Barroco
Arenas movedizas, los cuentos de Octavio Paz
Bajo la clara sombra de Octavio Paz. A diez años de su muerte. Foto Diario de Querétaro.
Diario de Querétaro
20 de abril de 2008

Margarita Ladrón de Guevara

Querétaro, Querétaro. El poema es el espacio donde el poeta indaga hasta descubrir que otros mundos son posibles cita Ma. del Carmen Ruiz de la Cueva en Octavio Paz, la cultura hispánica en el fin de siglo. Los otros mundos posibles que Paz creó se encuentran muy bien delineados también en los pocos cuentos que escribió. La bibliografía de este autor, único mexicano -y último latinoamericano- premio Nóbel de literatura en 1990, no incluye narrativa como tal, sino prosa poética. Es en este rubro que encontramos títulos como El mono gramático, de 1974, y Águila o sol, de 1951, publicado un año después del primer libro que le dio notoriedad como crítico y ensayista: El laberinto de la soledad.

Aguila o sol, publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE) en una edición ilustrada por Rufino Tamayo, es una serie de relatos -en prosa- que invitan a reflexiones del autor y en mayor medida trasladan al lector a anécdotas surrealistas en mundos posibles sólo en las circunstancias del cuento, como marcan los cánones del género. En Aguila o sol Octavio Paz "hace renacer constantemente, mediante un alto sentido lírico, la sensualidad, la belleza, el reino secreto de la poesía", dice la presentación de la contraportada del FCE.

El reino secreto de la poesía se presenta en este caso en la prosa de las tres partes en las que se divide el libro: Trabajos forzados, Arenas movedizas y Águila o sol. En la primera parte el autor inicia sus reflexiones con la descripción de oscuros seres con nombres reveladores: Tedevoro, Tevomito, Tli, Mundoinmundo, Carnaza, Carroña y Escarnio, compañeros de trabajo del protagonista.

En Aguila o sol el autor, a través de descripciones, hace honor a la poesía en prosa de la que habla la presentación de su libro:

La noche extrae de su cuerpo una hora y otra. Todas diversas y solemnes. Uvas, higos, dulces gotas de negrura pausada. Fuentes: cuerpos. Entre las piedras del jardín el viento toca el piano...

Paseo nocturno, pág. 83.

Es en Arenas movedizas donde Octavio Paz hace gala de sus dotes de cuentista. Publicado en Águila o Sol, la editorial Alianza tomó este capítulo para el libro de bolsillo dentro de la colección Alianza Cien Arenas Movedizas y La hija de Rappaccini, de 1956, única obra de teatro que escribió.

En Arenas movedizas Octavio Paz se enmarca en los cánones del cuento corto, que el también cuentista Irving Howe describe como un relato en el que la circunstancia eclipsa al personaje, el destino se impone sobre la individualidad y una situación extrema sirve como emblema de lo universal (...) produciendo una fuerte impresión de estar fuera del tiempo.

Octavio Paz encontró que en los once cuentos se podían crear personajes víctimas de la circunstancia en mundos surrealistas con la cualidad de estar llenos de belleza. El ramo azul, Antes de dormir, Mi vida con la ola, Carta a dos desconocidas, Maravillas de la voluntad, Visión del escribiente, Un aprendizaje difícil, Prisa, Encuentro y, en la edición de Alianza Cien, Cabeza de ángel.

La prosa poética y la anécdota mágica están bien representadas en todos estos relatos cortos. Baste como ejemplo la primera frase de cada uno de ellos, que, como en las grandes obras de la literatura universal ("Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo") encierran toda la historia que viene:

Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar y que palpamos con manos ignorantes.

Antes de dormir.

Cuando dejé aquel mar, una ola de adelantó entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando.

Mi vida con la ola

Todavía no se cuál es tu nombre. Te siento tan mía que llamarte de algún modo sería como separarme de ti, reconocer que eres distinta a la substancia de que están hechas las sílabas que forman mi nombre.

Carta a dos desconocidas.

A las tres en punto don Pedro llegaba a nuestra mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes, pronunciaba para sí unas frases indescifrables y silenciosamente tomaba asiento.

Maravillas de la voluntad.

Y llenar todas estas hojas en blanco que me faltan con la misma monótona pregunta ¿a qué hora se acaban las horas?

Visión del escribiente.

Vivía entre impulsos y arrepentimientos, entre avanzar y retroceder. ¡Qué combates! Deseos y terrores tiraban hacia adelante y hacia atrás, hacia la izquierda y hacia la derecha, hacia arriba y hacia abajo, tiraban con tanta fuerza que me inmovilizaron.

Un aprendizaje difícil.

A pesar de mi torpeza, de mis ojos hinchados, de mi panza, de mi aire recién salido de la cueva, no me detengo nunca.

Prisa.

Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme.

Encuentro.

Mención aparte merecen Cabeza de ángel y El ramo azul. El primero es un torrente de pensamientos de una mujer al entrar en una habitación y cuya edad puede inferirse por la manera como relaciona una idea con la siguiente, aunque también por esto último se puede inferir su inteligencia lo cual hace ambas conclusiones confusas. El segundo, El ramo azul, es ejemplar: describe una anécdota que sucede en cualquier lugar de México que, definido por André Bretón en 1938, es el lugar surrealista por excelencia. Ambos cuentos pueden estar situados en pueblos descritos por Edgar Alan Poe y H.P. Lovecraft, pero con el genio de la poesía -como dijera Francisco Cervantes- de Octavio Paz