante idea. Iba a pergeñar algún apunte acerca de la abyección (la bobada de corrector ortográfico sugiere aviación) en el escenario a partir de la puesta en escena de Un torso, mierda y el secreto del carnicero en el teatro Esperanza Cabrera, pero seguramente parecerá una ociosa e idiota nota de sobremesa. En ese espacio universitario, que opera en lugar del desaparecido 'teatrino del Patio Barroco de la exprepa Centro' (denominación reprobada por el presidente del patronato de la UAQ), los alumnos del semestre más avanzado de la licenciatura en Artes Escénicas, con la dirección de Ricardo Leal Velasco, han repuesto esta obra de Alejandro Ricaño, que conocimos en Querétaro el jueves 20 de julio de 2006, durante la Cuarta muestra nacional de la Joven Dramaturgia. El mismo grupo, con la dirección de Bryant Caballero, repuso comercialmente tal representación en el mismo escenario del Museo de la Ciudad. El título ya sugería asquerosidad, pero uno se dice: Si ya pasamos por la inmisericorde y humorística autoflagelación de De bestias, criaturas y perras en 2003 y la desvisceración infantil de La fe de los cerdos en 2004, ésta no nos apercollará mayormente. ¡Sorpresa! La naturalidad de la asquerosidad física y emocional de Un torso... es nauseabunda. El aberrante uso y abuso del cuerpo humano planteado por el Marqués de Sade aquí encuentran un parangón. ¿Por qué llevar esto al escenario? Pues no sé, pero esa sordidez psicótica supongo que a través de él aspiraría a la trascendencia artística, porque de no ser así ¿con qué recursos hemos de cuestionar la bestialidad policíaca que no sea la etérea elucubración ética harto con retórica enjaezada? La recreación patológica aparece como un gran reto. Poco importa la aceptación vulgar de la alteración mental del artista para estar metido en tal necedad. Quizá sea más trascendente estar en el punto de no perderse en tal recreación, o no exhibir una realidad personal que se supone falsedad social. Con tanta miseria y decadencia circundándonos la misma recreación física espacial está retada para alcanzar verosimilitud teatral sin resultar un aborto de disparate. El muro móvil que permite cambios de escenas y de espacios, e incluso está incorporado a algunas de las intervenciones de la prostituta degollada, si no es de costales de cemento, le vendría muy bien serlo, así como de otros materiales lumpenhabitacionales. El grupo Cofradía de la pasión navega y flota en el estercolero creado por Ricaño si nos atenemos a lo muy bien contrahechos que resultan el carnicero y el sepulturero, ve uno al personaje, no al actor que da vida a. Da asco verlos babear y/o secretar lo que les corresponde escurrirse. La inocencia e ingenuidad de Felicia se aproxima a la idiotez. Imbricación nada extraño para los tiempos que corren, lo que haría irrelevante este nivel intelectual. El problema surge cuando esta infeliz (nótese la ironía) pierde la razón. La diferenciación de estos estados anímicos y mentales es importante para señalar la transformación padecida por la bastarda tras el aborto infligido. El tono en que se encuentra creada la furcia (el corrector sugiere Murcia) no rima con el de los personajes ya aludidos, está más cercana a lo bufonesco y hasta lo carnavalesco, que a la marranez despatarrada de éstos. Aunque la falta de rima podría ser vista de los últimos con la primera. Quizá le daría mayor rotundez a la representación de esta Cofradía por la pasión la disipación de esta diferencia de caracterizaciones e interpretaciones: bufonescos o marranescos, porque con ambos uno se queda sin justificación. La joya de la complejidad y el enredo la veo en Marcel, el aspirante a autor, que requiere de la sordidez como fuente inspiracional, sería el normalito del grupo pero está completamente descompuesto y retorcido. En lugar de inventar, más se inclina a dar testimonio de las atrocidades que idea, propicia y patrocina ex profeso. El mundo subvertido de los otros es su medio ambiente, el pretendiente acude a éste y lo que en él no encuentra se lo agrega. Este pseudoautor, ávido de refulgencia y reconocimiento artístico ayuno de escrúpulos, va por la escandalización, el anarquismo revulsivo trasgresor de las convenciones naturalistas del teatro. Pero una cosa es la revulsión y acudir a ella, y otra tomar la decisión de enriquecerla para su mejor aprovechamiento y lucimiento. Este retorcimiento no acaba de tocar la personalidad de la interpretación presentada en el foro universitario, no obstante que padece fatalmente la infructuosidad de su truculencia. La tentación de presentar como simiesca esta contrahechura podría ser muy atractiva, pero no necesariamente la más acertada si no resulta convincente, es decir, si el deterioro de la traza humana se estanca en la mortificación corporal sin acusar la gibosidad social, la interpretación se habrá quedado en la gestualidad, por cierto a costa de un esfuerzo muy significativo. |
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